El Gen Egoista

PRÓLOGO.. 1

PREFACIO.. 1

1. ¿POR QUÉ EXISTE LA GENTE?. 2

2. LOS REPRODUCTORES. 6

3. LAS ESPIRALES INMORTALES. 8

4. LA MÁQUINA DE GENES. 17

5. AGRESIÓN: LA ESTABILIDAD Y LA MÁQUINA EGOÍSTA.. 23

6. GEN Y PARENTESCO.. 30



PRÓLOGO

A pesar de que los chimpancés y los seres humanos comparten, aproximadamente, el 99,5 % de su historia evolutiva, la mayoría de nosotros pensamos que el chimpancé es un fenómeno curioso, deforme e irrelevante, en tanto que nos consideramos a nosotros mismos como escalones hacia el Todopoderoso. Un evolucionista no puede pensar así. No existen bases objetivas que permitan situar en un nivel mas elevado a una especie que a otra. Tanto los chimpancés como los seres humanos, los lagartos y los hongos, hemos evolucionado durante cerca de tres mil millones de años en un proceso conocido como selección natural. Dentro de cada especie algunos individuos dejan mas descendencia que otros, de tal manera que los rasgos hereditarios (genes) de aquellos que han tenido éxito como reproductores llegan a ser mas numerosos en la siguiente generación. En esto consiste la selección natural: en la reproducción diferencial de genes no sometida al azar. La selección natural nos ha hecho tal como somos, y es el proceso que debemos comprender si deseamos entender nuestras propias identidades.

La teoría de la evolución de Darwin, basada en la selección natural, aun cuando es primordial para el estudio del comportamiento humano (especialmente si va unida a la genética de Mendel), ha sido excesivamente desatendida. Dentro del campo de las ciencias sociales se han realizado grandes esfuerzos para interpretar el mundo social y psicológico desde una perspectiva predarwiniana y premendeliana. Han sido asombrosos, incluso en el campo de la biología, el abandono y el uso err6neo de la teoría darwiniana. Cualesquiera que sean las razones para que se haya seguido este extraño rumbo, existe la evidencia de que esta situación esta llegando a su fin. La gran obra de Darwin y de Mendel ha sido propagada por un creciente número de investigadores y principalmente por R. A. Fisher, W. D. Hamilton, G. C. Williams y J. Maynard Smith. Y ahora, por primera vez, este importante conjunto de teorías sociales basadas en la selección natural, es presentado de una forma simple y al alcance de todos los lectores por Richard Dawkins.

Dawkins aborda, uno a uno, los temas principales de los nuevos trabajos en el campo de la teoría social: los conceptos de comportamiento altruista y comportamiento egoísta, la definici6n genética del egoísmo, la evoluci6n del comportamiento agresivo, la teoría del parentesco (incluyendo las relaciones entre padres e hijos y la evoluci6n de los insectos gregarios), la teoría del coeficiente sexual, el altruismo reciproco, el engaño, y la selecci6n natural de las diferencias sexuales. Con la confianza derivada del dominio de la teoría fundamental, Dawkins expone los nuevos trabajos con admirable claridad y excelente estilo. Poseedor de amplios conocimientos biológicos, ofrece al lector una muestra de la rica y fascinante literatura que existe sobre este tema. Cuando el autor difiere de algún trabajo publicado (como lo hace al criticar un error por mi cometido) da, casi invariablemente, en el blanco. Dawkins se esfuerza, asimismo, en poner de manifiesto la 16gica empleada en sus argumentos de tal manera que el lector, aplicando el método 16gico que le ha sido señalado, pueda ampliar los razonamientos (y, si así fuese necesario, rebatir al mismo Dawkins). Los razonamientos planteados se proyectan en varias direcciones. Citemos un ejemplo: si (según argumenta Dawkins) el engaño es fundamental en la comunicaci6n animal, entonces debe existir una rigurosa selecci6n destinada a detectar el engaño, y ello implica, a su vez, una selección que favorezca el autoengaño permitiendo que algunos hechos y motivos permanezcan en la esfera de la inconsciencia para no traicionar, mediante las sutiles señales del conocimiento de si mismos, el engaño que se este cometiendo. Así, el punto de vista convencional, que afirma que la selección natural favorece los sistemas nerviosos que producen imágenes cada vez mas precisas del mundo, es una concepción muy ingenua de la evolución mental.

Los recientes progresos experimentados en teoría social han tenido la importancia suficiente como para generar una corriente menor de actividad contrarrevolucionaria. Se ha argumentado, por ejemplo, que el progreso reciente es, en realidad, parte de una conspiración cíclica destinada a impedir el desarrollo social haciendo que tal desarrollo parezca genéticamente imposible. Con el fin de provocar la impresión de que la teoría social darwiniana es reaccionaria en cuanto a sus implicaciones políticas, se han elaborado y combinado reflexiones débiles ineficaces similares a la anteriormente expuesta. Dichos planteamientos se hallan muy alejados de la verdad. Fisher y Hamilton han establecido, por primera vez, la igualdad genética de los sexos. Los datos teóricos y cuantitativos obtenidos mediante la observación de los insectos gregarios demuestran que no existe una tendencia inherente en los padres a dominar a sus hijos (o viceversa). Y los conceptos de “inversión parental” y de “elección femenina” proporcionan una base objetiva para considerar las diferencias sexuales, y constituyen un considerable avance sobre los esfuerzos populares por enraizar las capacidades y los derechos de las mujeres en el inútil pantano de la identidad biológica. En resumen, la teoría social darwiniana nos permite vislumbrar la lógica y la simetría subyacentes a las relaciones humanas, lo cual, al ser comprendido con mayor plenitud por nosotros mismos, revitalizara nuestra comprensión política y nos otorgara el apoyo intelectual para una ciencia y una medicina de la psicología. Al mismo tiempo debiera otorgarnos, también, una comprensión mas profunda de los diversos orígenes de nuestros sufrimientos.

ROBERT L. TRIVERS Harvard University



PREFACIO

El presente libro debiera ser leído casi como si se tratase de ciencia-ficción. Su objetivo es apelar a la imaginaci6n. Pero esta vez es ciencia. “Más extraño que la ficci6n” podrá ser o no una frase gastada; sirve, no obstante, para expresar exactamente c6mo me siento respecto a la verdad. Somos máquinas de supervivencia, vehículos autómatas programados a ciegas con el fin de preservar las egoístas moléculas conocidas con el nombre de genes. Esta es una realidad que aún me llena de asombro. A pesar de que lo se desde hace anos, me parece que nunca me podré acostumbrar totalmente a la idea. Una de mis esperanzas es lograr cierto éxito en provocar asombro en los demás.

Tres lectores imaginarios miraron sobre mi hombro mientras escribía y ahora les dedico el libro a ellos. El primero fue el lector general, el profano en la materia. En consideración a el he evitado, casi en su totalidad, el vocabulario especializado y cuando me he visto en la necesidad de emplear términos de este tipo, los he definido. Me pregunto por que no censuramos, asimismo, la mayor parte de nuestro vocabulario especializado en nuestras revistas científicas. He supuesto que el lector profano carece de conocimientos especiales, pero no he dado por sentado que sea estúpido. Cualquiera puede difundir los conocimientos científicos si simplifica al máximo. Me he esforzado por tratar de divulgar algunas nociones sutiles y complicadas en lenguaje no matemático, sin por ello perder su esencia. No se hasta que punto lo he logrado, ni tampoco el éxito obtenido en otra de mis ambiciones: tratar de que el presente libro sea tan entretenido y absorbente como merece su tema. Durante mucho tiempo he sentido que la biología debiera ser tan emocionante como una novela de misterio, ya que la biología es, exactamente, una novela de misterio. No me atrevo a albergar la esperanza de haber logrado comunicar más que una pequeña fracción de la excitación que esta materia ofrece.

El experto fue mi segundo lector imaginario. Ha sido un crítico severo que contenía vivamente el aliento ante algunas de mis analogías y formas de expresión. Las frases favoritas de este lector son: “con excepción de”, “pero, por otra parte”, y “juf!”. Lo escuché con atención, y hasta rehice completamente un capítulo en consideración a él, pero al fin he tenido que contar la historia a mi manera. El experto aún no quedará del todo satisfecho con mis soluciones. Sin embargo, mi mayor esperanza radica en que aun él encontrará algo nuevo; una manera distinta de considerar conceptos familiares, quizás, o hasta el estímulo para concebir nuevas ideas propias. Si ésta es una aspiración demasiado elevada, puedo, al menos, esperar que el libro lo entretendrá durante un viaje en tren?

El tercer lector en quien pensé fue el estudiante, aquel que está recorriendo la etapa de transición entre el profano y el experto. Si aún no ha decidido en qué campo desea ser un experto, espero estimularlo a que considere, una vez más, mi propio campo, el de la zoología. Existe una razón mejor para estudiar zoología que el hecho de considerar su posible “utilidad” o la de sentir una simpatía general hacia los animales. Esta razón es que nosotros, los animales, somos el mecanismo más complicado y más perfecto en cuanto a su diseño en el universo conocido. Al plantearlo de esta manera es difícil comprender el motivo por el cual alguien estudia otra materia. Respecto al estudiante que ya se ha comprometido con la zoología, espero que mi libro pueda tener algún valor educativo. Se verá obligado a recorrer con esfuerzo los documentos originales y los libros técnicos en los cuales se ha basado mi planteamiento. Si encuentra que las fuentes originales son difíciles de asimilar, quizá mi interpretación, que no emplea métodos matemáticos, le sea de ayuda, aceptándola como una introducción, o bien como un texto .auxiliar.

Son obvios los peligros que entraña el intento de llamar la atención a tres tipos distintos de lector. Sólo puedo expresar que he sido muy consciente de estos peligros, pero también me pareció que los superaban las ventajas que ofrecía el intento.

Soy un etólogo, y este libro trata del comportamiento de los animales. Es evidente mi deuda a la tradición etológica en la cual fui educado. Debo mencionar, en especial, a Niko Tinbergen, quien desconoce hasta qué punto fue grande su influencia sobre mí durante los doce años en que trabajé bajo sus órdenes en Oxford. El término “máquina de supervivencia”, aun cuando en realidad no le pertenece, bien podría ser suyo. La etología se ha visto recientemente fortalecida por una invasión de ideas nuevas provenientes de fuentes no consideradas, tradicionalmente, como etológicas. El presente libro se basa, en gran medida, en estas nuevas ideas. Sus creadores son reconocidos en los pasajes adecuados del texto; las flguras sobresalientes son G. C. Williams, J. Maynard Smith, W. D. Hamilton y R. L. Trivers.

Varias personas sugirieron para el libro títulos que yo he utilizado, con gratitud, como títulos de diversos capítulos: “Espirales inmortales, John Krebs; “La máquina de genes, Desmond.Morris; “Gen y parentesco” (“Genesmanship, palabra compuesta de genes = genes; man hombre y la partícula ship que podríamos traducir como afinidad), Tim CluttonBrock y Jean Dawkins, independientemente, y ofreciendo mis disculpas a Stephen Potter.

Los lectores imaginarios pueden servir como objetivos de meritorias esperanzas y aspiraciones, pero su utilidad práctica es menor que la ofrecida por verdaderos lectores y críticos. Soy muy aficionado a las revisiones y he sometido a Marian Dawkins a la lectura de incontables proyectos y borradores de cada página. Sus considerables conocimientos de la literatura sobre temas biológicos y su comprensión de los problemas teóricos, junto con su ininterrumpido estímulo y apoyo moral, han sido esenciales para mí. John Krebs también leyó la totalidad del libro en borrador. Conoce el tema mejor que yo, y ha sido magnánimo y generoso en cuanto a sus consejos y sugerencias. Glenys Thomson y Walter Bodmer criticaron, de manera bondadosa pero enérgica, el tratamiento que yo hago de los tópicos genéticos. Temo que la revisión que he efectuado aún pueda no satisfacerles, pero tengo la esperanza de que lo encontrarán algo mejor. Les estoy muy agradecido por el tiempo que me han dedicado y por su paciencia. John Dawkins empleó su certera visión para detectar frases ambiguas que podían inducir a error y ofreció excelentes y constructivas sugerencias para expresar con palabras más adecuadas los mismos conceptos. No hubiese podido aspirar a un “profano inteligente” más adecuado que Maxwell Stamp. Su perceptivo descubrimiento de una importante falla general en el estilo del primer borrador ayudó mucho en la redacción de la versión final. Otros que efectuaron críticas constructivas a determínados capítulos, o en otros aspectos otorgaron su consejo de expertos, fueron John Maynard Smith, Desmond Morris, Tom Maschler, Nick Blurton Jones, Sarah Kettlewell, Nick Humphrey, Tim CluttonBrock, Louise Johnson, Christopher Graham, Geoff Parker y Robert Trivers. Pat Searle y Stephanie Verhoeven no sólo mecanografiaron con habilidad sino que también me estimularon, al parecer que lo hacían con agrado. Por último, deseo expresar mi gratitud a Michael Rodgers de la Oxford University Press, quien, además de criticar, muy útilmente, el manuscrito, trabajó mucho más de lo que era su deber al atender a todos los aspectos de la producción de este libro.

RICHARD DAWKINS

1. ¿POR QUÉ EXISTE LA GENTE?

La vida inteligente sobre un planeta alcanza su mayoría de edad cuando resuelve el problema de su propia existencia. Si alguna vez visitan la Tierra criaturas superiores procedentes del espacio, la primera pregunta qué formularán, con el fin de valorar el nivel de nuestra civilización, será: “¿Han descubierto, ya, la evolución?” Los organismos vivientes han existido sobre la Tierra, sin nunca saber por qué, durante más de tres mil millones de años, antes de qué la verdad, al fin, fuese comprendida por uno de ellos. Por un hombre llamado Charles Darwin. Para ser justos debemos señalar qué otros percibieron indicios de la verdad, pero fue Darwin quien formuló una relación coherente y valedera del por qué existimos. Darwin nos capacitó para dar una respuesta sensata al niño curioso cuya pregunta encabeza este capítulo. Ya no tenemos necesidad de recurrir a la superstición cuando nos vemos enfrentados a problemas profundos tales como: ¿Existe un significado de la vida?, <por qué razón existimos?, ¿qué es el hombre? Después de formular la última de estas preguntas, el eminente zoólogo G. G. Simpson afirmó lo siguiente: “Deseo insistir ahora en qué todos los intentos efectuados para responder a este interrogante antes de 1859 carecen de valor, y en qué asumiremos una posición más correcta si ignoramos dichas respuestas por completo.”

En la actualidad, la teoría de la evolución está tan sujeta a dudas como la teoría de que la Tierra gira alrededor del Sol, pero las implicaciones totales de la revolución de Darwin no han sido comprendidas, todavía, en toda su amplitud. La zoología es, hasta el presente, una materia minoritaria en las universidades, y aun aquellos que escogen su estudio a menudo toman su decisión sin apreciar su profundo significado filosófico. La filosofía y las materias conocidas como “humanidades” todavía son enseñadas como si Darwin nunca hubiese existido. No hay duda que esta situación será modificada con el tiempo. En todo caso, el presente libro no tiene el propósito de efectuar una defensa general del darwinismo. En cambio, examinará las consecuencias de la teoría de la evolución con el fin de dilucidar un determinado problema. El propósito de este autor es examinar la biología del egoísmo y del altruismo.

Aparte su interés académico, es obvia la importancia humana de este tema. Afecta a todos los aspectos de nuestra vida social, a nuestro amor y odio, lucha y cooperación, al hecho de dar y de robar, a nuestra codicia y a nuestra generosidad. Estos aspectos fueron tratados en Sobre la agresión de Lorenz, The Social Contract de Ardrey y Love and Hate de EiblEibesfeldt. El problema con estos libros es que sus autores se equivocaron por completo. Se equivocaron porque entendieron de manera errónea como opera la evolución. Supusieron, incorrectamente, que el factor importante en la evolución es el bien de la especie (o grupo) en lugar del bien del individuo (o gen). Resulta irónico que Ashley Montagu criticara a Lorenz calificándolo como “descendiente directo de los pensadores del siglo XIX que opinaban que la naturaleza es “roja en uñas y dientes”. Por lo que yo sé de lo que opina Lorenz sobre la evolución, él estaría de acuerdo con Montagu en rechazar las implicaciones de la famosa frase de Tennyson. A diferencia de ambos, pienso que la naturaleza en su estado puro, “la naturaleza roja en uñas y dientes”, resume admirablemente nuestra comprensión moderna de la selección natural.

Antes de enunciar mi planteamiento, deseo explicar brevemente de que tipo de razonamiento se trata y que tipo de razonamiento no es. Si se nos dijese que un hombre ha vivido una larga y próspera vida en el mundo de los gángsters de Chicago, estaríamos en nuestro derecho para formular algunas conjeturas sobre el tipo de hombre que sería. Podríamos esperar que poseyese cualidades tales como dureza, rapidez con el gatillo y habilidad para atraerse amigos leales. Éstas no serían uñas deducciones infalibles, pero se pueden hacer algunas inferencias sobre el carácter de un hombre si se conocen, hasta cierto punto, las condiciones en que ha sobrevivido y prosperado. El planteamiento del presente libro es que nosotros, al igual que todos los demás animales, somos máquinas creadas por nuestros genes. De la misma manera que los prósperos gángsters de Chicago, nuestros genes han sobrevivido, en algunos casos durante millones de años, en un mundo altamente competitivo. Esto nos autoriza a suponer ciertas cualidades en nuestros genes. Argumentaré que una cualidad predominante que podemos esperar que se encuentre en un gen próspero será el egoísmo despiadado. Esta cualidad egoísta del gen dará, normalmente, origen al egoísmo en el comportamiento humano. Sin embargo, como podremos apreciar, hay circunstancias especiales en las cuales los genes pueden alcanzar mejor sus, objetivos egoístas fomentando una forma limitada de altruismo a nivel de los animales individuales. “Especiales” y “limitada” son palabras importantes en la última frase. Por mucho que deseemos creer de otra manera, el amor universal y el bienestar de las especies consideradas en su conjunto son conceptos que, simplemente, carecen de sentido en cuanto a la evolución.

Esto me lleva al primer punto que deseo establecer sobre lo que no es este libro. No estoy defendiendo una moralidad basada en la evolución. Estoy diciendo como han evolucionado las cosas. No estoy planteando como nosotros, los seres humanos, debiéramos comportarnos. Subrayo este punto pues sé que estoy en peligro de ser mal interpretado por aquellas personas, demasiado numerosas, que no pueden distinguir una declaración que denote convencimiento de una defensa de lo que debería ser. Mi propia creencia es que una sociedad humana basada simplemente en la ley de los genes, de un egoísmo cruel universal, sería una sociedad muy desagradable en la cual vivir. Pero, desgraciadamente, no importa cuánto deploremos algo, no por ello deja de ser verdad. Este libro tiene como propósito principal el de ser interesante, pero si el lector extrae una moraleja de él, debe considerarlo como una advertencia. Una advertencia de que si el lector desea, tanto como yo, construir una sociedad en la cual los individuos cooperen generosamente y con altruismo al bien común, poca ayuda se puede esperar de la naturaleza biológica. Tratemos de enseñar la generosidad y el altruismo, porque hemos nacido egoístas. Comprendamos que se proponen nuestros genes egoístas, pues entonces tendremos al menos la oportunidad de modificar sus designios, algo a que ninguna otra especie ha aspirado jamás.

Como corolario a estas observaciones sobre la enseñanza, debemos decir que es una falacia sea dicho de paso, muy común el suponer que los rasgos genéticamente heredados son, por definición, fijos e inmodificables. Nuestros genes pueden ordenarnos ser egoístas, pero no estamos, necesariamente, obligados a obedecerlos durante toda nuestra vida. Sería más fácil aprender a ser altruistas si estuviésemos genéticamente programados para ello. El hombre es, entre los animales, el único dominado por la cultura, por influencias aprendidas y transmitidas de una generación a otra. Algunos afirmarán que la cultura es tan importante que los genes, sean egoístas o no, son virtualmente irrelevantes para la comprensión de la naturaleza humana. Otros estarán en desacuerdo con la observación anterior. Todo depende de la posición que se asuma en el debate “naturaleza frente a educación”, consideradas como determinantes de los atributos humanos. Este planteamiento me lleva a establecer el segundo punto aclaratorio de lo que no es este libro: no es una defensa de una posición u otra en la controversia naturaleza / educación. Naturalmente poseo una opinión a este respecto, pero no voy a expresarla excepto hasta donde queda implícita en la perspectiva de la cultura que presentaré” en el capítulo final. Si los genes, efectivamente, resultan ser totalmente irrelevantes en cuánto a la determinación del comportamiento humano moderno, si realmente somos únicos entre los animales a este respecto, es por lo menos interesante preocuparse sobre la regla en la cual, tan recientemente, hemos llegado a ser la excepción. Y si nuestra especie no es tan excepcional como a nosotros nos agradaría pensar, es todavía más importante el estudio de dicha regla. Como tercer punto, podemos señalar que este libro tampoco es un informe descriptivo del comportamiento detallado del hombre o de cualquier otra especie animal en particular. Utilizaré detalles objetivos sólo como ejemplos ilustrativos. No diré: si observan el comportamiento del mandril descubrirán que es egoísta; por lo tanto, es probable que el comportamiento humano también lo sea. La lógica del argumento de mi “gángster de Chicago” es totalmente distinta. Se trata de lo siguiente: los seres humanos y los mandriles han evolucionado de acuerdo a una selección natural. Si se considera la forma en que ésta opera, se puede deducir que cualquier ser que haya evolucionado por selección natural será egoísta. Por lo tanto, debemos suponer que cuando nos disponemos a observar el comportamiento de los mandriles, de los seres humanos y de todas las demás criaturas vivientes, encontraremos que son egoístas. Si descubrimos que nuestra expectativa era errónea, si observamos que el comportamiento humano es verdaderamente altruista, entonces nos enfrentamos a un hecho enigmático, algo que requiere una explicación. .

Antes de seguir adelante, necesitamos una definición. Un ser, como el mandril, se dice que es altruista si se comporta de tal manera que contribuya a aumentar el bienestar de otro ser semejante a expensas de su propio bienestar. Un comportamiento egoísta produce exactamente el efecto contrario.

El “bienestar” se define como “oportunidades de supervivencia”, aun cuando el efecto sobre las probabilidades reales de vida y muerte sea tan pequeño que parezca insignificante.

Una de las consecuencias sorprendentes de la versión moderna de la teoría darwiniana es que las pequeñas influencias, aparentemente triviales, pueden ejercer un impacto considerable en la evolución. Esto se debe a la enorme cantidad de tiempo disponible para que tales influencias se hagan sentir.

Es importante tener en cuenta que las definiciones dadas anteriormente sobre el altruismo y el egoísmo son relativas al comportamiento, no son subjetivas. No estoy tratando, en este caso, de la psicología de los motivos. No voy a discutir si la gente que se comporta de manera altruista lo está haciendo “realmente” por motivos egoístas, secretos o subconscientes. Tal vez sea así o tal vez no, y quizá nunca lo sepamos, pero en todo caso ello no concierne al tema del presente libro. A mi definición sólo le concierne si el efecto de un acto determinará que disminuyan o aumenten las perspectivas de supervivencia del presunto altruista y las posibilidades de supervivencia del presunto beneficiario.

Es un asunto muy complejo el demostrar los efectos del comportamiento en cuanto a perspectivas de supervivencia a largo plazo. En la práctica, cuando aplicamos la definición al comportamiento real, debemos modificarla empleando la palabra “aparentemente”. Un acto aparentemente altruista es el que parece, superficialmente, como si tendiese (no importa cuán ligeramente) a causar la muerte al altruista, y a conferir al receptor mayores esperanzas de supervivencia. A menudo resulta, al ser analizados con más detenimiento, que los actos aparentemente altruistas son en realidad actos egoístas disfrazados. Una vez más, no quiero decir que los motivos implícitos sean secretamente egoístas, sino que los efectos reales del acto en cuanto a perspectivas de supervivencia son el reverso de lo que al principio creíamos.

Voy a dar algunos ejemplos de comportamiento aparentemente egoísta y de comportamiento aparentemente altruista. Es difícil desterrar los hábitos subjetivos de pensamiento cuando nos estamos refiriendo a nuestra propia especie, de tal manera que, en lugar de ello, seleccionaré ejemplos tomados de otros animales. Presentaré en primer término diversos ejemplos de comportamiento egoísta de animales individuales.

Las gaviotas de cabeza negra anidan en grandes colonias, quedando los nidos sólo a unos cuantos palmos de distancia unos de otros. Cuando los polluelos recién salen del cascarón son pequeños e indefensos y no ofrecen ninguna dificultad para ser tragados. Es un hecho bastante común que una gaviota espere que una vecina se aleje, probablemente en búsqueda de un pez con que alimentarse, para dejarse caer sobre los polluelos que han quedado momentáneamente solos y vaciar el nido. De tal modo obtiene una buena y nutritiva comida sin darse la molestia de pescar un pez y sin tener que dejar su propio nido desprotegido.

Más conocido es el macabro canibalismo de la mantis religiosa. Las mantis son grandes insectos carnívoros. Normalmente comen pequeños insectos como las moscas, pero suelen atacar a cualquier ser que se mueva. Cuando se acoplan, el macho, cautelosamente, trepa sobre la hembra hasta quedar montado sobre ella, y copula. Si la hembra tiene la oportunidad, lo devorará empezando por arrancarle la cabeza de un mordisco, ya sea cuando el macho se está aproximando, inmediatamente después que la monta o después que se separan. Parecería más sensato que ella esperase hasta el término de la copulación antes de empezar a comérselo. Pero la pérdida de la cabeza no parece afectar al resto del . cuerpo del macho en su avance' sexual. En realidad, ya que en la cabeza del insecto es donde se encuentran localizados algunos centros nerviosos inhibitorios, es posible que la hembra mejore la actuación sexual del macho al devorarle la cabeza. De ser así, es un beneficio adicional. El beneficio primordial es que consigue una buena comida.

La palabra “egoísta” podrá parecer una subestimación de la realidad para casos tan extremos como el canibalismo, aun cuando éstos encajan bien en nuestra definición. Tal vez podamos simpatizar más directamente con el reputado comportamiento cobarde de los grandes pingüinos de la Antártida. Se les ha observado parados al borde del agua, dudando antes de sumergirse, debido al peligro de ser comidos por las focas. Si solamente uno de ellos se sumergiera el resto podría saber si hay allí o no una foca. Naturalmente nadie desea ser el conejillo de Indias, de tal manera que esperan y en ocasiones hasta tratan de empujarse al agua unos a otros.

Con mayor frecuencia, el comportamiento egoísta puede simplemente consistir en negarse a compartir algún recurso apreciado como podría ser la comida, el territorio o los compañeros sexuales. Daremos ahora algunos ejemplos de comportamiento altruista.

El comportamiento de las abejas obreras, prontas a clavar su aguijón, constituye una defensa muy efectiva contra los ladrones de miel. Pero las abejas que efectúan tal acto son guerreros kamikaze. Al clavar el aguijón algunos órganos vitales internos son, normalmente, arrancados del cuerpo de la abeja y ésta muere poco tiempo después. Su misión suicida puede haber salvado los almacenamientos de comida indispensables para la colonia, pero ella no estará presente para cosechar los beneficios. Según nuestra definición, éste es un acto de comportamiento altruista. Recuérdese que no estamos hablando de motivos conscientes. Pueden o no estar presentes, tanto en este ejemplo como en los anteriores referentes al egoísmo, pero son irrelevantes para nuestra definición.

Dar la vida a cambio de la de los amigos es, obviamente, un acto altruista, pero también lo es el asumir un leve riesgo por ellos. Muchos pájaros pequeños, cuando ven a un ave predadora tal como el halcón, emiten una “llamada de alarma” característica, que al ser escuchada hace que la bandada inicie una acción evasiva adecuada. Existe una evidencia indirecta de que el pájaro que da la señal de alarma se sitúa ante un peligro especial, pues atrae la atención del ave predadora, de forma particular, hacia ella. Es sólo un leve riesgo adicional, pero sin embargo parece, al menos a primera vista, calificarse como un acto altruista según nuestra definición.

Los actos más comunes y más sobresalientes de altruismo animal son efectuados por los padres, especialmente por las madres, en beneficio de sus hijos. Pueden incubarlos, ya sea en nidos o en sus propios cuerpos, alimentarlos a un enorme costo para sí mismos, y afrontar grandes riesgos con el fin de protegerlos de los predadores. Para tomar sólo un ejemplo individual, citaremos el de los pájaros que anidan en la tierra y que desempeñan la llamada “exhibición de distracción” cuando se acerca un predador como el zorro. El pájaro padre se aleja cojeando del nido, arrastrando un ala como si la tuviese quebrada. El predador, apreciando una presa fácil, es alejado mediante el engaño del nido que contiene los polluelos. Finalmente, el pájaro padre deja de fingir y levanta el vuelo justo a tiempo para escapar de las fauces del zorro. Es probable que haya salvado la vida de sus polluelos, pero a cierto riesgo de la suya propia.

No estoy tratando de hacer hincapié en algo determinado al narrar estas historias. Los ejemplos nunca constituyen una evidencia seria para hacer una generalización útil. Estos relatos sólo tienen la intención de servir de ilustraciones a lo que yo entiendo por comportamiento altruista y comportamiento egoísta. Este libro demostrará que tanto el egoísmo individual como el altruismo individual son explicados por la ley fundamental que yo denomino egoísmo de los genes. Pero primero debo referirme a una explicación particularmente errónea del altruismo, ya que es ampliamente conocida y con frecuencia se enseña en las escuelas.

Esta explicación está basada en la mala interpretación que ya he señalado, y dice que las criaturas evolucionan y efectúan actos “en bien de la especie” o “en beneficio del grupo”. Es fácil apreciar como esta idea se gestó en biología. La mayor parte de la vida animal está dedicada a la reproducción y la mayoría de los actos altruistas, de auto sacrificio, que se observan en la naturaleza son realizados por los padres en beneficio de sus hijos. “Perpetuación de la especie” es un eufemismo común para denominar la reproducción, y es indudablemente una consecuencia de la reproducción. Requiere tan sólo “estirar un poco” la lógica para deducir que la “función” de la reproducción es perpetuar la especie. Aceptado este principio, sólo hay que dar un pequeño paso en falso para concluir que los animales se comportarán, en general, de tal manera que favorecerán la perpetuación de las especies. El altruismo hacia miembros similares de su especie se deducirá de esa premisa.

Esta línea de pensamiento puede ser puesta en términos vagamente darwinianos. La evolución opera por selección natural y la selección natural significa la supervivencia diferencial de los “más aptos”. Pero, ,;estamos hablando sobre los individuos más aptos, las razas más aptas, las especies más aptas, o de que? En algunos casos, esto no tiene mayor importancia, pero cuando hablamos de altruismo es, obviamente, crucial. Si son las especies las que están compitiendo en lo que Darwin llamó la lucha por la existencia, el individuo parece ser considerado como un peón en el juego destinado a ser sacrificado cuando el interés primordial de la especie, considerada en su conjunto, así lo requiera. Para plantearlo de una manera un poco menos respetable, un grupo, tal como una especie o una población dentro de una especie, cuyos miembros individuales estén preparados para sacrificarse a sí mismos por el bienestar del grupo, puede tener menos posibilidades de extinguirse que un grupo rival cuyos miembros individuales sitúan, en primer lugar, sus propios intereses egoístas. Por lo tanto, el mundo llega a poblarse, principalmente, por grupos formados por individuos resueltos a sacrificarse a sí mismos. Esta es la teoría de la “selección de grupos”, asumida como verdadera desde hace mucho tiempo por biólogos no familiarizados con los detalles de la teoría de la evolución publicada en un famoso libro de V. C. Wynne Edwards y divulgada por Robert Ardrey en The Social Contract. La alternativa ortodoxa es denominada, normalmente, “selección individual”, aun cuando yo, personalmente, prefiero hablar de selección de genes.

La pronta respuesta del partidario de la “selección individual” al argumento recién planteado podría ser algo así: aun en el grupo de los altruistas habrá, casi con certeza, una minoría que disienta y que rehúse hacer cualquier sacrificio en bien de los demás, y si existe sólo un rebelde egoísta, preparado para explotar el altruismo de los otros, él, por definición, tendrá mayores posibilidades de sobrevivir y de tener hijos. Cada uno de estos hijos tenderá a heredar sus rasgos egoístas. Luego de transcurridas varias generaciones de esta selección natural, el “grupo altruista” será superado por los individuos egoístas hasta llegar a identificarse con el grupo egoísta. Aun si hacemos la concesión de admitir el caso improbable de que existan grupos puramente altruistas, sin rebeldes, es muy difícil imaginar cuáles serían los factores que pudieran impedir la migración de individuos egoístas provenientes de grupos egoístas vecinos y evitar que éstos, mediante el matrimonio entre miembros de ambos grupos, contaminasen la pureza de los grupos altruistas.

El partidario de la selección individual estará de acuerdo en admitir que los grupos se extinguen y, sea o no cierto este hecho, admitirá que los grupos pueden ser influenciados por el comportamiento de los individuos que los forman. Estará de acuerdo, también, en que si solamente los individuos de un grupo tuviesen el don de la previsión podrían apreciar que, a largo plazo, lo que más favorece sus intereses es la restricción de su codicia egoísta con el fin de impedir la destrucción de todo el grupo. ^Cuántas veces se le habrá dicho esto en los últimos años a la clase trabajadora dé Gran Bretaña? Pero la extinción del grupo es un proceso lento comparado con el rápido proceso de eliminación, producto de la competencia individual. Aun cuando el grupo se encuentra en un proceso lento pero inexorable de decadencia, los individuos egoístas prosperan a corto plazo a expensas de los altruistas. Los ciudadanos de Gran Bretaña pueden o no tener el don de la previsión, pero la evolución es ciega en lo que respecta al futuro.

A pesar de que la teoría de la selección de grupos encuentra hoy poco apoyo en las filas de aquellos biólogos profesionales que comprenden la evolución, ejerce una gran atracción intuitiva. Sucesivas promociones de estudiantes de zoología se sorprenden al terminar sus estudios y descubrir que la teoría de la selección de grupos no está de acuerdo con la teoría ortodoxa. No se les puede culpar a ellos, ya que en la Nuffield Biology Teacher's Guide, destinada a los profesores de biología a un nivel avanzado en Gran Bretaña, encontramos lo siguiente: “En los animales superiores el comportamiento puede adquirir la forma de suicidio individual con el fin de asegurar la supervivencia de la especie”. El autor anónimo de esta guía ignora felizmente el hecho de que ha expresado algo polémico. A este respecto encuentra compañía en ganadores del Premio Nobel. Konrad Lorenz, en su libro Sobre la agresión, habla de las funciones del comportamiento agresivo en la “preservación de las especies”, y una de estas funciones sería el asegurarse de que sólo a los individuos más aptos se les permite procrear. Esta es una muestra de un argumento tortuoso, pero lo que yo deseo destacar aquí es que la noción de la selección de grupo está tan arraigada que Lorenz, al igual que el autor de la Nuffield Guide, no se dio cuenta de que sus declaraciones se oponían a la teoría darwiniana ortodoxa.

Recientemente escuché un encantador ejemplo de lo mismo en otros aspectos en un excelente programa de televisión de la B.B.C. sobre las arañas australianas. La “experta” del programa hizo la observación de que la vasta mayoría de las arañas recién nacidas terminaban siendo presa de otras especies, y luego continuó diciendo: “Quizá sea éste el verdadero fin de su existencia, ;ya que sólo unas cuantas necesitan sobrevivir para que la especie sea preservada!”

Robert Ardrey, en The Social Contract, empleó la teoría de la selección de grupo para explicar todo el orden social en general. Evidentemente, consideró al hombre como una especie que se ha desviado del camino de rectitud seguido por los animales. Ardrey, por lo menos, hizo su tarea. Su decisión de disentir de la teoría ortodoxa fue una decisión consciente, y por ello es digno de mérito.

Quizá una de las razones de la gran atracción que ejerce la teoría de la selección de grupo sea que está en completa armonía con íos ideales morales y políticos que la mayoría de nosotros compartimos. Es posible que, con cierta frecuencia, nos comportemos egoístamente como individuos, pero en nuestros momentos más idealistas, honramos y admiramos a aquellos que ponen en primer lugar el bienestar de los demás. Sin embargo, nos quedamos algo confusos cuando tratamos de establecer los límites de lo que entendemos por el término “los demás”. A menudo el altruismo dentro de un grupo va acompañado de egoísmo entre los grupos. Esto es la base del sindicalismo. A otro nivel, la nación es el beneficiario principal de nuestro sacrificio altruista, y se espera que los jóvenes mueran como individuos por una mayor gloria del país considerado en su conjunto. Más aún, son estimulados a matar a otros individuos de los cuales nada se sabe, excepto que pertenecen a una nación distinta. (Curiosamente, las llamadas en tiempos de paz para que los individuos hagan pequeños sacrificios en proporción al aumento de su nivel de vida parecen ser menos efectivas que las llamadas en tiempos de guerra, cuando se les pide a los individuos que entreguen sus vidas.) Recientemente se ha producido una reacción en contra de los prejuicios raciales y del patriotismo y una tendencia a considerar a toda la especie humana como objeto de nuestro compañerismo. Esta ampliación humanista del objetivo de nuestro altruismo tiene un interesante corolario que, de “ nuevo, parece apoyar la idea del “bien de la especie” en la evolución.

Los políticamente liberales, que normalmente son los voceros más convencidos de la ética de la especie, manifiestan ahora el mayor de los desprecios por aquellos que han ampliado, en mayor medida, las miras de su altruismo y han incluido a otras especies. Si yo expreso que estoy más interesado en impedir el exterminio de las grandes ballenas que en mejorar las condiciones de habitabilidad de las viviendas, es muy posible que escandalice a alguno de mis amigos.

El sentimiento de que los miembros de nuestra especie merecen una consideración moral especial en comparación con los miembros de otras especies, es antiguo y se encuentra profundamente arraigado. El hecho de matar a las personas, excepto en la guerra, es el crimen juzgado con mayor severidad entre los cometidos comúnmente. Lo único que está sometido a una prohibición mayor en nuestra cultura es comerse a las personas (aun si ya están muertas). Sin embargo, gozamos al comer a miembros de otras especies. A muchos de nosotros nos horrorizan las ejecuciones judiciales, aunque se trate de los más espantosos criminales de la especie humana, al mismo tiempo que aprobamos alegremente que se mate a tiros, sin juicio previo, a animales considerados como plagas y que son bastante mansos. En realidad exterminamos a miembros de otras especies inofensivas como un medio de recreación y entretenimiento. Un feto humano, sin más sentimientos humanos que una ameba, goza de una reverencia y una protección legal que excede en gran medida a la que se le concede a un chimpancé adulto. Sin embargo, el chimpancé siente y piensa y, según evidencia experimental reciente, puede ser aun capaz de aprender una forma de lenguaje humano. El feto pertenece a nuestra propia especie y se le otorgan instantáneamente privilegios y derechos especiales debido a este factor. Si la ética del “especiecismo”, para utilizar el término empleado por Richard Ryder, puede ser planteada con una base tan lógica, tan acertada, como aquella referente al “racismo”, no lo sé. Lo que sí sé es que no posee una base adecuada en la biología evolutiva.

La confusión en la ética humana sobre el nivel en que el altruismo es deseable familia, nación, raza, especie, o hacia todos los seres vivientes se refleja en una confusión paralela en biología, en lo referente al nivel en el cual se puede esperar el altruismo de acuerdo a la teoría de la evolución. Ni siquiera los partidarios de la seleccion de grupos se sorprenderían al descubrir a miembros de grupos rivales mostrándose animosidad unos a otros: de esta manera, al igual que los miembros de un sindicato o los soldados, están favoreciendo a su propio grupo en la lucha por los recursos limitados. Vale la pena preguntar como el partidario de la selección de grupo decide cual es el nivel importante. Si la selección se produce entre grupos dentro de una especie, y entre las especies, ^por que no se produciría, también, entre agrupaciones mayores? Las especies están agrupadas en géneros, los géneros en Ordenes, y los órdenes en clases. Los leones y los antílopes son miembros de la clase Mamíferos, a la cual nosotros también pertenecemos. <;No deberíamos, entonces, esperar que los leones se abstuviesen de matar a los antílopes “por el bien de los mamíferos”? Seguramente deberían, en cambio, cazar pájaros o reptiles, con el fin de impedir la extinción de la clase. Pero entonces, ¿qué pasaría con la necesidad de perpetuar todo el fílum de los vertebrados?

Está bien que yo argumente por la reductio ad absurdum y señale las dificultades que surgen ante la teoría de la selección de grupo, pero la existencia aparente del altruismo individual aun debe ser explicada. Ardrey llega hasta afirmar que la selección de grupo constituye la única explicación posible para el comportamiento destinado a llamar la atención en las gacelas de Thomson. Estos saltos vigorosos y llamativos frente al predator es análogo a las. llamadas de alarma de los pájaros, en cuanto parece advertir a sus compañeros del peligro mientras, aparentemente, llaman la atenciOn del predator hacia sí mismos. Tenemos la responsabilidad de explicar la actuación de estos ejemplares que llaman la atención sobre sí mismos, como de otros fenómenos similares, y esto es algo que voy a efectuar en capítulos posteriores.

Antes de hacerlo debo reivindicar mi creencia de que la mejor forma de considerar la evolución es basarse en la selección que ocurre en los niveles más inferiores. Al sostener esta creencia reconozco que estoy profundamente influido por el excelente libro Adaptation and Natural Selection, de G. C. Williams. La idea central que utilizaré fue conjeturada por A. Weismann al finalizar el siglo, antes de que se hablase de los genes, al plantear su doctrina de la «continuidad del germenplasma». Defenderé la tesis de que la unidad fundamental de selección, y por tanto del egoísmo, no es la especie ni el grupo, ni siquiera, estrictamente hablando, el individuo. Es el gen, la unidad de la herencia. A algunos biólogos este planteamiento les podrá parecer, al principio, una posición extrema. Espero que cuando aprecien en que sentido lo afirmo, estén de acuerdo en que es una posición, en esencia, ortodoxa, aun cuando esté expresada de una manera insólita.

El desarrollo del argumento requiere un tiempo, y debemos empezar desde el principio, a partir del origen de la vida misma.

2. LOS REPRODUCTORES

En los orígenes reinó la simplicidad. Es ya bastante difícil explicar cómo empezó un universo simple, y doy por supuesto que serán aún más difícil explicar el súbito nacimiento, con todos los atributos, de una organización tan compleja como es la vida, o de un ser capaz de crearla. La teoría darwiniana de la evolución por la selección natural es satisfactoria, ya que nos muestra una manera gracias a la cual la simplicidad pudo tornarse complejidad, cómo los átomos que no seguían un patrón ordenado pudieron agruparse en modelos cada vez más complejos hasta terminar creando a las personas. Darwin ofrece una solución, la única razonable entre todas las que hasta este momento se han sugerido, al profundo problema de nuestra existencia.

Intentaré explicar esta gran teoría de un modo más general de lo que es costumbre y empezaré por un período anterior a la evolución misma.

La «supervivencia de los más aptos» de Darwin es realmente un caso especial de una ley más general relativa a la supervivencia de lo estable. El universo esta poblado por cosas estables. Una cosa estable es una colección de átomos bastante permanente o común para merecer un nombre. Puede ser una colección única de átomos, tal como el Matterhorn, que permanece el tiempo suficiente como para merecer un nombre. O puede ser una clase de entidades, como las gotas de lluvia que se producen en un porcentaje tan alto como para merecer un nombre colectivo, aun cuando cada una de ellas tenga un período de duración muy breve. Las cosas que vemos a nuestro alrededor y de las cuales pensamos que requieren una explicación, tales como las rocas, galaxias, olas del mar, todas son, en mayor o menor grado, configuraciones estables de átomos. Las burbujas de jabón tienden a ser esféricas debido a que ésta es una configuración estable para las películas delgadas llenas de gas. En una nave espacial el agua también permanece estable en glóbulos esféricos, pero en la Tierra, donde existe la gravedad, la superficie estable para el agua estancada es plana y horizontal. Los cristales de sal tienden a ser cubos debido a que ésta es una forma estable de conglomerar los iones sodio y cloruro. En el Sol, los átomos más simples de todos, los átomos de hidrógeno, se fusionan para formar átomos de helio, ya que, debido a las condiciones que allí prevalecen, la configuración del helio es más estable. Otros átomos aún más complejos se están formando en las estrellas en todo el universo, y se originaron, también, en la «explosión gigantesca» que, de acuerdo con la teoría prevaleciente, dio inicio al universo. De aquí provendrían originalmente los elementos de nuestro mundo.

En ocasiones, cuando los átomos se encuentran, se unen en reacciones químicas para formar moléculas, que pueden ser más o menos estables. Tales moléculas pueden ser muy grandes. Un cristal, como un diamante, puede ser considerado como una molécula única, proverbialmente estable en este caso, pero también una molécula muy simple, ya que su estructura atómica interna es repetida al infinito. En los organismos vivientes modernos existen otras grandes moléculas que son altamente complejas, y su complejidad se evidencia en varios niveles. La hemoglobina de nuestra sangre es una típica molécula de proteína. Está formada por cadenas de moléculas más pequeñas, aminoácidos, y cada una de ellas contiene unas cuantas docenas de átomos dispuestos de acuerdo con un modelo preciso. En la molécula de hemoglobina hay 574 moléculas de aminoácidos. Éstas están dispuestas en cuatro cadenas, que se enrollan unas con otras para formar una estructura globular tridimensional de sorprendente complejidad. Un modelo de una molécula de hemoglobina se parece más bien a un denso arbusto espinoso. Pero, a diferencia del arbusto espinoso real, no es un patrón aproximado y sujeto al azar sino una estructura definitiva e invariable, repetida idénticamente, sin una ramita o torsión que quede fuera de lugar, más de seis mil millones de millones de millones de veces en un cuerpo humano normal. La forma precisa de un arbusto espinoso que toma una molécula de proteína tal como la hemoglobina, es estable en el sentido de que dos cadenas consistentes en la misma secuencia de aminoácidos tenderán, al igual que dos resortes, a permanecer en reposo exactamente en el mismo formato enrollado y tridimensional. Los arbustos espinosos de hemoglobina están surgiendo en tu cuerpo en su forma «preferida», a razón de cuatro millones de millones por segundo, y otros están siendo destruidos en la misma proporción.

La hemoglobina es una molécula moderna, utilizada para explicar el principio por el cual los átomos tienden a adquirir formas estables. El punto que aquí importa señalar es el siguiente: antes de que se produjese la vida en la Tierra, pudo haber ocurrido alguna rudimentaria evolución de las moléculas mediante procesos usuales de física y química. No es necesario pensar en un propósito, intención o determinación dados. Si un grupo de átomos en presencia de energía adquiere un patrón estable, tenderá a permanecer de esa forma. La forma primaria de selección natural fue, simplemente, una selección de formas estables y un rechazo de las inestables. No existe misterio alguno sobre esto. Tuvo que suceder así por definición.

De ello, por supuesto, no se deriva que se pueda explicar la existencia de seres tan complejos como el hombre exactamente por los mismos principios, sin más. No sirve tomar un número adecuado de átomos, someterlos a una energía externa y agitarlos hasta que, por casualidad, formen el modelo correcto y resulte Adán. Se puede crear una molécula consistente en unas cuantas docenas de átomos, similar a la descrita anteriormente, pero un hombre está formado por más de mil millones de millones de millones de millones de átomos. Para intentar hacer un hombre tendría que trabajarse con la coctelera bioquímica durante un período tan largo que la edad entera del universo parecería un guiño de ojos y, aun entonces, no se lograría el éxito. Es en este punto donde la teoría de Darwin, en su aspecto más general, viene al rescate. La teoría de Darwin interviene desde el momento en que la lenta construcción de las moléculas ha cesado.

El relato que voy a hacer del origen de la vida es, necesariamente, de tipo especulativo; por definición, nadie se encontraba cerca para ver lo que sucedió. Existe cierto número de teorías rivales, pero todas poseen ciertos rasgos en común. El relato simplificado que presentaré probablemente no esté muy alejado de la verdad.

Desconocemos que tipos de materia prima química abundaban en la Tierra antes de que se originase la vida, pero entre las posibilidades verosímiles podemos citar el agua, el dióxido de carbono, el metano y el amoníaco: todos ellos simples compuestos que se sabe se encuentran, por lo menos, en algunos de los otros planetas de nuestro sistema solar.

Los químicos han intentado imitar las condiciones químicas de la Tierra en su etapa joven. Han colocado las sustancias simples anteriormente nombradas en un matraz y le han aplicado una fuente de energía tal como la luz ultravioleta o chispas eléctricas, en calidad de simulación artificial del rayo primordial. Luego de transcurridas unas cuantas semanas suele descubrirse algo interesante dentro del matraz: un débil caldo café que contiene una gran cantidad de moléculas más complejas que las que originalmente se pusieron allí. Se han encontrado, en particular, aminoácidos, los cuales constituyen la base de las proteínas, una de las dos clases principales de las moléculas biológicas.

Antes de que se efectuasen dichos experimentos, los aminoácidos que se presentasen de forma natural habrían sido considerados como elementos de diagnóstico que evidenciaban la presencia de vida. Si hubiesen sido detectados, digamos en Marte, se habría considerado como casi una certeza la existencia de vida en ese planeta. Ahora, sin embargo, su existencia sólo constituye un indicio de la presencia de unos cuantos gases simples en la atmósfera y de algunos volcanes, rayos solares o tiempo tormentoso.

Recientes experimentos de laboratorio, en los que sc simularon las condiciones químicas de la Tierra antes de que se produjese la vida, dieron como resultado sustancias orgánicas llamadas purina y pirimidina. Ambas son componentes de la molécula genética, denominada ADN (ácido desoxirribonucleico).

Procesos análogos a estos deben haber dado origen al «caldo primario» que los biólogos y químicos creen que constituyó los mares hace tres o cuatro miles de millones de años. Las sustancias orgánicas llegaron a concentrarse en determinados lugares, quizás adquiriendo la forma de una capa semiseca en torno a las playas, o bajo el aspecto de pequeñas gotitas en suspensión. Más tarde, bajo la influencia de una energía tal como la luz ultravioleta proveniente del Sol, se combinaron con el fin de formar moléculas mayores. En la actualidad las grandes moléculas orgánicas no durarían lo suficiente como para ser percibidas: serían rápidamente absorbidas y destruidas por las bacterias u otras criaturas vivientes. Pero tanto las bacterias como el resto de nosotros somos recién llegados, y en aquellos tiempos las grandes moléculas orgánicas podían flotar a la deriva sin ser molestadas, a través del caldo cada vez más espeso.

En algún punto, una molécula especialmente notable se formó por accidente. La denominaremos el reproductor. No tuvo que ser, necesariamente, la más grande o la más compleja de todas las moléculas, pero tenía la extraordinaria propiedad de poder crear copias de sí misma. Éste puede parecer un accidente con muy escasas posibilidades de que acaezca. En efecto: era extremadamente improbable. En la vida de un hombre las cosas que son tan improbables como ésta pueden ser consideradas, para fines prácticos, como imposibles. Ésta es la razón por la cual no hay manera de ganar un gran premio en las quinielas. Pero en nuestros cálculos humanos de lo que es probable y lo que no lo es, no estamos acostumbrados a calcular en cientos de millones de años. Si uno llenara boletos de apuestas cada semana durante cien millones de años es muy probable que ganase, varias veces, sumas considerables.

En realidad una molécula que hace copias de sí misma no es tan difícil de imaginar como parece a primera vista, y sólo tuvo que surgir una vez. Considérese el reproductor como un molde o un modelo. Imagínese como una gran molécula consistente en una cadena compleja formada por varios tipos de moléculas. Las más pequeñas se encontraban, de manera abundante, en el caldo que rodeaba al reproductor. Supóngase ahora que cada componente posee una afinidad por aquellos de su propio tipo. Luego, siempre que un componente que se encontrara en el caldo se acercase al reproductor por el cual tenía afinidad, tendería a adherirse a él. Los componentes que se unieran de ésta forma, automáticamente serían incorporados a una secuencia que imitara a la del reproductor mismo. Es fácil, entonces, pensar que se unirían para formar una cadena estable con una formación igual que la del reproductor original. Este proceso podía continuar en un acumulamiento continuo, capa tras capa. Es así como se forman los cristales. Por otra parte, las dos cadenas podrían disociarse, en cuyo caso tendremos a dos reproductores, cada uno de los cuales está capacitado para continuar haciendo más copias.

Una posibilidad más compleja sería que cada componente tuviese afinidad, no por los de su propio tipo o clase sino, y en forma recíproca, por otra clase determinada. En este caso el reproductor actuaría como modelo no para obtener una copia idéntica sino un tipo de «negativo> que, a su vez, haría una copia exacta del positivo original. De acuerdo con nuestros propósitos no nos interesa si el proceso de reproducción original fue positivo-negativo o positivo-positivo, aunque vale la pena señalar que los equivalentes modernos del primer reproductor, las moléculas ADN, emplean la reproducción positivo-negativo. Lo que sí interesa es que, de pronto, apareció en el mundo un nuevo tipo de «estabilidad». Es probable que anteriormente ningún tipo especial de molécula compleja se encontrase de manera muy numerosa en el caldo, ya que cada una de ellas dependía de que los componentes, por azar, adquirieran una configuración particularmente estable.

Tan pronto como nació el reproductor, sin duda esparció rápidamente sus copias a través de los mares hasta que las moléculas más pequeñas, cuya función era la de ser componentes, se convirtieron en un recurso escaso y otras moléculas más grandes no pudieron formarse sino muy rara vez.

Parece que así llegamos a la etapa de una gran población de réplicas idénticas. Pero ahora debemos mencionar una propiedad importante de cualquier proceso de copia: no es perfecto. Ocurrirán errores. Espero que no haya erratas en el presente libro, pero si se observa con cuidado se podrán encontrar algunas. Es probable que no distorsionen gravemente el significado de las frases porque serán errores de «primera generación». Pero imaginemos los tiempos anteriores a la existencia de la imprenta, cuando libros tales como el Evangelio eran copiados a mano. Todos los escribientes, aun siendo muy cuidadosos, seguramente cometerán errores, y algunos se sentirán inclinados a «mejorar» voluntariamente el original. Si todas las copias fuesen hechas a partir de un original único, el significado no se falsearía mucho. Pero si las copias se hacen a partir de otras copias, las cuales, a su vez, fueron hechas de otras copias, los errores empezarán a ser acumulativos y graves. Tendemos a considerar las copias irregulares como algo malo, y en el caso de documentos humanos es difícil hallar ejemplos en que los errores puedan ser descritos como perfeccionamientos.

«¡Otro aspecto curioso de la teoría de la evolución es que todo el mundo piensa que la comprende¡»

Retornemos al caldo primario. Sin duda llegaría a estar poblado por variedades estables de moléculas; estables ya sea porque las moléculas individuales duraban un largo período de tiempo, porque se reproducían rápidamente o porque se reproducían con precisión. Las tendencias evolutivas hacia estos tres tipos de estabilidad tuvo lugar en el siguiente sentido: si se hubiesen extraído muestras del caldo en dos ocasiones distintas, la última muestra habría contenido una mayor proporción de variedades con un más alto nivel de longevidad fecundidad fidelidad de reproducción. Esto es, esencialmente, lo que quiere decir un biólogo al referirse a la evolución cuando habla de criaturas vivientes, y el mecanismo es el mismo: la selección natural.

¿Deberíamos, entonces, llamar a los reproductores originales moléculas «vivientes»? Carece de importancia. Yo podría afirmar: «Darwin fue el hombre más grande que ha existido» y podría ser rebatido: «No, Newton lo fue», pero supongo que no prolongaríamos la discusión. Lo esencial es que ninguna conclusión relevante podría ser afectada por el resultado de la discusión. Los hechos de la vida y los logros de Newton y Darwin permanecen totalmente inalterables, al margen de si les otorgamos el calificativo de «grandes» o no. De manera similar, la historia de las moléculas reproductoras probablemente sucedió de forma parecida a lo que yo la estoy contando, indiferente al hecho de si escogemos calificarlas de «vivientes». Ha sido causa de sufrimiento humano el hecho de que muchos de nosotros no pueden comprender que las palabras son sólo herramientas para nuestro uso, y que la mera presencia en el diccionario de una palabra como «viviente» no quiere decir, necesariamente, que deba referirse a algo definitivo en el mundo real. Tanto si denominamos a los primeros reproductores vivientes como si no, ellos fueron los predecesores de la vida; fueron nuestros primeros padres.

El siguiente eslabón del argumento, que le sigue en importancia, y que Darwin mismo acentuó (si bien es cierto que él estaba hablando de animales y plantas, no de moléculas), se refiere a la competencia. El caldo primario no podía mantener a un número infinito de moléculas reproductoras. Por una parte, el tamaño de la Tierra es finito, pero otros factores limitativos deben, también, haber sido importantes. En la imagen en que representamos al reproductor actuando como un molde o modelo, supusimos que se encontraba bañado en un caldo rico en pequeñas moléculas que hacían el papel de componentes y que eran necesarias para hacer las copias. Pero cuando los reproductores llegaron a ser numerosos, estos componentes debieron de ser utilizados en una proporción tan elevada que se convirtieron en un recurso escaso y precioso. Las diferentes variedades o especies de reproductores debieron de competir por ellos. Hemos considerado los factores que hubieron de influir para aumentar el número de tipos preferidos de reproductores. Podemos apreciar ahora que las variedades menos favorecidas reducirían su número debido a la competencia, y en última instancia, muchos de sus descendientes se extinguirían. Hubo una lucha por la existencia entre las variedades de reproductores. Ellos no sabían que estaban luchando ni se preocuparon de ello; la lucha se llevó a cabo sin resentimientos, en realidad sin sentimientos de ningún tipo. Pero lucharon en el sentido de que cualquier copia con errores que diese como resultado un nivel más alto de estabilidad, o una nueva forma de reducir la estabilidad de los rivales era, automáticamente, preservada y se multiplicaba. El proceso de perfeccionamiento era acumulativo. Las maneras de aumentar la estabilidad y de disminuir la estabilidad de los rivales llegó a ser cada vez más elaborada y más eficiente. Incluso es posible que algunos de ellos «descubrieran» como separar las moléculas de las variedades rivales, químicamente, y utilizar los componentes así liberados para hacer sus propias copias. Estos protocarnívoros obtenían simultáneamente comida y eliminaban a los rivales que les hacían la competencia. Otros reproductores quizá descubrieron como protegerse a sí mismos, ya fuese por medios químicos o construyendo una pared física formada por proteínas en torno a ellos. Ésta pudo ser la causa de que aparecieran las primeras células vivientes. Los reproductores empezaron no solamente a existir, sino también a construirse, para ser utilizados por ellos mismos, verdaderos recipientes, vehículos para continuar existiendo. Los reproductores que sobrevivieron fueron aquellos que construyeron máquinas de supervivencia para vivir en ellas. Las primeras máquinas de supervivencia consistían, probablemente, nada más que en una capa protectora. Pero ganarse la vida se hizo cada vez más duro a medida que surgían nuevos rivales con mejores y más efectivas máquinas de supervivencia. Las máquinas de supervivencia se hicieron más grandes y más elaboradas, y el proceso fue acumulativo y progresivo.

¿Llegaría a tener algún fin este gradual perfeccionamiento de las técnicas y artificios empleados por los reproductores para asegurarse su propia continuidad en el mundo? Habría mucho tiempo disponible para su perfeccionamiento. ¿Qué misteriosas máquinas de autopreservación producirían los milenios? En cuatro mil millones de años, ¿cuál sería el destino de los antiguos reproductores? No murieron, porque son maestros en el arte de la supervivencia. Pero no se les debe buscar flotando libremente en el mar; ellos renunciaron a esa desenvuelta libertad hace mucho tiempo. Ahora abundan en grandes colonias, a salvo dentro de gigantescos y lerdos robots, encerrados y protegidos del mundo exterior, comunicándose con él por medio de rutas indirectas y tortuosas, manipulándolo por control remoto. Se encuentran en ti y en mí; ellos nos crearon, cuerpo y mente; y su preservación es la razón última de nuestra existencia. Aquellos reproductores han recorrido un largo camino. Ahora se les conoce con el término de genes, y nosotros somos sus máquinas de supervivencia.

3. LAS ESPIRALES INMORTALES

Nosotros somos máquinas de supervivencia, pero «nosotros» no implica solamente a las personas. Abarca a todos los animales, plantas, bacterias y virus. Es muy difícil determinar el número total de máquinas de supervivencia sobre la Tierra y hasta el número total de las especies es desconocido. Si consideramos solamente a los insectos, el número de especies vivientes ha sido estimado, aproximadamente, en tres millones y el número de insectos puede ser un millón de millón de millones.

Los diferentes tipos de máquinas de supervivencia presentan una apariencia muy variada tanto en el aspecto exterior como en sus órganos internos. Un pulpo no se parece en nada a un ratón y ambos son muy diferentes de un roble. Sin embargo, en su química fundamental son casi uniformes, y, en especial, en lo que se refiere a los reproductores que portan, los genes, son básicamente el mismo tipo de moléculas para todos nosotros, desde las bacterias hasta los elefantes.

Todos somos máquinas de supervivencia para el mismo tipo de reproductor, las moléculas denominadas ADN. Hay muchas maneras de prosperar en el mundo y los reproductores han construido una vasta gama de máquinas para prosperar explotándolas. Un mono es una máquina que preserva a los genes en las copas de los árboles, un pez es una máquina que preserva a los genes en el agua; incluso existe un pequeño gusano que preserva a los genes en la cerveza alemana. El ADN opera de maneras misteriosas.

Atendiendo a la simplicidad, he dado la impresión de que los genes modernos, hechos de ADN, son muy similares a los primeros reproductores que se encontraban en el caldo primario. Ello tal vez no sea realmente verdadero, pero no afecta al planteamiento que estamos ofreciendo. Los reproductores originales puede que fueran una clase de molécula relacionada con el ADN, o puede que fueran del todo diferentes. En este último caso, sus máquinas de supervivencia debieron de ser absorbidas, en una etapa posterior, por el ADN. Si así ocurrió, los reproductores originales fueron totalmente destruidos, ya que ningún rasgo de ellos permaneció en las máquinas de supervivencia modernas. En estos términos. A. G. Cairns-Smith ha formulado la fascinante sugerencia de que nuestros antepasados, los primeros reproductores, puede que no fueran moléculas orgánicas sino cristales inorgánicos —minerales, pedacitos de arcilla. Sea o no un usurpador, el ADN se encuentra hoy día, indiscutiblemente, en pleno dominio, a menos que, tal como sugiero a modo de tanteo en el capítulo final, se esté recién iniciando un nuevo asalto al poder.

Una molécula de ADN es una larga cadena de pequeñas moléculas denominadas nucleótidos. De la misma manera que las moléculas de proteína son cadenas de aminoácidos, así las moléculas de ADN son cadenas de nucleótidos. Una molécula de ADN es demasiado pequeña para ser vista directamente, pero su forma exacta ha sido ingeniosamente determinada por medios indirectos. Consiste en un par de cadenas de nucleótidos enrolladas en una elegante espiral; la «doble hélice»; la «espiral inmortal». Los nucleótidos que la componen son sólo de cuatro tipos distintos, cuyos nombres podemos abreviar así: A, T, C y G. Son los mismos en todos los animales y plantas. Lo que difiere es el orden en que están ensartados. El componente G de un hombre es idéntico, en todos los detalles, al componente G de un caracol. Pero la secuencia de los componentes en un hombre no solamente es diferente de la de un caracol, sino que lo es también aunque en menor medida de la secuencia de los demás hombres (con excepción del caso especial de los gemelos idénticos).

Nuestro ADN vive dentro de nuestros cuerpos. No está concentrado en un lugar determinado del cuerpo, sino que se encuentra distribuido entre las células. Hay aproximadamente mil millones de millones de células como promedio en un cuerpo humano, y, con algunas excepciones que podemos ignorar, cada una de estas células contiene una copia completa del ADN de ese cuerpo. Este ADN puede ser considerado como un conjunto de instrucciones de como hacer un cuerpo, escritas en el alfabeto A, T, C, G de los nucleótidos. Es como si en cada habitación de un edificio gigantesco existiese un armario que contuviese los planos del arquitecto para la construcción del edificio completo. El «armario» de cada célula es su núcleo. Los planos del arquitecto están reunidos en 46 volúmenes en el hombre: el número es diferente en otras especies. Los «volúmenes» son los cromosomas. Son visibles bajo la lente de un microscopio en forma de largos hilos y los genes están unidos, en orden, a lo largo de él. No es fácil, y en realidad puede ni siquiera ser significativo, determinar dónde termina un gen y empieza el siguiente. Por fortuna, como se mostrará en este capítulo, ello carece de importancia para nuestros propósitos.

Emplearé la metáfora de los planos del arquitecto, mezclando libremente el lenguaje de la metáfora con el lenguaje de lo real. «Volumen» será empleado de modo intercambiable con el vocablo cromosoma. «Página» provisionalmente se utilizará como sinónimo del término gen, aun cuando la división entre los genes no está tan bien definida como la división entre las páginas de un libro. Está metáfora nos será útil para avanzar un buen trecho. Cuando finalmente, ya no nos sirva, introduciré otras metáforas. A propósito, no existe, por supuesto, ningún »arquitecto»: las instrucciones del ADN han sido reunidas por selección natural.

Las moléculas de ADN realizan dos funciones importantes. Primero, se replican, es decir, hacen copias de sí mismas. Esto ha ocurrido, sin interrupción, desde el inicio de la vida, y las moléculas de ADN son ahora muy eficientes en esta tarea. Un adulto está formado por miles de millones de millones de células, pero cuando recién fue concebido era una célula única, provista de una copia maestra de los planos del arquitecto. Esta célula se dividió en dos y cada una de las dos células recibió su propia copia de los planos. Divisiones sucesivas elevaron el número de células a 4, 8, 16, 32 y así hasta alcanzar una cifra de miles de millones. En cada división los planos del ADN fueron fielmente copiados, casi sin errores.

Una cosa es hablar de la duplicación del ADN. Pero si el ADN es realmente un juego de planos para construir un cuerpo, ¿cómo se llevan estos planos a la práctica? ¿Cómo son transformados en la estructura de un cuerpo? Esto me lleva a aclarar cuál es la segunda función del ADN. Supervisa, indirectamente, la fabricación de un diferente tipo de molécula: la proteína. La hemoglobina que fue mencionada en el capítulo anterior es sólo un ejemplo del enorme alcance de las moléculas de proteína. El mensaje codificado del ADN, escrito en el alfabeto nucleótido de cuatro letras, es traducido, por una simple forma mecánica, en otro alfabeto. Éste es el alfabeto de los aminoácidos que comprende las moléculas de proteína.

Podría parecer que hay una gran diferencia entre fabricar proteínas y hacer un cuerpo, pero es el primer pequeño paso en esa dirección. Las proteínas no sólo constituyen una gran parte de la textura física del cuerpo, sino que también ejercen un control sensitivo sobre todos los procesos químicos dentro de la célula, seleccionando cuando deben efectuarse y cuando no en los tiempos precisos y en los lugares adecuados. Determinar exactamente cómo esto, finalmente, lleva al desarrollo de un bebé es una historia que tomará décadas y quizá siglos para que los embriólogos logren explicarla. Pero es un hecho que así sucede. Los genes sí controlan indirectamente la fabricación de los cuerpos y la influencia sigue estrictamente un camino: las características adquiridas no son hereditarias. No importa cuántos conocimientos y cuánta sabiduría se adquiera durante una vida, nada pasará a los hijos por medios genéticos. Cada nueva generación empieza desde el principio. Un cuerpo es el medio empleado por los genes para preservar los genes inalterados.

La importancia evolutiva del hecho de que los genes controlan el desarrollo embrionario es la siguiente: significa que los genes son, por lo menos en parte, responsables de su propia supervivencia en el futuro, ya que ella depende de la eficiencia de los cuerpos en que habitan y los cuales ellos ayudaron a construir. Una vez, la selección natural consistió en la supervivencia diferencial de los reproductores que flotaban libremente en el caldo primario. Ahora, la selección natural favorece a los reproductores que son eficientes en construir las máquinas de supervivencia, aquellos genes que son hábiles en el arte de controlar el desarrollo embrionario. Respecto a esto, los reproductores no son más conscientes que antes ni persiguen un fin determinado. El mismo antiguo proceso de selección automática entre moléculas rivales en razón de su longevidad, fecundidad y fidelidad en la copia, aún se desarrolla tan ciega y tan inevitablemente como sucedió en aquellos días lejanos. Los genes carecen de previsión. No planifican con antelación. Los genes simplemente existen, algunos con mayores posibilidades de supervivencia que otros, y a eso se reduce todo. Pero las cualidades que determinan la longevidad y fecundidad de un gen no son tan simples como antes. Hay una gran diferencia.

En años recientes —los últimos seiscientos millones o algo así—, los reproductores han logrado notables triunfos en la tecnología de las máquinas de supervivencia tales como los músculos, el corazón y los ojos (han evolucionado varias veces de forma independiente). Antes de eso, alteraron radicalmente los rasgos fundamentales de su forma de vida como reproductores, algo que debemos entender si es que deseamos continuar con este planteamiento.

La primera cosa que debemos comprender sobre un moderno reproductor es que es altamente gregario. Una máquina de supervivencia es un vehículo que contiene no sólo un gen sino a muchos miles de ellos. La fabricación de un cuerpo es una empresa cooperativa tan intrincada que es casi imposible determinar la contribución de un gen diferenciándolo de la contribución de otro. Un gen dado tendrá efectos muy distintos en diferentes partes del cuerpo. Una parte determinada del cuerpo puede ser influida por muchos genes, y el efecto de cualquier gen depende de su interacción con muchos otros. Algunos genes actúan como genes maestros, controlando las operaciones de una multitud de otros genes. En términos de la analogía que hemos estado empleando, cualquier página dada de los planos hace referencia a muchas partes distintas del edificio; y cada página tiene sentido sólo en término de remisión a muchas otras páginas. Esta intrincada interdependencia de los genes puede hacer que la gente se sorprenda del empleo de la palabra «gen». ¿Por que no utilizar un nombre colectivo como «compuesto de genes»? La respuesta es que, considerando ciertos objetivos, constituye, en realidad, una buena idea. Pero si consideramos el problema desde otro ángulo es, también, razonable pensar que el compuesto de genes está dividido en reproductores separados y distintos, o genes. Ello surge debido al fenómeno del sexo. La reproducción sexual tiene el efecto de mezclar y revolver los genes. Ello significa que cualquier cuerpo de un determinado individuo es sólo un vehículo temporal para una combinación de genes de breve duración. La combinación de genes que es cualquier individuo puede ser de corta vida pero los genes mismos son, potencialmente, de larga vida. Sus caminos se cruzan y vuelven a cruzar constantemente a través de las generaciones. Un gen puede ser considerado como una unidad que sobrevive a través de un gran número de cuerpos sucesivos e individuales. Este planteamiento constituye el argumento

central del presente capítulo. Algunos de mis más respetados colegas difieren de él y rehúsan, obstinadamente, aceptarlo de tal manera que se me debe disculpar si insisto en exponerlo. En primer lugar debo exponer, brevemente, los aspectos relativos al sexo.

Ya dije que los planos para construir un cuerpo humano están detallados en 46 volúmenes. En realidad, fue una simplificación exagerada. La verdad es bastante excéntrica. Los 46 cromosomas consisten en 23 pares de cromosomas. Podríamos decir que archivados en el núcleo de cada célula se encuentran dos juegos alternativos de 23 volúmenes de planos. Denominémoslos Volumen la y Volumen \b, Volumen 2a y Volumen 2b, etc., hasta llegar al Volumen 23a y al Volumen 23b. Por supuesto, los números de identificación que se utilizan para los volúmenes, así como los empleados más adelante para las páginas, son totalmente arbitrarios.

Recibimos cada cromosoma intacto de uno de nuestros dos progenitores, en cuyo teste u ovario se encontraba congregado. Supongamos que los Volúmenes la, 2a, 3a..., provienen del padre. Y los Volúmenes 1b, 2b, 3b..., de la madre. En la práctica es muy difícil, pero teóricamente se podría observar mediante un microscopio a los 46 cromosomas en cualquiera de nuestras células y distinguir los 23 procedentes del padre y los 23 procedentes de la madre.

Los pares de cromosomas no pasan toda su vida físicamente en contacto, ni siquiera cerca uno de otro. ¿En que sentido forman, entonces, un par? En el sentido de que cada volumen que proviene originalmente del padre puede ser considerado, página por página, como una alternativa directa a un volumen especial que provenga, originalmente, de la madre. Citemos un ejemplo: la página 6 del Volumen 13a y la página 6 del Volumen 13¿ podrían tratar los dos «sobre» el color de los ojos. Quizás en uno diga «azul», mientras que en el otro diga «castaño».

En ocasiones, las dos páginas de alternativas son idénticas, pero en otros casos, como en nuestro ejemplo del color de los ojos, difieren. Si hacen «recomendaciones» contradictorias, ¿qué hace el cuerpo? La respuesta varía. En algunas ocasiones una lectura prevalece sobre la otra. En el ejemplo que acabamos de ofrecer sobre el color de los ojos, la persona tendría en realidad ojos de color castaño: las instrucciones para hacer ojos azules serán ignoradas al construir el cuerpo, lo que no impide que sean transmitidas a futuras generaciones. Un gen que es ignorado de esta forma es denominado recesivo. Lo opuesto a un gen recesivo es un gen dominante. El gen que determina ojos de color castaño es dominante en relación al gen que determina ojos azules. Una persona tiene ojos azules solamente si ambas copias de la página pertinente coinciden unánimemente en recomendar ojos azules. Sucede, más a menudo, que cuando dos genes alternativos no son idénticos, el resultado es un tipo de compromiso la característica considerada se elabora de acuerdo con un diseño intermedio o resulta algo diferente.

Se dice que dos genes son alelos uno respecto al otro cuando son rivales en cuanto al mismo lugar del cromosoma, como los genes que determinan los ojos de color castaño y los ojos azules. En cuanto a nuestros propósitos se refiere, consideraremos el término alelo como sinónimo de rival. Imaginémonos que los volúmenes que contienen los planos del arquitecto tienen sus hojas sueltas de tal manera que pueden ser desprendidas e intercambiadas. Cada volumen 13 debe tener una página 6, pero existen varias páginas 6 que pueden ser elegidas y que podrían ser intercaladas entre las páginas 5 y 7. Una versión dice «ojos azules», otra versión con posibilidades de ser elegida señala «ojos de color castaño», puede incluso haber otras versiones que determinen otros colores, como el verde. Quizás exista media docena de alelos alternativos situados en la posición de la página 6 en los treceavos cromosomas diseminados entre los individuos que constituyen la especie considerada. Cada individuo puede tener un máximo de dos alelos en la posición de la página 6. Puede, como en el caso de una persona de ojos azules, poseer dos copias del mismo alelo, o puede tener dos alelos distintos elegidos de la media docena de alternativas posibles existentes en la población y que se encuentran en disposición de ser elegidos.

Por supuesto, nadie puede extraer directamente los genes que le interesen del conjunto de genes disponible para toda la población, pues los genes se encuentran encerrados dentro de las máquinas de supervivencia.

Recibimos nuestros genes en el momento de nuestra concepción y no está a nuestro alcance el modificar dicha situación. Sin embargo, en cierto sentido y a largo plazo podemos considerar, en general, que el conjunto de genes de una población constituyen un acervo génico. Esta expresión es, en realidad, un término técnico empleado normalmente por los genetistas.

El acervo génico es una abstracción útil, ya que los sexos mezclan los genes, si bien es cierto que lo hacen de una manera cuidadosamente organizada. Especialmente, como veremos en seguida, sucede algo parecido al desprendimiento e intercambio de hojas sueltas en los volúmenes de que hablábamos anteriormente.

He descrito la división normal de una célula en dos nuevas células y he afirmado que cada una de ellas recibe una copia completa de la totalidad de los 46 cromosomas. Esta división normal de las células recibe el nombre de mitosis. Pero existe otro tipo de división celular, denominada meiosis. Esta sólo tiene lugar en la producción de células sexuales: los espermatozoides o los óvulos. Tanto los espermatozoides como los óvulos son las únicas entre todas nuestras células que en lugar de contener 46 cromosomas contienen solamente 23. Es decir, por supuesto, que contienen la mitad exacta de 46 — ¡algo muy conveniente cuando se fusionan en la fertilización sexual para fabricar un nuevo individuo! La meiosis es un tipo especial de división celular que tiene lugar sólo en los testículos y en los ovarios, en la cual una célula que tiene un doble juego de 46 cromosomas Se divide para formar células sexuales que poseen un sólo juego de 23 cromosomas (empleamos los números corrientes como medio ilustrativo).

Un espermatozoide, con sus 23 cromosomas, es el resultado de la división meiótica producida en el testículo de una de las células ordinarias de 46 cromosomas. ¿Cuáles son los 23 cromosomas que contiene cada espermatozoide? Obviamente es importante que un espermatozoide no obtenga los 23 cromosomas antiguos: no deben resultar dos copias del volumen 13 y ninguna del volumen 17. Teóricamente sería posible que un individuo dotase a uno de sus espermatozoides de cromosomas provenientes, digamos como ejemplo, de su madre; es decir, volumen 1b, 2b, 3b,...23b. Si sucediese este hecho tan poco probable, una criatura concebida mediante este espermatozoide heredaría la mitad de sus genes de su abuela paterna y ninguno de su abuelo paterno. Pero en la realidad esta distribución grosera, que abarca a la totalidad de los cromosomas, no sucede. La realidad es bastante más compleja. Es necesario recordar que se debe considerar a los volúmenes (cromosomas) como verdaderos archivadores de hojas sueltas. Lo que sucede en verdad es que, durante la fabricación del semen, las páginas sueltas, o mejor dicho, los montoncillos formados por múltiples páginas, son desprendidos e intercambiados con los correspondientes montoncillos de hojas de los volúmenes alternativos. De tal manera que un espermatozoide determinado podría formar su volumen 1 empleando las primeras 65 páginas del volumen 1a, y las páginas comprendidas entre la 66 y la final del volumen 1b. Los 22 volúmenes restantes de este determinado espermatozoide podrían ser formados de manera similar. De tal manera que cada espermatozoide creado por un individuo es único, aun cuando todos sus espermatozoides reúnan sus 23 cromosomas de trocitos del mismo juego de 46 cromosomas. Los óvulos son hechos de manera similar en los ovarios, y también ellos, todos y cada uno de ellos, son únicos.

Se sobreentiende, bastante bien, el mecanismo verdadero de estas combinaciones. Durante la fabricación de un espermatozoide (o de un óvulo), pedacitos de cada cromosoma paterno se desprenden físicamente e intercambian posiciones con trocitos exactamente correspondientes de cromosomas maternos. (Debemos recordar que estamos hablando de cromosomas que provinieron, originalmente, de los padres del individuo que está fabricando el semen.) El proceso por el cual se intercambian trocitos de cromosomas se denomina entrecruzamiento. Es algo muy importante para el argumento del presente libro. Significa que si empleas tu microscopio para examinar a los cromosomas que posee uno de tus espermatozoides (u óvulos, si eres mujer), sería una pérdida de tiempo tratar de identificar aquellos cromosomas que originalmente provinieron de tu padre o de tu madre. (En definido contraste con el caso de las células ordinarias del cuerpo [consúltese pág. 34].) Cada uno de los cromosomas que se encuentran ubicados en un espermatozoide (o en un óvulo) es un verdadero mosaico de genes maternos y genes paternos.

La metáfora que hemos utilizado al comparar el gen con una página empieza aquí a dejar de sernos útil. En un archivador de hojas sueltas podemos insertar una página completa, sacarla o intercambiarla, pero no podemos hacerlo con una fracción de página. Ahora bien, el complejo de genes es como una larga cadena de letras nucleótidas, no está dividido en páginas distintas de una manera obvia. Sin duda, existen símbolos especiales para indicar FIN DEL MENSAJE DE LA CADENA DE PROTEINAS y COMIENZO DEL MENSAJE DE LA CADENA DE PROTEÍNAS, escrito en el mismo alfabeto de cuatro letras que emplean los mismos mensajes de proteínas. Entre estos dos signos de puntuación se encuentran las instrucciones codificadas para la fabricación de una proteína. Si así lo deseamos, podemos definir un único gen como una secuencia de letras nucleótidas situadas entre un símbolo que indica COMIENZO y otro que indica FIN, y que codifican una cadena de proteínas. La palabra cistrón ha sido empleada para una unidad definida de esta manera, y algunas personas utilizan el término gen de modo intercambiable con el término cistrón. Pero el cruzamiento no respeta fronteras entre los cistrones. Las divisiones pueden ocurrir dentro de los cistrones así como entre ellos. Es como si los planos del arquitecto estuviesen escritos, no en páginas distintas sino en 46 rollos de cinta de teleimpresor. Los cistrones no tienen una longitud determinada. La única forma de saber dónde termina un cistrón y empieza el siguiente, sería la lectura de los símbolos en la cinta, buscando los símbolos que indiquen FIN DEL MENSAJE y COMIENZO DEL MENSAJE. El entrecruzamiento está representado por el hecho de • tornar cintas paternas y maternas que se correspondan y cortar e intercambiar porciones que hagan juego unas con otras, sin considerar lo que en ellas esté escrito.

En el título de este libro la palabra gen significa no un mero cistrón sino algo más sutil. Mi definición no será del agrado de todos, pero no existe una definición universalmente aceptada de lo que es un gen. Aun si la hubiera, nada hay de sagrado en una definición. Podemos definir una palabra como lo deseemos según nuestros propósitos, siempre que lo hagamos con claridad y sin ambigüedad. La definición que deseo emplear proviene de G. C. Williams. Un gen es definido como una porción de material cromosómico que, potencialmente, permanece durante suficientes generaciones para servir como una unidad de selección natural. Según lo explicado en capítulos anteriores, un gen es un reproductor con una alta fidelidad de copia. La fidelidad de la copia es otra forma de decir longevidad-en-la-forma-de-copias y me limitaré a abreviar todo ello con el término longevidad. La definición requiere cierta justificación.

En cualquier definición, un gen debe ser una porción de un cromosoma. La pregunta radica en el tamaño de dicha porción: ¿Cuánto de la cinta de teleimpresor? Imaginémonos cualquier secuencia de letras del código que se encuentren adyacentes en la cinta. Llamemos a la secuencia unidad genética. Podría ser una secuencia de sólo diez letras dentro de un cistrón; podría ser una secuencia de ocho cistrones; podría empezar y finalizar en medio de un cistrón. Se superpondría a otras unidades genéticas. Incluiría unidades más pequeñas y formaría parte de unidades mayores. No importa cuán larga o corta sea, en consideración al argumento que sostenemos, ello es lo que denominamos una unidad genética. Es sólo una medida de cromosoma, no diferenciada físicamente, de manera alguna, del resto del cromosoma.

Surge ahora el punto importante. Mientras más corta sea una unidad genética, mayores serán —medidas en generaciones— sus posibilidades de supervivencia. En especial, tiene menores probabilidades de ser dividida por cruzamiento. Supongamos que un cromosoma es probable que sufra, por término medio, un entrecruzamiento cada vez que se forma un espermatozoide o un óvulo mediante la división meiótica, y que este entrecruzamiento puede suceder en cualquier lugar de su longitud. Si consideramos una unidad genética bastante extensa, digamos que abarque la mitad de la longitud del cromosoma, existe un 50 % de posibilidades de que dicha unidad sea dividida en cada meiosis. Si la unidad genética que estamos considerando abarca sólo el 1 % de la longitud del cromosoma, tiene sólo el 1 % de posibilidades de ser dividido en cualquiera de las divisiones meióticas. Ello significa que se puede esperar que la unidad sobreviva durante un considerable número de generaciones en los descendientes del individuo. Un cistrón aislado es probable que ocupe mucho menos del 1 % de la longitud del cromosoma. Incluso se puede suponer que aun un grupo de cistrones que se encuentren cerca unos de otros vivan durante muchas generaciones antes de ser separados por el cruzamiento.

El promedio de vida de una unidad genética puede ser expresado adecuadamente en términos de generaciones, que a su vez pueden convertirse en años. Si consideramos un cromosoma total como nuestra presunta unidad genética, veremos que la historia de su vida dura solamente una generación. Supongamos que se trata de tu cromosoma número 8a, heredado de tu padre. Fue creado dentro de uno de los testículos de tu padre, poco tiempo antes de que tú fueras concebido. Nunca había existido antes en toda la historia del universo. Fue creado mediante el proceso de intercambio meiótico, fabricado por la unión de pedazos de cromosomas provenientes de tu abuela paterna y de tu abuelo paterno. Fue puesto dentro de un espermatozoide determinado y fue único. El espermatozoide era uno entre varios millones, una vasta flota de pequeños navíos que navegaron juntos hacia el interior de tu madre. Este espermatozoide en especial (a menos que seas un gemelo no idéntico) fue el único de la flotilla que llegó a puerto en uno de los óvulos de tu madre: y es por ello que tú existes. La unidad genética que estamos considerando, tu cromosoma 8a, se puso a hacer copias de sí mismo junto al resto de tu material genético. Ahora existe, de manera duplicada, en todo tu cuerpo. Pero cuando tú, a tu vez, tengas hijos, este cromosoma será destruido al fabricar tus óvulos (o espermatozoides). Pedazos de él serán intercambiados con pedazos de tu cromosoma materno número 8b. En cada una de las células sexuales se creará un nuevo cromosoma número 8, quizá «mejor» que el anterior, quizá «peor», pero, exceptuando una coincidencia bastante improbable, definitivamente diferente, definitivamente único. La duración máxima de vida de un cromosoma es de una generación.

¿Qué sucede con la duración máxima de vida de una unidad genética más pequeña, digamos de un 1 % de la longitud de tu cromosoma 8a? Esta unidad también provino de tu padre, pero es muy probable que no fuese originalmente armada en él. Continuando con el razonamiento anterior, existe un 99 % de posibilidades de que él la recibiera intacta de uno de sus dos progenitores. Supongamos que fue de su madre, de tu abuela paterna. Nuevamente, existe un 99 % de probabilidades de que ella la heredase intacta de uno de sus progenitores. A la larga, si investigamos lo suficiente los antepasados de una pequeña unidad genética, descubriremos a sus creadores originales. En alguna etapa hubo de ser creada por primera vez dentro de un testículo o de un ovario perteneciente a uno de tus predecesores.

Permítaseme repetir que empleo el término «crear» en un sentido algo especial. Las pequeñas subunidades que componen la unidad genética que estamos analizando bien puede ser que existieran desde mucho tiempo atrás. Nuestra unidad genética fue creada en un determinado momento sólo en el sentido en que la disposición particular de las unidades que así la definen no existían antes de ese momento. El momento de su creación pudo haber ocurrido en fecha bastante reciente, digamos, en uno de tus abuelos. Pero si consideramos una unidad genética muy pequeña, puede haberse integrado al conjunto que forma la unidad genética en un antepasado bastante más lejano, quizás un predecesor prehumano con apariencia de mono. Es más, una pequeña unidad genética dentro de ú puede continuar recorriendo la misma distancia hacia el futuro, transmitiéndose intacta a través de una larga línea de tus descendientes.

Recordemos, también, que los antepasados de un individuo no constituyen una línea única sino una línea ramificada. Cualquiera de tus antepasados que haya sido el «creador» de un determinado trozo de tu cromosoma 8a, ya sea él o ella, es probable que tenga muchos otros descendientes además de ti. Una de tus unidades genéticas puede también existir en un primo tuyo de segundo grado. Puede existir en mí, en el Primer Ministro y en tu perro, ya que todos compartimos nuestros antepasados si retrocedemos en el tiempo lo suficiente. También es posible que, debido a la casualidad, la misma unidad pequeña se haya integrado varias veces de forma independiente. Si la unidad es pequeña, la coincidencia no es demasiado improbable. Cuanto más pequeña sea una unidad genética, mayores son las posibilidades de que otro individuo la comparta —es más probable que este representada muchas veces, en todo el mundo, en forma de copias.

Una nueva unidad genética se forma, usualmente, mediante el cruzamiento de subunidades existentes previamente y que, ocasionalmente, se juntan. Otra manera sería mediante lo que se denomina mutación fija. Una mutación fija es un error correspondiente a la errata de una letra en un libro. Es un error muy poco frecuente, pero, evidentemente, cuanto más larga sea una unidad genética más posibilidades tiene de verse alterada por una mutación en algún punto de su longitud.

La inversión es otro tipo de falta o mutación que tiene importantes consecuencias a largo plazo y que es muy infrecuente. Un trozo del cromosoma se desprende en ambos extremos, gira hasta quedar en una posición invertida y se vuelve a insertar en dicha posición. En términos de la analogía anterior, este fenómeno requeriría una renumeración de las páginas. En ocasiones, las porciones de cromosomas no solo se invierten simplemente sino que también se unen a una parte totalmente distinta del cromosoma. Ello correspondería a transferir un montoncillo de páginas de un volumen a otro. La importancia de este tipo de errores radica en que, aunque a menudo es desastroso, puede ocasionalmente llevar a un íntimo enlace de partes de dicho material genético que, por casualidad, funcionan bien juntas. Quizá suceda que dos cistrones que tienen un efecto beneficioso cuando ambos están presentes —ya sea porque se complementan o refuerzan de alguna manera, y de forma recíproca, el efecto producido por el otro—, se aproximen uno al otro por medio de la inversión. La selección natural tenderá entonces a favorecer la nueva «unidad genética» así formada, y esta se propagará a través de las futuras generaciones. Es posible que, a través de los años, los complejos de genes se hayan reacomodado extensamente o hayan sido «editados» de esta forma.

Uno de los ejemplos más evidentes de lo anteriormente expuesto concierne al fenómeno conocido como mimetismo. Algunas mariposas tienen un sabor muy desagradable. A menudo poseen unos colores brillantes y nítidos y los pájaros aprenden a evitarlas debido a estas señales de «advertencia». Sucede que otras especies de mariposas que no tienen sabor desagradable han sacado provecho de esta información. Imitan a aquellas cuyo sabor disgusta a los pájaros. Nacen semejantes a ellas en cuanto a color y forma, pero no en sabor. Engañan, a menudo, a los naturalistas humanos y también a los pájaros. Un ave que ha probado alguna vez una mariposa genuinamente desagradable tiende a evitar a todas las mariposas que se le parezcan. Ello incluye la imitación y, por tanto, los genes que determinan el mimetismo son favorecidos por la selección natural. Es así como evoluciona el mimetismo.

Existen muchas especies diferentes de mariposas «desagradables» y no todas tienen el mismo aspecto. El mimetista no puede parecerse a todas ellas: debe limitarse a una especie particular de estas mariposas de mal sabor. En general, cualquier especie particular de mimetista es una especialista en imitar a una especie particular de las desagradables. Pero existen especies de mimetistas que hacen algo muy extraño. Algunos individuos de la especie imitan a una especie desagradable y otros individuos imitan a otra. Cualquier individuo que se encuentre en el estado intermedio o que intente imitar a ambas especies pronto será devorado; pero tales seres intermedios no nacen. Así como un individuo es definitivamente macho o definitivamente hembra, así una mariposa imita a una u otra de las especies de mal sabor. Una mariposa puede imitar a la especie A mientras su hermana imita a la especie B.

Parece ser que un solo gen determina si un individuo imitará a la especie A o a la especie B. Pero, ¿cómo puede un solo gen determinar todos los aspectos multifarios del mimetismo, como el color, forma, dibujo del patrón o ritmo de vuelo? La respuesta es que un gen, considerado en el sentido de un cistrón, probablemente no pueda hacerlo. Pero, mediante la «edición» inconsciente y automática lograda por inversiones y otros reajustes accidentales del material genético, un gran grupo de genes que antes habían permanecido separados se han juntado, en un racimo estrechamente unido, en un cromosoma. El grupo, en su totalidad, se comporta como un solo gen —en realidad, y de acuerdo a nuestra definición, es ahora un solo gen— y posee un «alelo» que es, en realidad, otro grupo. Un grupo contiene los cistrones concernientes al mimetismo de la especie A; el otro los concernientes a la especie B. Cada grupo se divide tan raramente por el cruzamiento que una mariposa intermedia nunca se ve en la naturaleza, pero, muy ocasionalmente, aparecen si un gran número de mariposas son criadas en el laboratorio.

Empleo la palabra gen para designar a una unidad genética que es bastante pequeña para durar un gran número de generaciones y para ser distribuida y esparcida en forma de muchas copias. No es ésta una definición rígida y excluyente, sino un tipo de definición imprecisa, como lo son las definiciones de «grande» o «viejo». Cuanto mayores sean las probabilidades de que la longitud de un cromosoma permita que sea dividido por entrecruzamiento o alterado por las mutaciones de diversos tipos, estará menos calificado para ser denominado gen en el sentido en que yo empleo el término. Un cistrón presumiblemente califica, pero también lo hacen unidades mayores. Una docena de cistrones pueden encontrarse tan estrechamente ligados entre sí en un cromosoma que, para nuestros propósitos, constituyen una única unidad genética duradera. El grupo mimético de la mariposa constituye un buen ejemplo. A medida que los cistrones abandonan un cuerpo y penetran en el siguiente, a medida que se embarcan en un espermatozoide o en un óvulo para efectuar el viaje a la nueva generación, acaso se encuentren con que el pequeño navío contiene a sus más íntimos vecinos del viaje anterior, antiguos compañeros de viaje con los cuales navegaron durante la larga odisea a partir de los cuerpos de lejanos antepasados. Los cistrones aledaños del mismo cromosoma forman una compañía estrechamente unida de compañeros de viaje que rara vez dejan de subirse a bordo del mismo navío cuando se aproxima el tiempo en que la meiosis tiene lugar.

Para ser rigurosos, el título de este libro no habría de ser El cistrón egoísta ni El cromosoma egoísta, sino El levemente egoísta gran trozo de cromosoma y el aún más egoísta pequeño trozo de cromosoma,. Digamos, al menos, que éste no es un título muy fascinante ni fácil de recordar, de tal manera que opté por definir al gen como un pequeño trozo de cromosoma que, potencialmente, permanece durante muchas generaciones, y titulé el libro El gen egoísta.

Hemos llegado ahora al punto en que finalizamos el capítulo primero. Vimos allí que se debe esperar una actitud egoísta en cualquier entidad que merezca el título de unidad básica de selección natural. Hemos visto que algunas personas consideran a las especies como la unidad de selección natural, otros, a la población o grupo dentro de las especies, y otros, al individuo. Dije que prefería pensar en el gen como la unidad fundamental de selección natural y, por lo tanto, como la unidad fundamental del egoísmo. Lo que acabo de hacer es definir al gen de tal manera que no puedo sino tener razón.

La selección natural, considerada en su forma más general, significa la supervivencia diferencial de los seres. Algunos seres viven y otros mueren pero, para que esta muerte selectiva produzca algún impacto en el mundo, debe cumplir una condición adicional. Cada ser debe existir en forma de muchas copias, y al menos algunos de estos seres deben ser, potencialmente, capaces de sobrevivir —en forma de copias— durante un período significativo de tiempo evolutivo. Las unidades genéticas pequeñas poseen estas propiedades; no así los individuos, grupos y especies. El gran acierto de Gregor Mendel fue demostrar que las unidades hereditarias pueden ser consideradas, en la práctica, como partículas indivisibles e independientes. Actualmente sabemos que este concepto es demasiado simple. Aún un cistrón es, ocasionalmente, divisible y dos genes del mismo cromosoma no son totalmente independientes. Lo que yo he hecho es definir al gen como una unidad, la cual, en un alto porcentaje, se aproxima al ideal de singularidad indivisible. Un gen no es indivisible, pero rara vez es dividido. Se encuentra ya sea definitivamente presente o decididamente ausente en el cuerpo de cualquier individuo determinado. Un gen viaja intacto del abuelo al nieto pasando directamente a través de la generación intermedia sin haberse combinado con otros genes. Si los genes se fusionaran continuamente con otros la selección natural, según ahora la entendemos, seria imposible. A propósito, ello fue probado en vida de Darwin y fue para él causa de gran preocupación, pues en aquellos • tiempos se suponía que la herencia era un proceso de mezcla o combinación. El descubrimiento de Mendel ya había sido publicado y hubiese podido ayudar a resolver el problema de Darwin, pero, desgraciadamente, él nunca se enteró: parece que nadie lo leyó hasta años después de la muerte de Darwin y de Mendel. Quizá Mendel no se dio cuenta de la importancia de su descubrimiento, pues en otro caso hubiese podido escribir a Darwin.

Otro aspecto de la peculiaridad del gen es que no se vuelve senil; no es más probable que muera cuando tiene un millón de años que cuando sólo tiene cien. Salta de un cuerpo a otro a través de las generaciones, manipulando un cuerpo tras otro de acuerdo a sus propias maneras y según sus propios fines, y abandona una sucesión de cuerpos mortales antes de que se hundan en la senilidad y en la muerte.

Los genes son los inmortales, o más bien, son definidos como entidades genéticas que casi merecen esta calificación. Nosotros, las máquinas individuales de supervivencia en el mundo, podemos esperar una vida que se prolonga durante unas cuantas décadas. Pero los genes tienen en el mundo una expectativa de vida que debe ser medida no en términos de décadas sino en miles y millones de años.

En las especies que se reproducen sexualmente, el individuo es demasiado grande y es una unidad genética demasiado efímera para ser calificada como una unidad significativa de selección natural. El grupo de individuos constituye una unidad aún más grande. Desde un punto de vista genético, los individuos y los grupos son como las nubes en el cielo o las tormentas de arena en el desierto. Son conjuntos o federaciones temporales. No son estables a través del tiempo evolutivo. Las poblaciones pueden durar un considerable período de tiempo, pero se están constantemente mezclando con otras poblaciones y, por lo tanto, perdiendo su identidad. Se encuentran, también, sujetas a un cambio evolutivo interno. Una población no es una unidad bastante diferenciada para ser una unidad de selección natural; no es bastante estable y unitaria para ser «seleccionada» con preferencia a otra población.

Un cuerpo individual parece ser lo suficientemente distinto mientras dura, pero, desgraciadamente, ¿por cuánto tiempo? Cada individuo es único. ¡No se puede lograr la evolución por medio de la selección entre entidades cuando existe solamente una copia de cada entidad! La reproducción sexual no constituye una réplica. De la misma manera que una población se ve contaminada por otras poblaciones, así la posteridad individual es contaminada por su pareja sexual. Tus hijos son sólo la mitad de ti, y tus nietos, sólo una cuarta parte. En el transcurso de unas cuantas generaciones, lo más que puedes esperar es un gran número dc descendientes, cada uno de los cuales sólo tendrá una pequeña porción de ti —unos cuantos genes— aun cuando unos pocos lleven, no obstante, tu apellido.

Los individuos no son elementos estables, son efímeros. Así, también, los cromosomas se entremezclan hasta quedar relegados al olvido, al igual que una partida de naipes después de ser barajadas las cartas. Pero las cartas mismas sobreviven a la barajada. Las cartas, en este caso, representan los genes. Los genes no son destruidos por el cruzamiento, se limitan a cambiar de compañeros y seguir adelante. Por supuesto que siguen adelante. Ese es su negocio. Ellos son los replicadores y nosotros somos sus máquinas de supervivencia. Cuando hemos servido nuestro propósito somos descartados. Pero los genes son los habitantes del tiempo geológico: los genes permanecerán siempre.

Los genes, al igual que los diamantes, son para siempre, pero no totalmente de igual manera que los diamantes. Lo que permanece es un cristal de diamante individual, un patrón inalterado de átomos. Las moléculas de ADN no viaja intacto del abuelo al nieto pasando directamente a través de la generación intermedia sin haberse combinado con otros genes. Si los genes se fusionaran continuamente con otros la selección natural, según ahora la entendemos, seria imposible. A propósito, ello fue probado en vida de Darwin y fue para él causa de gran preocupación, pues en aquellos • tiempos se suponía que la herencia era un proceso de mezcla o combinación. El descubrimiento de Mendel ya había sido publicado y hubiese podido ayudar a resolver el problema de Darwin, pero, desgraciadamente, él nunca se enteró: parece que nadie lo leyó hasta años después de la muerte de Darwin y de Mendel. Quizá Mendel no se dio cuenta de la importancia de su descubrimiento, pues en otro caso hubiese podido escribir a Darwin.

Otro aspecto de la peculiaridad del gen es que no se vuelve senil; no es más probable que muera cuando tiene un millón de años que cuando sólo tiene cien. Salta de un cuerpo a otro a través de las generaciones, manipulando un cuerpo tras otro de acuerdo a sus propias maneras y según sus propios fines, y abandona una sucesión de cuerpos mortales antes de que se hundan en la senilidad y en la muerte.

Los genes son los inmortales, o más bien, son definidos como entidades genéticas que casi merecen esta calificación. Nosotros, las máquinas individuales de supervivencia en el mundo, podemos esperar una vida que se prolonga durante unas cuantas décadas. Pero los genes tienen en el mundo una expectativa de vida que debe ser medida no en términos de décadas sino en miles y millones de años.

En las especies que se reproducen sexualmente, el individuo es demasiado grande y es una unidad genética demasiado efímera para ser calificada como una unidad significativa de selección natural. El grupo de individuos constituye una unidad aún más grande. Desde un punto de vista genético, los individuos y los grupos son como las nubes en el cielo o las tormentas de arena en el desierto. Son conjuntos o federaciones temporales. No son estables a través del tiempo evolutivo. Las poblaciones pueden durar un considerable período de tiempo, pero se están constantemente mezclando con otras poblaciones y, por lo tanto, perdiendo su identidad. Se encuentran, también, sujetas a un cambio evolutivo interno. Una población no es una unidad bastante diferenciada para ser una unidad de selección natural; no es bastante estable y unitaria para ser «seleccionada» con preferencia a otra población.

Un cuerpo individual parece ser lo suficientemente distinto mientras dura, pero, desgraciadamente, ¿por cuánto tiempo? Cada individuo es único. ¡No se puede lograr la evolución por medio de la selección entre entidades cuando existe solamente una copia de cada entidad! La reproducción sexual no constituye una réplica. De la misma manera que una población se ve contaminada por otras poblaciones, así la posteridad individual es contaminada por su pareja sexual. Tus hijos son sólo la mitad de ti, y tus nietos, sólo una cuarta parte. En el transcurso de unas cuantas generaciones, lo más que puedes esperar es un gran número dc descendientes, cada uno de los cuales sólo tendrá una pequeña porción de ti —unos cuantos genes— aun cuando unos pocos lleven, no obstante, tu apellido.

Los individuos no son elementos estables, son efímeros. Así, también, los cromosomas se entremezclan hasta quedar relegados al olvido, al igual que una partida de naipes después de ser barajadas las cartas. Pero las cartas mismas sobreviven a la barajada. Las cartas, en este caso, representan los genes. Los genes no son destruidos por el cruzamiento, se limitan a cambiar de compañeros y seguir adelante. Por supuesto que siguen adelante. Ese es su negocio. Ellos son los replicadores y nosotros somos sus máquinas de supervivencia. Cuando hemos servido nuestro propósito somos descartados. Pero los genes son los habitantes del tiempo geológico: los genes permanecerán siempre.

Los genes, al igual que los diamantes, son para siempre, pero no totalmente de igual manera que los diamantes. Lo que permanece es un cristal de diamante individual, un patrón inalterado de átomos. Las moléculas de ADN no tienen ese tipo de permanencia. La vida de cualquier molécula física de ADN es bastante breve: quizá sea cuestión de meses, y con certeza, no dura más de una vida. Pero una molécula de ADN podría, teóricamente, vivir en la forma de copias de sí misma durante cien millones de años. Más aún, al igual que los antiguos reproductores en el caldo primitivo, las copias de un gen particular pueden ser distribuidas por todo el mundo. La diferencia estriba en que las versiones modernas están todas pulcramente empaquetadas en los cuerpos de las máquinas de supervivencia.

Estoy recalcando la casi inmortalidad potencial del gen, bajo la forma de copias, como propiedad definidora. Definir al gen como un simple cistrón es útil para ciertos propósitos, pero, para los fines de la teoría de la evolución, la definición necesita ser ampliada. La medida de esta ampliación está determinada por la finalidad de la definición. Deseamos encontrar la unidad práctica de la selección natural. Con este fin empezamos por identificar las propiedades que debe poseer una unidad de selección natural efectiva. Según lo planteamos en el capítulo anterior, estas propiedades son longevidad, fecundidad y fidelidad en la copia. Entonces nos limitaremos a definir al «gen» como la unidad más grande que, al menos potencialmente, posee dichas propiedades. El gen es un reproductor de larga vida que existe bajo la forma de muchas copias que son duplicados. No tiene una vida de duración indefinida. Ni aun un diamante es, literalmente, eterno, y hasta un cistrón puede ser dividido en dos por cruzamiento. Se define al gen como un trozo de cromosoma que es bastante corto para que dure, en potencia, el tiempo suficiente para que funcione como una unidad significativa de selección natural.

¿Cómo podríamos determinar con precisión lo que significa el «tiempo suficiente»? No existe una respuesta precisa. Dependerá de cuán severa sea la «presión» de la selección natural. Es decir, de cuán factible sea que una unidad genética «mala» muera en lugar de su «buen» alelo. Éste es un asunto de detalles cuantitativos que variará de un ejemplo a otro. La unidad práctica más grande de selección natural —el gen— se encontrará, normalmente, ubicada en la escala entre el cistrón y el cromosoma.

Su inmortalidad potencial hace del gen un buen candidato como unidad básica de selección natural. Ha llegado ahora el momento de subrayar la palabra «potencial». Un gen puede vivir durante un millón de años, pero muchos genes nuevos ni siquiera logran superar su primera generación. Los escasos genes que tienen éxito lo deben, en parte, a la suerte, pero sobre todo a que tienen lo que se requiere, y ello significa que son aptos para fabricar máquinas de supervivencia. Producen un efecto en el desarrollo embrionario de cada cuerpo sucesivo en que se encuentran, de tal manera que dicho cuerpo tiene algunas pequeñas posibilidades más de sobrevivir y de reproducirse que las que ten-dría bajo la influencia de un gen rival o alelo. Demos un ejemplo: un «buen» gen podría asegurar su supervivencia tendiendo a dotar a los sucesivos cuerpos en que se encuentra, de piernas largas que ayudarían a dichos cuerpos a escapar de los predadores. Es éste un ejemplo particular, no universal. Las piernas largas no constituyen siempre una ventaja. Para un topo constituirían un impedimento. En vez de empantanarnos en detalles, ¿podemos pensar en cualidades universales que esperaríamos encontrar en todos los genes buenos (es decir, de larga vida)? A la inversa, ¿cuáles son las propiedades que señalan instantáneamente a un gen como «malo», de corta vida? Tal vez sean varias tales propiedades universales, pero existe una que es, en especial, relevante para este libro: a nivel del gen, el altruismo tiene que ser malo, y el egoísmo, bueno. Ello se deriva inexorablemente de nuestras definiciones de altruismo y egoísmo. Los genes compiten directamente con sus alelos por la supervivencia, ya que sus alelos en el acervo génico son rivales que podrán ocupar su puesto en los cromosomas de futuras generaciones. Cualquier gen que se comporte de tal manera que tienda a incrementar sus propias oportunidades de supervivencia en el acervo génico a expensas de sus alelos tendrá, por definición y tautológicamente, a sobrevivir. El gen es la unidad básica del egoísmo.

El principal mensaje que intenta transmitir el presente capítulo ha sido ahora enunciado. Pero he disimulado algunas complicaciones y algunas hipótesis ocultas. La primera complicación ya ha sido, brevemente, mencionada. No importa cuán independientes y libres puedan ser los genes en sus viajes a través de las generaciones, no son agentes muy independientes y libres en su control del desarrollo embrionario. Colaboran y actúan de maneras intrincadamente complejas, tanto en la relación de uno respecto al otro como con la del medio ambiente exterior. Las expresiones tales como «gen para piernas largas» o «gen para comportamiento altruista» son metáforas convenientes, pero es importante comprender lo que significan. No existe un gen que sin ayuda construya una pierna, ya sea larga o corta. El hacer una pierna es una empresa en la que intervienen multitud de genes. Son, también, indispensables las influencias del medio ambiente externo: después de todo, ¡las piernas están hechas, en efecto, de alimentos! Pero bien puede existir un único gen que, siendo los demás factores iguales, tienda a hacer las piernas más largas de lo que podrían ser bajo la influencia del alelo de dicho gen.

Como analogía, podemos pensar en la influencia de un fertilizante, digamos el nitrato, en el crecimiento del trigo. Todo el mundo sabe que las plantas de trigo crecen más con el empleo de nitrato que sin su empleo. Pero nadie sería tan torpe como para proclamar que, por su propia cuenta, el nitrato pueda hacer una planta de trigo. La semilla, el sol, el agua y diversos minerales son obviamente, todos ellos, necesarios. Pero si todos esos demás factores se mantienen constantes, y aun si se les permite variar dentro de ciertos límites, el agregar nitrato hará que la planta de trigo crezca más. Así sucede con los genes individuales en el desarrollo de un embrión. El desarrollo embrionario es controlado por una red entrelazada de relaciones tan complejas que es mejor que no meditemos sobre ellas. Ningún factor genético o ambiental puede ser considerado como la «causa» única de ninguna parte de un bebé. Todas las partes de un bebé tienen un número casi infinito de causas y antecedentes. Pero la diferencia entre un bebé y otro, por ejemplo la diferencia de longitud de sus piernas, podrían ser remitidas a unas cuantas y simples diferencias de antecedentes, ya sean relativas al medio ambiente o a los genes. Son diferencias que tienen bastante importancia en la lucha competitiva por la supervivencia; y son las diferencias genéticamente controladas las que tienen también importancia en la evolución.

En lo que concierne a un gen, sus alelos son sus rivales mortales, pero otros genes son sólo una parte de su medio ambiente, comparables a la temperatura, alimentos, predadores o compañeros. El efecto de un gen depende de su medio ambiente, y éste incluye a otros genes. En ocasiones un gen produce un efecto en presencia de otro gen determinado, y un efecto completamente opuesto en presencia de otro grupo de genes afines. El juego completo de genes en un cuerpo constituye una especie de clima genético o antecedente que modifica o influye los efectos de cualquier gen particular.

Pero ahora, al parecer, nos enfrentamos a una paradoja. Si construir un bebé es una empresa cooperativa tan intrincada, y si cada gen necesita varios miles de genes semejantes para completar su tarea, ¿cómo podemos reconciliar esto con mi cuadro de genes indivisibles saltando como pequeños e inmortales antílopes de un cuerpo a otro a través de las generaciones; los libres, carentes de traba alguna y egoístas agentes de la vida? ¿Fue todo ello un cúmulo de tonterías? No, en absoluto. Puedo haberme dejado llevar, un poco, por la retórica, pero no estaba diciendo tonterías, y no existe una paradoja real. Podemos explicar esto empleando otra analogía.

Un remero que se valga sólo de sus propios medios no puede ganar la regata de Oxford o de Cambridge. Necesita ocho colegas. Cada uno de ellos es un especialista que se sienta siempre en una parte determinada del bote —ya sea en la proa, o de primer remero o de timonel, etc. El remar en un bote es una empresa cooperativa; sin embargo, algunos hombres son mejores que otros. Supongamos que un entrenador debe escoger su tripulación ideal de un equipo de candidatos; algunos de ellos se especializan en ocupar la posición de proa, otros son especialistas como timoneles, etc. Supongamos que él efectúa la selección de la siguiente manera. Cada día escoge a tres tripulaciones nuevas, al azar, intercambiando a los candidatos para que ocupen cada posición, y hace que las tres tripulaciones compitan entre sí. Transcurridas algunas semanas empleando este método, empezará a apreciarse que el bote ganador tiende, a menudo, a ser tripulado por los mismos individuos. Ellos son catalogados como buenos remeros. Otros individuos se encuentran siempre en las tripulaciones más lentas y son, finalmente, rechazados. Pero aun un remero sobresalientemente bueno puede ser, a veces, miembro de una tripulación lenta, ya sea por la inferioridad de los demás miembros o debido a la mala suerte —digamos un fuerte viento en contra. Sólo como promedio tienden a encontrarse los mejores hombres en el bote ganador.

Los remeros equivalen a los genes. Los rivales que intentan ocupar cada asiento del bote son los alelos potencialmente capaces de ocupar el mismo puesto en algún lugar de la longitud del cromosoma. El hecho de remar rápido corresponde a la construcción de un cuerpo que tenga éxito en la supervivencia. El viento equivale al medio ambiente externo. El conjunto de candidatos alternativos representa al acervo génico. En lo que respecta a la supervivencia de cualquier cuerpo, todos los genes se encuentran en el mismo bote. Muchos genes buenos se juntan con malas compañías y se encuentran compartiendo un cuerpo con un gen letal, que destruye al cuerpo en la niñez. Así, el gen bueno es destruido junto con el resto. Pero este es sólo un cuerpo, y réplicas del mismo buen gen continúan viviendo en otros cuerpos que carecen del gen letal. Muchas copias de los genes buenos son arrastradas y destruidas porque da la casualidad de que comparten un cuerpo con genes malos, y muchos perecen mediante otras formas de mala suerte, digamos cuando su cuerpo es quemado por un rayo. Pero, por definición, la suerte, buena o mala, golpea al azar, y un gen que permanentemente se encuentra en el lado de los perdedores no es que sea desafortunado: es un mal gen.

Una de las cualidades de un buen remero es saber trabajar bien en equipo, tener la habilidad de adaptarse y cooperar con el resto de la tripulación. Ello puede ser tan importante como poseer músculos fuertes. Como vimos en el caso de las mariposas, la selección natural puede, inconscientemente, «editar» un complejo de genes por medio de inversiones y otros toscos movimientos de trozos de cromosomas, y, por lo tanto, uniendo en grupos estrechamente relacionados a genes que cooperan bien estando juntos. También en otro sentido los genes que no se encuentran relacionados físicamente de forma alguna, pueden ser seleccionados por su compatibilidad mutua. Un gen que coopere bien con la mayoría de los demás genes con que probablemente se encuentre en los sucesivos cuerpos, es decir, con los genes que constituyen el resto del acervo génico, tenderá a estar en ventaja.

Demos un ejemplo. Es deseable que en el cuerpo de un carnívoro eficiente se encuentre un determinado número de atributos, entre ellos, los dientes afilados, el tipo adecuado de intestino que digiera bien la carne, y muchos otros. Un herbívoro eficiente, por otra parte, necesita dientes planos aptos para triturar y un intestino bastante más largo, con una fisiología digestiva distinta. En el acervo génico de una población de herbívoros, cualquier nuevo gen que confiera a su poseedor dientes agudos propios para devorar la carne no tendrá mucho éxito. Ello no se debe a que comer carne sea universalmente una mala idea, sino porque no se puede comer carne eficientemente a menos que se posea el tipo de intestino adecuado y todos los demás atributos de la forma dc vida de un carnívoro. Los genes que determinan los dientes agudos, apropiados para la carne, no son inherentemente malos genes, son malos sólo en un acervo génico que esté dominado por genes que poseen las cualidades aptas para los herbívoros.

Ésta es una noción sutil y complicada. Es complicada porque el «medio ambiente» de un gen consiste principalmente en los otros genes, cada uno de los cuales es seleccionado por su habilidad en cooperar con su medio ambiente formado por los demás genes.

Una analogía adecuada que ilustre este punto sutil existe, pero no está tomada de la experiencia diaria. Es la analogía relacionada con la «teoría del juego» humana, que será presentada en el capítulo V en relación con las competencias agresivas entre los animales individuales. Postergaré, por lo tanto, mis argumentaciones sobre este punto hasta el final de dicho capítulo, y retornaré al mensaje central del presente tema. Y es que la unidad básica de la selección natural no es la especie, ni la población, ni siquiera el individuo, sino las pequeñas unidades de material genético que convenimos en llamar genes. La piedra angular de esta hipótesis, según lo señalamos anteriormente, es el supuesto de que los genes son potencialmente inmortales, mientras que los cuerpos y las demás unidades superiores son temporales. Este supuesto descansa en dos hechos: el hecho de la reproducción sexual y del entrecruzamiento, y el hecho de la mortalidad individual.

Ambos hechos son, indudablemente, ciertos. Pero ello no evita que nos interroguemos por que son ciertos. ¿Por que' nosotros, al igual que la mayoría de las demás máquinas de supervivencia, practicamos la reproducción sexual?, ¿por que nuestros cromosomas se entrecruzan? y ¿por que no vivimos eternamente?

La cuestión de por que morimos de vejez es compleja y los detalles están más allá del alcance del presente libro. Además de las razones particulares, se han propuesto algunas de carácter más general. Por ejemplo, una teoría plantea que la senilidad representa una acumulación de perniciosos errores de copia y otras clases de daño que sufren los genes durante la vida de un individuo. Otra teoría, expuesta por sir Peter Medawar, constituye un buen ejemplo de pensamiento evolutivo en términos de selección de genes. Medawar empieza por descartar las hipótesis tradicionales tales como: «Los individuos viejos mueren en un acto de altruismo hacia el resto de la especie, porque si permanecieran con vida y demasiado decrépitos para reproducirse, ocuparían el mundo sin cumplir un buen fin». Según señala Medawar, es un argumento viciado ya que asume lo que intenta probar, al decir que los animales viejos son demasiado decrépitos para reproducirse; y es también una explicación ingenua de la selección de grupos o de la selección de las especies, si bien esta parte podría ser expresada de otra forma más aceptable. La teoría de Medawar es poseedora de una hermosa lógica; vamos a exponerla detalladamente en los párrafos que siguen.

Ya nos hemos interrogado respecto a cuales son los mejores atributos generales de un «buen» gen y hemos decidido que el «egoísmo» era uno de ellos. Pero otra cualidad general que los genes prósperos deben poseer es una tendencia a posponer la muerte de sus máquinas de supervivencia por lo menos hasta después de la reproducción. Sin duda alguno de tus primos o tíos o tíos abuelos murieron en la niñez, pero ninguno de tus antepasados lo hizo. ¡Los antepasados no mueren jóvenes!

Un gen que hace que su poseedor muera es denominado gen letal. Un gen semiletal produce un efecto debilitante, de tal manera que facilita la muerte por otras causas. Todo gen ejerce su efecto máximo sobre los cuerpos en una etapa determinada de la vida, y los genes letales y semiletales no son una excepción. La mayoría de los genes ejercen su influencia durante la vida fetal, otros durante la niñez, otros durante la juventud, otros durante la edad adulta y hay aun otros que la ejercen en la vejez. (Conviene reflexionar que el capullo y la mariposa en que se torna poseen exactamente el mismo juego de genes.) Obviamente los genes letales tenderán a ser descartados del acervo génico. Pero es igualmente obvio que un gen letal que actúa en una etapa tardía será más estable en un acervo génico que uno que ejerce su influencia en una etapa temprana. Un gen que es letal en un cuerpo de edad avanzada aún puede tener éxito en un acervo génico, siempre que su efecto letal no se manifieste hasta después que el cuerpo haya tenido tiempo de reproducirse. Por ejemplo, un gen que hace que cuerpos viejos desarrollen un cáncer podrá ser transmitido a numerosos descendientes, ya que los individuos se reproducirán antes de contraer la enfermedad. Por otra parte, un gen que hace que cuerpos de adultos jóvenes desarrollen un cáncer no será transmitido a muchos descendientes, y un gen que hace que niños desarrollen un cáncer fatal no será transmitido a ningún descendiente. De acuerdo con esta teoría, entonces, la decadencia senil es simplemente un subproducto de la acumulación, en el acervo génico, de genes letales que actúan a una edad tardía y semiletales, a los que se les ha permitido que se deslicen a través de la red de la selección natural simplemente porque actúan a una edad tardía.

El aspecto que el mismo Medawar destaca es que la selección favorecerá a los genes que tienen el efecto de retardar la operación de los otros; es decir, de los genes letales, y también favorecerá a los genes que tienen el efecto de apresurar el efecto de los genes buenos. Puede ser que la evolución consista, en gran medida, en cambios genéticamente controlados al principio de la actividad de los genes.

Es importante señalar que esta teoría no necesita hipótesis previas acerca de que la reproducción deba tener lugar sólo en ciertas edades. Tomando como hipótesis de partida el que todos los individuos tengan las mismas posibilidades de tener un hijo en cualquier edad, la teoría de Medawar predeciría la acumulación, en el acervo génico, de genes deletéreos que actuarían a una edad avanzada del individuo, y la tendencia a una menor reproducción en la vejez se derivaría como una consecuencia secundaria.

A manera de digresión, uno de los rasgos positivos de esta teoría es que nos conduce a ciertas especulaciones bastante interesantes. Por ejemplo, se deduce de ella que si nosotros deseásemos aumentar el lapso de vida de un individuo, existen dos maneras generales en que podríamos lograrlo. Primero, podríamos prohibir la reproducción antes de cierta edad, digamos los cuarenta años. Después de transcurridos algunos siglos el límite de edad mínima requerida se elevaría a cincuenta años, para luego continuar aplicando este método. Se puede concebir, así, que la longevidad humana podría ser estimulada a alcanzar varios siglos. No puedo imaginar que nadie, seriamente, desease instituir tal política.

Como segundo método, podríamos tratar de «engañar» a los genes haciéndoles creer que el cuerpo en que están instalados es más joven de lo que realmente es. En la práctica ello significaría identificar los cambios en el medio ambiente químico interno del cuerpo que tienen lugar durante el envejecimiento. Cualquiera de dichos cambios puede ser la «señal» que «active» la acción tardía de los genes letales. Al estimular las propiedades químicas superficiales de un cuerpo joven podría ser posible prevenir la activación de los genes deletéreos que ejercen su efecto a una edad más avanzada. El punto interesante es que las señales químicas de la vejez no necesitan ser, en sentido normal, nocivas en sí mismas. Demos un ejemplo. Supongamos que incidentalmente ocurra el hecho de que una determinada sustancia S se encuentre en forma más concentrada en los cuerpos de individuos viejos que en el de los jóvenes. Dicha sustancia S podría ser en sí misma bastante inofensiva, quizás una sustancia contenida en los alimentos que se acumularía en el cuerpo a través del tiempo. Pero, automáticamente, cualquier gen que ejerza un efecto nocivo en presencia de S, pero que en otras circunstancias ejerce un buen efecto, sería positivamente seleccionado en el acervo génico y sería, en realidad, un gen «para» morir por edad avanzada. El remedio sería, simplemente, eliminar del cuerpo la sustancia S.

Lo que de revolucionario tiene esta idea es que S es sólo una «etiqueta» que señala la vejez. Cualquier médico que apreciara que una alta concentración de S tendería a provocar la muerte pensaría, probablemente, en S como en un tipo de veneno y se devanaría los sesos para encontrar una relación causal entre S y el funcionamiento defectuoso del cuerpo. En este caso de nuestro hipotético ejemplo, estaría perdiendo su tiempo.

Podría existir también una sustancia Y, una «etiqueta» para la juventud en el sentido de que dicha sustancia se encontraría en forma más concentrada en los cuerpos jóvenes que en los viejos. Una vez más, los genes podrían ser seleccionados de acuerdo con los que ejercerían buen efecto en presencia de Y, pero que serían nocivos en su ausencia. Sin tener medio alguno de saber lo que es S o Y podría haber muchas de estas sustancias—, podemos hacer la predicción general de que, cuanto más se pueda simular o imitar las propiedades de un cuerpo joven en uno viejo, no importa cuán superficiales estas propiedades puedan parecer, más debería vivir aquel cuerpo viejo.

Debo subrayar que éstas son sólo especulaciones basadas en la teoría de Medawar. Aun cuando, en cierto sentido, la teoría de Medawar debe encerrar cierta verdad, no significa, necesariamente, que sea la explicación valedera para un ejemplo práctico determinado de decadencia senil. Lo que interesa para los propósitos actuales es que el punto de vista de la evolución basado en la selección de genes no tiene dificultad en explicar la tendencia de los individuos a morir cuando llegan a viejos. La hipótesis de la mortalidad individual que yace en el meollo de nuestro argumento en el presente libro, se justifica dentro del margen de la teoría.

La otra hipótesis que he comentado, aquella relativa a la existencia de la reproducción sexual y el cruzamiento, ya es más difícil de justificar. El cruzamiento no siempre tiene que suceder. El macho de la mosca de la fruta no lo efectúa. Existe un gen que tiene el efecto de suprimir el cruzamiento, asimismo, entre las hembras. .Si criásemos una población de moscas en la que este gen fuese universal, el cromosoma en un «pozo de cromosomas» sería la unidad indivisible básica de la selección natural. En realidad, si siguiésemos nuestra definición hasta su conclusión lógica, un cromosoma íntegro tendría que ser considerado como un «gen».

Por otra parte, tenemos igualmente que existen alternativas al sexo. Las hembras del pulgón verde pueden concebir, sin intervención paterna, a descendientes femeninos, cada uno de los cuales contiene todos los genes de su madre. (De paso mencionaremos que un embrión en la «matriz» de su madre puede tener un embrión aún más pequeño dentro de su propia matriz. De tal manera que un pulgón verde hembra puede parir a una hija y a una nieta de manera simultánea, ambas siendo equivalentes a sus propios gemelos idénticos.) Muchas plantas se propagan de forma vegetativa mediante los retoños. En este caso preferiríamos hablar de crecimiento en lugar de reproducción; y luego, ¿i se piensa sobre ello, no existe, de todas maneras, mucha diferencia entre el crecimiento y la reproducción no sexual, ya que ambas ocurren por simple división celular meiótica. En ocasiones, las plantas producidas por reproducción vegetativa se separan de sus «padres». En otros casos, por ejemplo en los olmos, los retoños unidos permanecen intactos. En realidad, un olmo completo podría ser considerado como un único individuo.

Así, el problema es el siguiente: si los pulgones verdes y los olmos no lo hacen, ¿por que el resto de nosotros nos esforzamos tanto para mezclar nuestros genes con los de otra persona antes de hacer un bebé? Parece ser una extraña forma de proceder. ¿Por que, en primer lugar, tuvo que surgir el sexo, esta extravagante perversión de una reproducción directa? ¿Qué es lo positivo en el sexo?

Ésta es una pregunta extremadamente difícil para ser respondida por un evolucionista. La mayoría de los intentos serios para encontrar una respuesta involucran sofisticados razonamientos matemáticos. Yo, sinceramente, voy a evadir el problema excepto para aclarar algo. Al menos parte de la dificultad que los teóricos encuentran al explicar la evolución del sexo se deriva del hecho de que ellos, habitualmente, piensan en el individuo como si éste intentara acrecentar al máximo el número de genes que sobrevivirán. En estos términos el sexo aparece paradójico, pues es una forma «ineficiente» para que un individuo propague sus genes: cada hijo tiene sólo el 50 °/o de los genes de dicho individuo, el otro 50% es proporcionado por su pareja sexual. Si, como es el caso del pulgón verde, diera origen a hijos que fuesen réplicas exactas de sí mismo, transmitiría el 100% de sus genes a la próxima generación en el cuerpo de cada criatura. Esta aparente paradoja ha llevado a algunos teóricos a adoptar la teoría de la selección de grupos, ya que es relativamente fácil pensar en las ventajas para el sexo en el nivel de grupos. Como W. F. Bodmer lo ha expresado brevemente, el sexo «facilita la acumulación en un solo individuo de mutaciones ventajosas que surgen por separado en distintos individuos».

Pero esta paradoja parece ser menos paradójica si seguimos la hipótesis planteada en el presente libro y tratamos al individuo como una máquina de supervivencia construida por una confederación, de corta duración, de genes de larga vida. La «eficiencia», considerada desde el punto de vista del individuo, se aprecia como irrelevante. La sexualidad en oposición a la no sexualidad será considerada como un atributo bajo el control de un gen único, de igual forma que en el caso de los ojos azules contra los ojos de color castaño. Un gen «para» la sexualidad manipula a todos los demás genes con vistas a sus propios fines egoístas. De igual manera lo hace un gen que propicie el entrecruzamiento. Incluso existen genes denominados mutantes que manipulan los índices de errores de copia de los otros genes. Por definición, un error de copia es una desventaja para el gen que ha sido mal copiado. Pero influye ventajosamente en el gen mutante egoísta que induce al error, pues incrementa su presencia en el acervo génico.

De manera similar, si el entrecruzamiento beneficia a un gen que provoca este proceso, ello ya es una explicación suficiente para la existencia del entrecruzamiento. Y si la reproducción sexual, en oposición a la reproducción no sexual, beneficia a un gen para la reproducción sexual, es una explicación suficiente para la existencia de la reproducción sexual. Si beneficia o no a todos los demás genes de un individuo es comparativamente irrelevante. Considerado desde el punto de vista del gen egoísta, el sexo no es tan extravagante, después de todo.

Este argumento se acerca peligrosamente a un círculo vicioso, ya que la existencia de la sexualidad es una condición previa para toda la cadena de razonamientos que conduce a considerar al gen como a la unidad de selección. Pienso que hay medios de escapar a este círculo vicioso, pero este libro no es el lugar adecuado para tratar el problema. El sexo existe. Esto es cierto. Y una consecuencia del sexo y del cruzamiento es que la pequeña unidad genética o gen pueda ser considerada como el elemento más aproximado que tenemos a un agente de la evolución, fundamental e independiente.

El sexo no es la única aparente paradoja que se torna menos enigmática desde el momento en que aprendemos a pensar en términos de genes egoístas. Por ejemplo, parece ser que la cantidad de ADN en los organismos es mayor que la estrictamente necesaria para construirlos: una considerable fracción de ADN no se traduce nunca en proteína. Desde el punto de vista del organismo individual, ello parece paradójico. Si el «propósito» del ADN es supervisar la construcción de los cuerpos, es sorprendente encontrar una gran cantidad de ADN que no hace tal cosa. Los biólogos se están devanando los sesos para pensar que tarea útil esta realizando este aparente excedente de ADN. Pero desde el punto de vista de los genes mismos, no existe tal paradoja. El verdadero «propósito» del ADN es sobrevivir, ni más ni menos. La manera más simple de explicar el excedente de ADN es suponer que es un parásito o, en el mejor de los casos, un pasajero inofensivo pero inútil, que se hace llevar en las máquinas de supervivencia creadas por el otro ADN.

Algunas personas ponen objeciones a lo que consideran una apreciación excesivamente centrada en los genes de la evolución. Después de todo, argumentan, son individuos totales, con todos sus genes, los que realmente viven o mueren. Espero haber dicho lo suficiente en este capítulo para demostrar que no hay, realmente, un desacuerdo. Así como los botes con toda su tripulación ganan o pierden las carreras, en realidad los individuos son los que viven o mueren, y la manifestación inmediata de la selección natural se encuentra, casi siempre, al nivel de los individuos. Pero las consecuencias, a largo plazo, de la muerte de los individuos no sujeta al azar y del éxito de la reproducción, se manifiestan en forma del cambio de la frecuencia en que se encuentran los genes en el acervo génico. Haciendo ciertas salvedades, el acervo génico juega el mismo papel respecto a los modernos reproductores que el que hizo el caldo primario con respecto a los reproductores originales. El cruzamiento sexual y el entrecruzamiento cromosómico poseen el efecto de preservar la fluidez del equivalente moderno del caldo. Debido al sexo y al entrecruzamiento, el acervo génico se mantiene bien revuelto y los genes parcialmente barajados. La evolución es el proceso por el cual algunos genes se tornan más numerosos y otros disminuyen en número en el acervo génico. Es positivo adquirir el habito de preguntarnos, siempre que intentemos explicar la evolución de determinadas características tales como el comportamiento altruista, «¿qué efecto tendrá' esta característica en la frecuencia de genes en el acervo génico?» En ocasiones el hablar de genes se pone un poquito tedioso y, pensando en la brevedad y en la claridad, emplearemos metáforas. Pero mantendremos siempre una visión escéptica respecto a nuestras metáforas, para asegurarnos de que se pueden volver a traducir en lenguaje relativo a los genes si así es necesario.

En cuanto a los genes se refiere, el acervo génico es solamente cl nuevo caldo donde pueden ganarse la vida. Todo lo que ha cambiado es que en la actualidad se ganan la vida cooperando con los sucesivos grupos dc compañeros extraídos del acervo génico para construir una máquina mortal de supervivencia tras otra. En el próximo capítulo hablaremos de las máquinas de supervivencia mismas y del sentido en el cual se puede decir que los genes controlan su comportamiento.

4. LA MÁQUINA DE GENES

Las máquinas de supervivencia empezaron como receptáculos pasivos de genes. Sólo podían otorgar algo más que una membrana para protegerlos de la guerra química desatada por sus rivales y contra la devastación provocada por un bombardeo molecular accidental. En aquellos tempranos días se «alimentaban» de moléculas orgánicas que se encontraban a libre disposición en el caldo. Esta vida fácil llegó a su término cuando el alimento orgánico que se encontraba en el caldo, que se había formado lentamente bajo la influencia energética de siglos de rayos solares, fue utilizado en su totalidad. Una rama mayor de dichas máquinas de supervivencia, hoy denominadas plantas, empezó a utilizar directamente la luz solar con el fin de construir complejas moléculas a partir de moléculas simples, realizanlo nuevamente, a una velocidad mucho mayor, el proceso sintético del caldo original. Otra rama, hoy conocida con el nombre de animales, «descubrió» cómo explotar los trabajos químicos realizados por las plantas, ya sea comiéndoselas o comiendo a otros animales. Ambas ramas principales de máquinas de supervivencia perfeccionaron, más y más, ingeniosos trucos destinados a aumentar su eficiencia en sus diversos tipos de vida, dando así orígen a continuas formas de vida. De tal forma evolucionaron subramas y subsubramas, cada una de las cuales se distinguía por una manera particularmente especializada de ganarse la vida: en el mar, sobre la tierra, en el aire, bajo tierra, sobre los árboles, dentro de otros cuerpos vivientes. Esta división en subramas ha dado origen a la inmensa diversidad de animales y plantas que hoy tanto nos impresiona.

Tanto los animales como las plantas evolucionaron hasta tener cuerpos formados por muchas células, copias completas de todos los genes que fueron distribuidos a cada célula. Ignoramos cuándo, por que o cuántas veces sucedió este proceso de forma independiente. Algunas personas utilizan la metáfora de una colonia, al describir el cuerpo como una colonia de células. Yo prefiero pensar en el cuerpo como una colonia de genes, y en la célula como una unidad que opera convenientemente para las industrias químicas de los genes.

Los cuerpos pueden ser colonias de genes, pero en cuanto a su comportamiento se refiere han adquirido, indudablemente, una individualidad propia. Un animal se mueve como un conjunto coordenado, como una unidad. Subjetivamente, yo me siento como una unidad, no como una colonia. Ello era de esperar. La selección ha favorecido a los genes que cooperan unos con otros. En la feroz competencia por los recursos escasos, en la lucha implacable para devorar a otras máquinas de supervivencia y para evitar ser comidos, sin duda existiría un interés para la coordinación central más bien que una anarquía dentro del cuerpo comunal. Actualmente, la intrincada coevolución mutua de los genes ha seguido su curso hasta tal extremo que la naturaleza comunal de una máquina "superviviente individual es, virtualmente, irreconocible. En realidad, muchos biólogos no la reconocen y estarán en desacuerdo conmigo.

Por fortuna, en bien de lo que los periodistas llamarían la «credibilidad» del resto del presente libro, el desacuerdo es, en gran medida, académico. Así como no es conveniente hablar de quanta y de las partículas fundamentales cuándo tratamos el funcionamiento de un automóvil, así también es, a menudo, tedioso e innecesario sacar a colación continuamente a los genes cuándo discutimos el comportamiento de las máquinas de supervivencia. En la práctica, a menudo es conveniente, como una aproximación, considerar al cuerpo individual como un agente que «intenta» aumentar el número de todos sus genes en las generaciones futuras. Emplearé el lenguaje de la conveniencia. A menos que se especifique de otra forma, el «comportamiento altruista» y el «comportamiento egoísta» significarán el comportamiento orientado de un cuerpo animal hacia otro.

El presente capítulo trata sobre el comportamiento —el ardid del movimiento rápido que ha sido en gran medida explotado por la rama animal de las máquinas de supervivencia. Los animales se han convertido en activos vehículos buscadores de genes; máquinas de genes. El comportamiento característico, según emplean el término los biológos, es determinado por su rapidez. Las plantas se mueven, pero muy lentamente. Cuándo se aprecia su movimiento en películas pasadas a alta velocidad, las plantas trepadoras se parecen a animales activos. En su mayor parte el movimiento de las plantas es, reaknente, su irreversible crecimiento. Los animales, por otra parte, han desarrollado formas de movimiento cientos de miles de veces más veloces. Más aún, los movimientos que realizan son reversibles y repetibles infinitas veces.

El medio que desarrollaron los animales para alcanzar rapidez de movimientos fue el músculo. Los músculos son máquinas, que, al igual que la máquina de vapor o la máquina de combustión interna, emplean la energía almacenada en combustibles químicos para generar movimiento mecánico. La diferencia radica en que la fuerza mecánica inmediata de un músculo está generada en forma de tensión, en lugar de presión de gas, como es el caso de las máquinas de vapor o de combustión interna. Los músculos son similares a las máquinas en que, a menudo, ejercen su fuerza ' sobre cuerdas y levantan pesos mediante palancas provistas de bisagras. En nosotros, los elementos que forman las palancas son conocidos con el nombre de huesos; las cuerdas, como tendones, y las bisagras, como articulaciones. Se conoce bastante sobre las formas exactas moleculares en que trabajan los músculos, pero encuentro más interesante el problema de cómo se regula la contracción muscular.

¿Han observado, alguna vez, una máquina artificial de cierta complejidad, como podría ser una máquina de coser, una máquina para hilar, una embotelladora automática o una embaladora de heno? La fuerza motriz proviene de alguna parte, digamos un motor eléctrico, o un tractor. Pero mucho más desconcertante es la intrincada regulación de las operaciones. Las válvulas se abren y cierran en su debido orden, dedos de acero anudan diestramente un fardo de heno, y luego, justo en el momento preciso, sale un cuchillo que corta la cuerda. En muchas máquinas artificiales la regulación se logra por medio de esa brillante invención que es la leva. La leva traduce el simple movimiento rotatorio en un complejo patrón rítmico de operaciones por medio de una rueda excéntrica o especialmente diseñada. El principio en que se basa la caja de música es similar. Otras máquinas tales como el órgano a vapor y la pianola emplean rollos de papel o tarjetas perforadas de acuerdo a un diseño. Recientemente ha habido una tendencia a reemplazar tales simples reguladores mecánicos por los electrónicos. Las computadoras digitales son ejemplos de grandes y versátiles mecanismos electrónicos que pueden ser utilizados para generar complejos patrones regulados de movimientos. El componente básico de una máquina electrónica moderna, como una computadora, es el semiconductor, del cual una forma conocida es el transistor.

Las máquinas de supervivencia parecen haber pasado por alto, por completo, la leva y la tarjeta perforada. El aparato que utilizan para regular sus movimientos tiene más elementos en común con una computadora electrónica, aun cuando es totalmente diferente en sus operaciones fundamentales. La unidad básica de los computadores biológicos, la célula nerviosa o neurona, no se parece en nada a un transistor en su mecanismo interno. Ciertamente el código por el cual las neuronas se comunican unas con otras se parece un poco al código de pulsaciones de las computadoras digitales, pero la neurona de un individuo es una unidad procesadora de datos mucho más complicada que un transistor. En lugar de sólo tres conexiones con otros componentes, una sola neurona. puede tener diez mil. La neurona es más lenta que un transistor, pero ha avanzado mucho más en la dirección de la miniaturización, tendencia que ha dominado a la industria electrónica durante las dos últimas décadas. Esto se demuestra por el hecho de que existen más de diez mil millones de neuronas en el cerebro humano: solamente se podrían almacenar unos cuantos cientos de transistores en una calavera.

Las plantas no necesitan la neurona, ya que pueden vivir sin necesidad de desplazarse, pero se encuentra en la gran mayoría de los grupos de animales. Puede haber sido «descubierta» en una edad temprana de la evolución animal y heredada por todos los grupos, o puede haber sido redescubierta varias veces y de manera independiente.

Las neuronas son, básicamente, células provistas de un núcleo y un cromosoma, al igual que las demás células. Sus membranas celulares siguen un trazado de proyecciones largas y finas, semejantes a un alambre. Una neurona posee, a menudo, un «alambre» largo denominado axón. A pesar de que el diámetro de un axón es microscópico, su longitud puede ser de varios palmos. Existen axones que recorren toda la longitud del cuello de una jirafa. Los axones se encuentran, frecuentemente, atados juntos formando gruesos cables de múltiples ramales llamados nervios. La misión de ellos es recorrer el cuerpo de una parte a otra y transmitir mensajes, de manera similar a los cables telefónicos principales.

Otras neuronas poseen axones cortos y se encuentran confinados en densas concentraciones de tejido nervioso de* nominadas ganglios o, cuando son muy grandes, cerebros. Los cerebros pueden ser considerados, según sus funciones, análogos a las computadoras. Son análogos en el sentido de que ambos tipos de máquinas generan complejos patrones de información de salida de acuerdo a análisis de complejos patrones de entrada de información, y luego de remitirse a la información almacenada.

En realidad, la principal forma en que los cerebros contribuyen al éxito de las máquinas de supervivencia es el control y coordinación de la contracción muscular. Para lograr este objetivo necesitan cables que lleguen hasta los músculos, y éstos reciben el nombre de nervios motores. Esta medida conduce a una eficiente preservación de los genes sólo si el ritmo correcto de la contracción muscular guarda alguna relación con el compás de los acontecimientos en el mundo exterior. Es importante contraer los músculos maxilares cuando las mandíbulas contienen algo que vale la pena morder, y contraer los músculos de las piernas en una posición adecuada para emprender una carrera, sólo en el caso de que exista algo a lo que valga la pena acercarse corriendo o frente a la necesidad de alejarse rápidamente. Por esta razón, la selección natural favoreció a los animales que adquirieron órganos sensoriales, mecanismos con los cuales poder traducir los patrones de acontecimientos físicos del mundo exterior al código de pulsaciones de las neuronas. El cerebro se encuentra conectado a los órganos de los sentidos, ojos, oídos, papilas gustativas, etc., mediante cables denominados nervios sensoriales. La forma en que actúan los sistemas sensoriales son especialmente desconcertantes, ya que pueden lograr hazañas mucho más sofisticadas de patrones de reconocimiento que las máquinas de fabricación humana más costosas y mejores; si éste no fuese el caso, todos los dactilógrafos serían innecesarios ya que serían desalojados de sus funciones por máquinas capaces de reconocer el lenguaje o programadas para leer la escritura. Los dactilógrafos humanos serán necesarios, aún, durante muchas décadas.

Puede haber existido una época en que los órganos sensoriales se comunicaban de forma más o menos directa con los músculos; en realidad, las anémonas de mar no se encuentran muy alejadas de este estado hoy día, ya que para su forma de vida resulta eficiente. Con el fin de alcanzar relaciones más complejas e indirectas entre el acontecer de los sucesos del mundo exterior y la adecuación de las contracciones musculares, se necesitó un tipo de cerebro en calidad de intermediario. Un avance notable lo constituyó la «invención» evolutiva de la memoria. Pero este mecanismo, la graduación de las contracciones musculares, pudo verse afectado por influencias derivadas de sucesos de un pasado inmediato, así como por sucesos provenientes de un pasado distante. También la memoria, o almacenamiento de datos, constituye una parte esencial de una computadora digital. Las memorias de las computadoras son más seguras, más fiables que las de los seres humanos, pero su capacidad es menor y son enormemente menos perfeccionadas en cuanto a sus técnicas de recuperación de información.

Una de las propiedades más sorprendentes del comportamiento de la máquina de supervivencia es su aparente determinación. Con ello no sólo quiero decir que aparentemente esta bien calculada para ayudar a los genes del animal a sobrevivir, aunque por supuesto así sea. Me estoy refiriendo a una analogía más estrecha .con el comportamiento humano que persigue un determinado fin. Cuando observamos a un animal «buscando» comida, o a su compañero, o a uno de sus hijos perdidos, casi no podemos evitar imputarle algunos de los sentimientos subjetivos que nosotros experimentamos en nuestras búsquedas. Ello puede incluir «deseo» por algún objeto, un «cuadro mental» del objeto deseado, un «objetivo» o «fin en perspectiva». Cada uno de nosotros sabe, por la evidencia de su propia introspección, que, al menos en una moderna máquina de supervivencia, esta determinación ha evolucionado hasta convertirse en la propiedad que nosotros denominados «conciencia». No poseo conocimientos filosóficos suficientes para argumentar sobre el significado de ello pero, afortunadamente, no es relevante para nuestros propósitos actuales, ya que es fácil hablar sobre las máquinas que se comportan como si estuviesen motivadas por algún propósito determinado y dejar planteada la pregunta sobre si estos motivos son realmente conscientes. Estas máquinas son, básicamente, muy simples y los principios de comportamiento útiles inconscientes se encuentran entre los lugares comunes de la ciencia de la ingeniería. El regulador automático a vapor de Watt constituye un ejemplo clásico.

El principio fundamental involucrado es denominado realimentación negativa, del cual existen diversas formas. En general, lo que sucede es lo siguiente. La «máquina útil», aquella máquina o cosa que se comporta como si tuviese un propósito consciente, está provista de algún tipo de mecanismo graduado que mide la discrepancia entre el actual estado de cosas y el estado «deseado». Dicho mecanismo está construido de tal manera que, cuanto más grande sea la discrepancia, más activamente trabaja la máquina. De está manera la máquina, automáticamente, tenderá a reducir la discrepancia —es por ello que se denomina realimentación negativa— y puede, en realidad, quedar en actitud de reposo cuando se logra el estado «deseado». El regulador automático de Watt consiste en un par de bolas que giran mediante un motor a vapor. Cada bola se encuentra en el extremo de un brazo provisto de bisagras. Cuanto más rápido sea el movimiento circular de las bolas, la fuerza centrífuga forzará cada vez más a los brazos para que tomen una posición horizontal, tendencia que encuentra la resistencia de la fuerza de gravedad. Los brazos están conectados a la válvula de vapor que alimenta al motor, de tal manera que el vapor tiende a quedar cerrado cuando los brazos se aproximan a la posición horizontal. Por lo tanto, si el motor trabaja demasiado rápido, parte del suministro de vapor se verá interrumpido, con lo que el motor trabajará más despacio que antes. Si disminuye su rendimiento demasiado, automáticamente se le alimentará con más vapor, ya que la válvula se abrirá más, y ganará velocidad nuevamente. Este tipo de máquinas a menudo oscilan debido al exceso de uso o a los períodos de retraso, y es tarea del arte de los ingenieros construir mecanismos suplementarios para reducir dichas oscilaciones.

El estado «deseado» del regulador automático de Watt es una velocidad determinada de rotación. Obviamente no la desea de manera consciente. El «objetivo» de una máquina se define, simplemente, como aquel estado al cual tiende a regresar. Las máquinas modernas de este tipo emplean extensiones de estos principios básicos, tales como el de realimentación negativa, para alcanzar un comportamiento mucho más complejo y «más semejante a la vida». Los proyectiles dirigidos, por ejemplo, parecen buscar activamente su blanco y cuando lo tienen en línea de tiro parecen perseguirlo, tomando en cuenta sus giros y vueltas evasivos, y en ocasiones hasta«predicen» dichos movimientos o se «anticipan» a ellos. No vale la pena profundizar en los detalles de como se logra esto. Involucran realimentación negativa de varios tipos, «alimentación adelantada» y otros principios bien comprendidos por los ingenieros y que ahora se sabe se encuentran intensamente involucrados en el funcionamiento de los cuerpos vivos. Nada que se aproxime remotamente a la conciencia necesita ser postulado, aun cuando un lego en la materia, al observar su comportamiento, aparentemente deliberado y siguiendo un propósito determinado, encuentre difícil de creer que el proyectil no se halle bajo el control directo de un piloto humano.

Es un error común el pensar que por el hecho de que una máquina, tal como un proyectil dirigido, fue originalmente diseñada y construida por hombres conscientes, deba hallarse verdaderamente bajo el control inmediato de hombres conscientes. Otra variante de está falacia es la que afirma que «las computadoras no juegan realmente al ajedrez, porque sólo pueden realizar lo que un operador humano les indica». Es importante que comprendamos por que esto es una falacia, ya que afecta a nuestra comprensión del sentido en el cual podemos afirmar que los genes «controlan» el comportamiento. El ajedrez jugado por una computadora constituye un ejemplo bastante bueno para aclarar este punto, de tal manera que lo trataré brevemente.

Las computadoras aún no juegan al ajedrez tan bien como los grandes maestros humanos, pero han alcanzado el nivel de un buen aficionado. Hablando con mayor propiedad, uno debería decir que los programas han alcanzado el nivel de un buen aficionado, ya que un programa para un partido de ajedrez no es tan exigente como para que la computadora física demuestre sus habilidades. Analicemos cuál es el papel desempeñado por el programador humano. En primer lugar él, definitivamente, no manipula a la computadora en todo momento, como lo haría un titiritero al mover las cuerdas. Ello constituiría, simplemente, un engaño. El programador se limita a escribir el programa y meterlo en la computadora, y luego ésta actúa sola: ya no hay más intervención humana, excepto la del contrincante al marcar sus movimientos. ¿Acaso el programador anticipa todas las posibles posiciones en el juego y facilita a la computadora una larga lista de buenos movimientos, uno para cada posible contingencia? Ciertamente no, ya que el número de posibles posiciones en un juego de ajedrez es tan grande que el mundo se acabaría antes de que la lista fuese completada. Por la misma razón, la computadora no puede ser programada para que ella intente «en su cabeza» todos los movimientos posibles, y todas las posibles jugadas que de ella se deriven, hasta encontrar una estrategia que le permita ganar el partido. Existen más jugadas posibles en un juego de ajedrez que átomos en una galaxia. Esto basta en cuanto a las triviales faltas de soluciones al problema de la programación de una computadora para jugar ajedrez. En realidad es un problema excesivamente difícil, y no es extraño que los mejores programas no hayan alcanzado el nivel de los grandes maestros.

El papel actual de un programador se parece más bien al de un padre que le enseña a su hijo a jugar al ajedrez. Informa a la computadora de los movimientos básicos del juego, no de manera independiente para cada posible posición de salida, sino en términos de reglas expresadas con más economía. No dice, literalmente, en un idioma sencillo «el alfil se mueve en diagonal» sino que dice algo matemáticamente equivalente, algo así, aunque expresado con más brevedad: «Las nuevas coordenadas del alfil se obtienen de las antiguas coordenadas, añadiendo la misma constante, aun cuando no necesariamente bajo el mismo signo, tanto a las antiguas coordenadas x como a las antiguas coordenadas y.» Luego podría programar algún «consejo» escrito en el mismo tipo de lenguaje matemático o lógico, pero acumulando términos humanos a sugerencias tales como «no permitas que tu rey quede desprotegido», o trucos útiles tales como atacar dos piezas a la vez con el caballo. Los detalles son fascinantes pero nos alejarían demasiado de nuestro tema principal. El punto importante es el siguiente: cuando la computadora está jugando, en realidad está sola y no puede esperar ayuda alguna de su maestro. Todo lo que el programador puede hacer es preparar a la computadora previamente de la mejor forma posible, con un equilibrio apropiado entre las listas de conocimientos específicos y sugerencias sobre estrategias y técnicas.

También los genes controlan el comportamiento de sus máquinas de supervivencia, no de manera directa, con sus dedos en las cuerdas de los títeres, sino indirectamente al igual que el programador de la computadora. Todo lo que ellos pueden hacer es prepararla con antelación; luego la máquina de supervivencia se encuentra bajo su propia responsabilidad, y los genes sólo pueden permanecer pasivos en su interior. ¿Por que son tan pasivos? ¿Por que no toman las riendas ocasionalmente? La respuesta es que no pueden, debido a los problemas de intervalos de tiempo. Lo ilustraremos mediante otra analogía para aclarar más este punto, analogía sacada de un libro de ciencia ficción, A for Andromeda de Fred Hoyle y John Elliot. Es una historia excitante y, como toda buena ciencia ficción, tiene algunos puntos científicos interesantes en los que se apoya. Extrañamente, el libro parece carecer de una mención explícita al más importante de estos puntos que le sirven de sustento. Es algo que se deja a la imaginación del lector. Espero que a los autores no les importe si lo explico con ciertos detalles aquí.

Se trata de una civilización alejada de la nuestra por 200 años luz, en la constelación de Andrómeda. Los seres que la componen desean expandir su cultura a los mundos distantes. ¿Cuáles son los mejores métodos para lograrlo? Quedan fuera de toda posibilidad los viajes directos. La velocidad de la luz impone un límite teórico máximo al nivel en que se puede desplazar un ser de un punto a otro del universo, y las consideraciones mecánicas imponen, en la práctica, un límite mucho menor. Además, puede no haber muchos mundos a los cuales valga la pena ir, y ¿cómo saber que orientación es la adecuada para penetrar en ellos? La radio es el mejor medio para comunicarse con el resto del universo, ya que, si se posee la suficiente potencia para transmitir las señales en todas direcciones en lugar de emitirlas en una dirección determinada, se puede alcanzar un mayor número de mundos (el número de ellos aumenta en relación al cuadrado de la distancia en que viaja la señal). Las ondas radiales viajan a la velocidad de la luz, lo que significa que la señal tarda 200 años para alcanzar la Tierra desde Andrómeda. El problema con este tipo de distancia es que nunca se logrará mantener una conversación. Aun si descartamos el hecho de que cada mensaje sucesivo que se transmitiese desde la Tierra sería efectuado por personas separadas unas de otras por doce generaciones, sería un derroche inútil el intentar conversar a través de tales distancias.

Pronto este problema se planteará en serio para nosotros: las ondas radiales tardan aproximadamente cuatro minutos para viajar entre la Tierra y Marte. No hay duda que los astronautas tendrán que abandonar el hábito de conversar en breves frases alternativas y tendrán que emplear largos soliloquios o monólogos, más similares a las cartas que a las conversaciones. Como otro ejemplo, Roger Payne ha señalado que la acústica del mar posee ciertas propiedades peculiares, lo que significa que el «canto» extremadamente fuerte de la yubarta o ballena jorobada podría, teóricamente, ser escuchado alrededor del mundo siempre que las ballenas nadaran a una determinada profundidad. Se desconoce si, en. realidad, se comunican unas con otras a través de distancias muy grandes, pero si lo hicieran" se encontrarían en un predicamento muy similar al de los astronautas en Marte. La velocidad del sonido en el agua es tal que se requerirían aproximadamente dos horas para que el canto viajase a través del océano Atlántico y se transmitiera una respuesta. Sugiero esto como explicación al hecho de que las ballenas emiten un continuo soliloquio, sin repetirse, durante ocho minutos. Luego retornan al principio de la canción y la repiten nuevamente, muchas veces, y cada ciclo completo dura aproximadamente ocho minutos.

Los habitantes de Andrómeda, en la historia, hacían lo mismo. Ya que no había razón para esperar una respuesta, reunían todo lo que querían decir en un largo e ininterrumpido mensaje y luego lo transmitían al espacio, una y otra vez, con un ciclo de tiempo de varios meses. Su mensaje era muy diferente del de las ballenas, sin embargo. Consistía en instrucciones codificadas para la construcción y programación de una gigantesca computadora. Por supuesto, las instrucciones no eran en lenguaje humano, pero casi todo código puede ser descifrado por un hábil criptógrafo, especialmente si los inventores del código tuvieron la intención de que fuese fácilmente resuelto. Captado por el radiotelescopio de Jodrell Bank, el mensaje era finalmente descifrado, se construía la computadora y se ponía en funcionamiento el programa. Los resultados para la humanidad eran casi desastrosos, ya que las intenciones de los habitantes de Andrómeda no eran universalmente altruistas, y la computadora se estaba convirtiendo en el dictador del mundo hasta que el héroe, al fin, la destruía con un hacha.

Desde nuestro punto de vista, la cuestión interesante es saber en que sentido podría decirse que los habitantes de Andrómeda estaban manipulando los acontecimientos en la Tierra. No tenían un control directo de lo que la computadora hacía en todo momento; en realidad, tampoco poseían medio alguno para saber si la computadora había sido construida o no, ya que la información habría tardado 200 años en llegarles. Tanto las decisiones como las acciones de la computadora eran exclusivamente suyas. Ni siquiera le era posible remitirse a sus amos para recibir instrucciones destinadas a un plan de acción general. Todas sus instrucciones tuvieron que ser ordenadas por adelantado debido a la inviolable barrera de los 200 años. En principio, tuvo que ser programada de forma muy similar a una computadora para un juego de ajedrez, pero con una mayor flexibilidad y capacidad para absorber la información local. Esta exigencia se debía al hecho de que el programa tuvo que ser diseñado para que funcionara no sólo en la Tierra sino en cualquier mundo que poseyese una tecnología avanzada, cualquiera de un juego de mundos cuyas condiciones pormenorizadas no estaban al alcance del conocimiento de los habitantes de Andrómeda.

De igual manera que los habitantes de Andrómeda necesitaban tener una computadora en la Tierra para que tomase las diarias decisiones por ellos, así nuestros genes han tenido que construir un cerebro. Pero los genes se diferencian de los habitantes de Andrómeda en que no se limitan a enviar las instrucciones codificadas sino que ellos mismos constituyen las instrucciones. Las razones por las cuales no pueden manipular nuestros hilos de títeres son las mismas: los retardos en el tiempo, los períodos de retraso entre la causa y el efecto. Los genes obran mediante el control de la síntesis proteica. Ello constituye un medio poderoso de manipular el mundo, pero es un proceso lento. Se tarda meses de paciente juego con las cuerdas proteicas para construir un embrión. La característica principal del comportamiento, por otra parte, es su rapidez. Trabaja a escalas de tiempo no de meses sino de segundos y de fracciones de segundo. Algo sucede en el mundo, una lechuza cruza volando, un susurro en la hierba alta traiciona a una presa y en milisegundos el sistema nervioso crepita al ponerse en acción, los músculos saltan y la vida de alguien queda a salvo —o se pierde. Los genes carecen de tales reacciones rápidas. Al igual que los habitantes de Andrómeda, sólo pueden esforzarse por. adelantado mediante la construcción de una rápida computadora ejecutiva para su beneficio y programándola con antelación con reglas y «consejos» para que sea capaz de afrontar tantas eventualidades como ellos pueden «anticipar». Pero la vida, de manera similar al juego de ajedrez, ofrece demasiadas posibles eventualidades diferentes para permitir que todas ellas sean previstas. De igual forma que el programador de ajedrez, los genes deben «dar las instrucciones» a sus máquinas de supervivencia no de manera especificada sino en términos de estrategias generales y trucos válidos para el oficio de vivir.

Como bien lo ha señalado J. Z. Young, los genes deben efectuar una tarea análoga a una predicción. En el momento en que se construye un embrión de una máquina de supervivencia, tanto los peligros como los problemas de su vida son parte del futuro. ¿Quién puede predecir que carnívoros acechan agazapados esperándolo detrás de cuales arbustos, o que presa de pies ligeros se cruzará, zigzagueando y rápida como un dardo, en su camino? Ningún profeta humano puede decirlo ni ningún gen anticiparlo. Pero pueden formularse ciertas predicciones generales. Los genes del oso polar pueden predecir, sin posibilidades de error, que el futuro que le aguarda a su máquina de supervivencia, que aún no ha nacido, va a desarrollarse en un clima frío. No lo piensan como una profecía, en realidad no piensan en absoluto: se limitan a construir un grueso abrigo de pelo, ya que eso es lo que siempre han hecho con los cuerpos anteriores y es por esa razón que todavía existen en el acervo génico. También predicen que el terreno en que vivirán estará cubierto por la nieve, y esta predicción determina que el abrigo de pelo sea blanco para permitirles el camuflaje. Si el clima del Ártico cambiase tan rápidamente que el oso cría se encontrase al nacer en un desierto tropical, las predicciones de los genes resultarían equivocadas y ellos pagarían su falta. El joven oso moriría, y ellos dentro de él. La predicción en un mundo complejo es un negocio arriesgado. Cada decisión que toma la máquina de supervivencia es un acto aventurado, y es tarea de los genes programar a los cerebros por adelantado de tal manera que, consideradas en su promedio, las decisiones que tomen den un resultado positivo. La moneda empleada en el casino de la evolución es la supervivencia, y para expresarlo de una forma más estricta, la supervivencia de los genes, pero considerando diversos propósitos, la supervivencia individual puede calificarse como una aproximación razonable. Si un animal pequeño baja a una charca a beber, aumenta su riesgo de ser devorado por los predadores que viven dc acechar a sus presas en los alrededores de los charcos. Si no va hasta donde se encuentra el agua morirá, finalmente, de sed. Existen riesgos en ambos casos y debe tomar la decisión que tienda a prolongar al máximo las posibilidades de supervivencia a largo plazo de sus genes. Quizá la mejor política sea posponer el acto de aplacar la sed hasta que se encuentre muy sediento, luego bajar y beber bastante como para que dicha necesidad tarde en presentarse de nuevo. De tal forma se reduce el número de visitas a la charca, pero, por otra parte, debe dejar transcurrir bastante tiempo con la cabeza baja cuando finalmente se decide a beber. Como otra alternativa, tal vez la mejor jugada podría ser beber poco y seguido, arrebatando rápidos sorbos de agua al cruzar corriendo la charca. Determinar cuál es la mejor estrategia de juego depende de todo tipo de factores complejos, de los cuales uno de los más importantes es el hábito de caza de los predadores, el cual ha evolucionado para ser, desde su punto de vista, de una máxima eficiencia. Debe haber alguna manera de calibrar las posibilidades. Pero, por supuesto, no debemos pensar que los animales efectúan los cálculos conscientemente. Todo lo que necesitamos creer es que aquellos individuos cuyos genes fabricaron cerebros de tal forma que tienden a juzgar correctamente tendrán, como resultado de ello, mayores probabilidades de sobrevivir y, por lo tanto, de propagar aquellos mismos genes.

Podemos llevar la metáfora del juego un poco más lejos. Un jugador debe pensar en tres factores principales: las apuestas, las probabilidades y el premio. Si el premio es muy grande, el jugador estará dispuesto a arriesgar una apuesta considerable. Un jugador que arriesga todo lo que tiene a una sola jugada tiene posibilidades de ganar una cifra muy alta. Es probable, también, que pierda una cantidad apreciable, pero por término medio. los jugadores que arriesgan altas apuestas no terminan mejor ni peor que otros jugadores que optan a pequeñas ganancias mediante apuestas bajas. Una comparación análoga se puede hacer entre aquellos que especulan en la bolsa y aquellos que se aseguran en sus inversiones. En cierto sentido la bolsa de valores constituye una analogía mejor que un casino, ya que los casinos son manipulados deliberadamente en favor de su banca (lo que significa, estrictamente hablando, que los jugadores de altas apuestas terminarán, como promedio, más pobres que aquellos jugadores cuyas apuestas son bajas; y estos últimos terminarán siendo más pobres que aquellos que no juegan en absoluto. Pero ello se debe a una razón al margen de nuestra hipótesis). Pasando por alto este punto, las posiciones de ambos jugadores parecen razonables. ¿Existen animales jugadores que hacen apuestas altas y otros que adoptan un juego más conservador? En el capítulo 9 veremos que, a menudo, es posible representar a los machos como jugadores de altas apuestas que afrontan un elevado riesgo, y a las hembras como a inversoras seguras; especialmente se puede apreciar lo anteriormente expuesto en las especies polígamas, en las que los machos compiten por las hembras. Los naturalistas que lean el presente libro podrán pensar en especies que puedan ser descritas como jugadores de altas apuestas y altos riesgos, y otras especies que juegan un tipo de juego más conservador. Vuelvo, ahora, al tema más general de como los genes hacen «predicciones» sobre el futuro. Uno de los medios que tienen los genes para resolver el problema relativo a las predicciones en medios ambientes impredecibles es construir una capacidad de aprendizaje. En este caso el programa puede tomar la forma de las siguientes instrucciones dadas a la máquina de supervivencia: «He aquí una lista de cosas definidas como recompensas: sabor dulce en la boca, orgasmo, temperatura suave, niño sonriente. Y he aquí una lista de cosas desagradables: diversos tipos de dolor, náuseas, estómago vacío, niño gritando. Si da la casualidad de que haces algo que va seguido por una de las cosas desagradables, no la repitas nuevamente pero, por otra parte, repite cualquier cosa que vaya seguida por una de las cosas agradables.» La ventaja de este tipo de programación es que reduce, considerablemente, el número de reglas detalladas que debían ser especificadas en el programa original; y es también apta para afrontar los cambios en el medio ambiente que no pudieron ser pronosticados detalladamente. Por otro lado, ciertas predicciones tienen que ser hechas todavía. Según nuestro ejemplo, los genes predicen que el dulce sabor en la boca y el orgasmo serán «buenos» en el sentido de que comer azúcar y copular es probable que beneficie a la supervivencia de los genes. Las posibilidades de la sacarina y la masturbación no serían anticipadas de acuerdo a este ejemplo; tampoco lo serían los peligros provocados por comer azúcar en demasiada cantidad en nuestro medio ambiente donde existe en enorme abundancia.

Las estrategias de aprendizaje han sido utilizadas en algunos programas de computadoras para juegos de ajedrez. Estos programas, en efecto, mejoran al jugar con contrincantes humanos o contra otras computadoras. Aun cuando están equipados con un repertorio de reglas y tácticas tienen, también, una pequeña tendencia a actuar por azar incluida en su sistema de decisiones. Registran las decisiones pasadas y siempre que ganan un juego aumentan, levemente, el peso dado a la táctica que precedió a la victoria, de tal manera que a la próxima vez existirán algunas posibilidades más de escogerla nuevamente.

Uno de los métodos más interesantes para predecir el futuro es el empleo de la simulación. Si un general desea saber si un determinado plan será mejor que los otros planes de alternativa, se le presenta un problema de predicción. Existen factores desconocidos que son relativos al tiempo atmosférico, la moral de su tropa y las posibles medidas preventivas tomadas por el enemigo. Una forma de averiguar si se trata de un buen plan es probarlo y ver su resultado, pero no es aconsejable emplear este método de prueba para todos los planes experimentales que se puedan inventar, aun si sólo nos limitamos a considerar que la dotación de jóvenes dispuestos a morir «por su patria» es limitada y puede agotarse, y la cantidad de planes posibles es muy grande. Es mejor probar la eficacia de los diversos planes en maniobras simuladas que en verdaderas batallas mortíferas. Pueden asumirse como ejercicios de simulacro de combate en el cual «los del Norte» luchan contra «los del Sur» empleando tiros de fogueo, pero aun así es de alto costo, tanto en lo que se refiere al tiempo como a los materiales empleados. Pueden simularse maniobras de guerra menos costosas empleando soldados de plomo y pequeños tanques de juguete, que se sitúan y movilizan sobre un gran mapa. Las computadoras, desde fechas recientes, se han hecho cargo, en gran medida, de las funciones de simulación, no sólo en lo que respecta a estrategia militar sino en todos los campos en los cuales es necesario una predicción del futuro, campos como el económico, ecológico, sociológico y muchos otros. La técnica opera más o menos de la siguiente manera: Se inserta en la computadora un modelo de un determinado aspecto del mundo. Ello no quiere decir que si se desatornilla la tapa se verá dentro una maqueta. en miniatura que tenga la misma forma que el objeto simulado. En la computadora programada para un juego de ajedrez no existe un «cuadro mental» en la memoria. de ésta, reconocible como un tablero de ajedrez con los caballos y los peones dispuestos sobre él. Tanto el tablero de ajedrez como la normal disposición de sus piezas serán representados por listas de números codificados electrónicamente. Para nosotros, un mapa es un modelo a escala de una parte del mundo, reducido a dos dimensiones. En una computadora, un mapa probablemente estaría representado como una lista de ciudades y otros puntos, determinados cada uno de ellos mediante dos cifras que indiquen su latitud y su longitud. No importa cómo, en realidad, la computadora represente al mundo en su interior, siempre que lo haga de tal manera que pueda operar con su modelo, manipularlo y efectuar experimentos con el fin de entregar la información a los operadores humanos en términos comprensibles para ellos. Mediante dicha técnica de simulación, las batallas representadas pueden ser ganadas o perdidas, los aviones simulados pueden volar o estrellarse, las políticas económicas pueden llevar a la prosperidad o a la ruina. En cada caso, todo el proceso se desarrolla dentro de la computadora en una ínfima fracción del tiempo que se emplearía en la vida real. Por supuesto, existen buenos y malos modelos del mundo, y aun los mejores son sólo aproximaciones de la realidad. Ninguna cantidad de estos ejercicios de simulación puede predecir exactamente lo que sucederá en realidad, pero una buena simulación es enormemente preferible a un ensayo efectuado a ciegas. La simulación podría ser calificada como procedimiento experimental indirecto, término desgraciadamente utilizado con anterioridad por los psicólogos que emplean ratas de laboratorio.

Si la simulación es una idea tan buena, podríamos suponer que las máquinas de supervivencia la descubrieron primero. Después de todo, inventaron muchas de las otras técnicas de la ingeniería humana mucho antes de que nosotros entrásemos en escena: los lentes de enfoque y los reflectores parabólicos, el análisis de frecuencia de las ondas sonoras, el servocontrol, la sonda de ultrasonidos, el separador en el almacenamiento de la entrada de información y otras incontables técnicas de nombres difíciles cuyos detalles no interesan.

¿Qué podemos decir sobre la simulación? Bien, cuando tienes que tomar una decisión difícil que involucra ciertos elementos desconocidos en el futuro, empleas un tipo de simulación. Imaginas que sucedería si eligieses cualquiera de las alternativas que se te presentan. Imaginas un modelo que no abarque la totalidad del mundo sino un restringido juego de entidades que piensas pueden ser relevantes. Puedes apreciarlas de manera vívida en tu mente o puedes imaginar y manipular abstracciones estilizadas de ellas. En cada caso es improbable que en algún lugar de tu cerebro se encuentre un modelo espacial de los sucesos que estás imaginando. De igual forma que en la computadora, los detalles de cómo tu cerebro representa su modelo del mundo es menos importante que el hecho de que es capaz de utilizar y predecir acontecimientos posibles. Las máquinas de supervivencia que pueden simular el futuro se encuentran un salto adelante de las máquinas de supervivencia que sólo pueden aprender sobre la base del ensayo. El problema con el método de tanteo empleado en demasía radica en que absorbe tiempo y energía. El problema de los ensayos que dan un resultado negativo es que, a menudo, pueden resultar fatales. La simulación es más rápida a la vez que más segura.

La evolución de la capacidad de simular parece haber tenido su culminación en el conocimiento subjetivo. Por que tuvo que suceder esto es, para mí, el misterio más profundo con que se enfrenta la biología moderna. No hay razones para suponer que las computadoras electrónicas sean conscientes cuando simulan, aun cuando debemos admitir que en el futuro ello puede suceder. Quizá la conciencia surja cuando la simulación cerebral del mundo llega a ser tan compleja que debe incluir un modelo de sí misma. Obviamente las extremidades y el cuerpo de una máquina de • supervivencia deben constituir una parte importante de su mundo simulado; presumiblemente por el mismo tipo de razón, la simulación misma puede ser considerada como una parte del mundo destinada a ser simulada. Otro término que exprese esta idea podría ser «conocimiento de sí mismo», pero pienso que ésta no es una explicación plenamente satisfactoria de la evolución de la conciencia y ello se debe solamente en parte a que involucra una regresión infinita. Si existe un modelo del modelo, ¿por que no un modelo del modelo del modelo...?

Cualesquiera que sean los problemas filosóficos planteados por la conciencia, en beneficio de nuestro argumento puede ser considerada como la culminación de una tendencia evolutiva hacia la emancipación de las maquinas de supervivencia, en su calidad de ejecutivos que toman decisiones, de sus maestros últimos, los genes.

Los cerebros no tan sólo están a cargo de la administración diaria de los asuntos de las maquinas de supervivencia sino que han adquirido la habilidad de predecir el futuro y de actuar de acuerdo a ello. Tienen, incluso, el poder de rebelarse contra los dictados de los genes, por ejemplo, al negarse a tener todos los hijos que son capaces de engendrar. Pero en este aspecto el hombre constituye un caso muy especial, como veremos más adelante.

¿Qué tiene que ver todo esto con el altruismo y el egoísmo? Estoy tratando de intensificar la idea de que el comportamiento animal, ya sea altruista o egoísta, se encuentra bajo el control de los genes sólo de una manera indirecta, pero en un sentido muy poderoso. Al dictaminar la forma en que las maquinas de supervivencia y sus sistemas nerviosos son construidos, los genes ejercen un poder fundamental en el comportamiento. Pero las decisiones inmediatas y la continuidad de ellas son tomadas por el sistema nervioso. Los genes son los diseñadores de la política primaria; los cerebros, sus ejecutivos. A medida que los cerebros evolucionan y se tornan altamente desarrollados, se hacen cargo, cada vez en una mayor medida, de las decisiones respecto a la política a seguir y para ello utilizan trucos y simulación. La conclusión lógica de ésta tendencia, aun no alcanzada en especie alguna, sería que los genes le dieran a la máquina de supervivencia una sola instrucción general de la política a seguir, que sería más o menos ésta: haz lo mejor que te parezca con el fin de mantenernos vivos.

Las analogías entre las computadoras y la toma de decisiones por los seres humanos está muy bien. Pero ahora debemos regresar a la realidad y recordar que la evolución, de hecho, ocurre paso a paso, a través de la supervivencia diferencial de los genes en el acervo génico. Por lo tanto, para que evolucione un modelo de comportamiento altruista o egoísta—, es necesario que un gen «para» ese comportamiento determinado subsista en el acervo génico con mayor éxito que un gen rival, o alelo, «para» un tipo distinto de comportamiento. Un gen para el comportamiento altruista significa cualquier gen que ejerza influencia sobre el sistema nervioso de tal manera que los seres tiendan a comportarse altruísticamente. ¿Existe alguna evidencia experimental de herencia genética respecto al comportamiento altruista? No, hecho no sorprendente si consideramos el escaso trabajo realizado en la genética de cualquier comportamiento. En lugar de ello, me referiré a un estudio de un modelo de comportamiento que no es obviamente altruista pero que sí es bastante complejo para resultar interesante. Sirve de modelo para determinar como el comportamiento altruista puede ser heredado.

Las abejas melíferas sufren una enfermedad infecciosa denominada lo que. Ataca a las larvas en sus celdillas. De la especie domesticada empleada por los apicultores, algunas corren más riesgo de contraer dicha enfermedad que otras, y resulta que la diferencia entre las razas es, por lo menos en ciertos casos, relativa al comportamiento. Existen las llamadas razas higiénicas que rápidamente erradican las epidemias mediante la localización de las larvas infectadas, arrastrando dichas larvas fuera de sus celdillas y arrojándolas fuera de las colmenas. Las razas susceptibles lo son porque no practican este infanticidio higiénico. El comportamiento realmente involucrado en este método higiénico es bastante complicado. Las obreras deben localizar la celdilla de cada una de las larvas infectadas, remover la capa de cera que recubre la celdilla, extraer la larva, arrastrarla a través de la puerta de la colmena y arrojarla al descargadero de los desperdicios.

Hacer experimentos genéticos con las abejas es un asunto bastante complicado por diversas razones. Las obreras no se reproducen ordinariamente, de tal manera que es necesario cruzar una abeja reina de una raza con un zángano (macho) de otra raza y luego observar el comportamiento de las hijas obreras. Esto es lo que hizo W. C. Rothenbuhler. Descubrió que todas las colmenas de la primera generación de hijas híbridas eran no higiénicas: el comportamiento del padre perteneciente a la raza higiénica parecía haberse perdido, aun cuando resultó que los genes higiénicos se encontraban todavía allí, pero eran recesivos, al igual que los genes para los ojos azules. Cuando Rothenbuhler «volvió a cruzar» a los híbridos de la primera generación con una raza higiénica pura (nuevamente empleando, por supuesto, a abejas reinas y zánganos), obtuvo un resultado muy hermoso. Las hijas abejas de la colmena se dividieron en tres grupos. Uno de ellos demostró un comportamiento higiénico perfecto, un segundo grupo demostró carecer totalmente de dicho comportamiento y el tercero demostró un comportamiento intermedio. Este último grupo perforó las celdillas de cera de las larvas enfermas pero no continuó con el proceso de arrojar la larva. Rothenbuhler conjeturó que podía haber dos genes separados, uno para destapar la celdilla y otro gen para arrojar la larva fuera de la colmena. Las razas higiénicas normales poseen ambos genes y, en cambio, las razas susceptibles de contraer la enfermedad poseen sus alelos —rivales—. Los híbridos que sólo llegaron hasta la mitad del camino poseían, presumiblemente, el gen para romper la celdilla (en dosis doble) pero no aquellos genes para arrojar fuera a la larva. Rothenbuhler dedujo que su grupo experimental de abejas aparentemente en su totalidad no higiénicas, podían ocultar un subgrupo que poseía el gen para expulsar a la larva enferma, pero incapaz de demostrarlo porque carecían de los genes para romper las celdillas. Confirmó esta suposición de la manera más elegante al abrir él mismo las celdillas. Ciertamente, la mitad de las abejas aparentemente no higiénicas mostraron, desde ese momento, un comportamiento perfectamente normal en cuanto a arrojar las larvas fuera de la colmena.

Esta historia ilustra una serie de puntos importantes que surgieron en el capítulo anterior. Demuestra que es perfectamente adecuado hablar de «un gen para un comportamiento determinado» aun si no tenemos la menor idea de la cadena química de causas embrionarias que relacionen el gen con el comportamiento. Puede resultar, incluso, que la cadena de causas involucre al conocimiento. Por ejemplo, podría suceder que los genes para abrir las celdillas ejerzan su efecto otorgando a las abejas una capacidad para distinguir, por medio del gusto, la cera infectada. Ello significaría que el hecho de comer la cera de las celdillas que cubren a las víctimas de la enfermedad les resulte gratificante y, por lo tanto, tiendan a repetirlo. Aun si así fuese como trabaja este gen será, todavía, un verdadero gen «para abrir las celdillas» siempre que, manteniéndose iguales los demás factores, las abejas que poseen el gen terminen por abrir las celdillas y las abejas que no lo poseen, no lo hagan.

Como segundo punto, veremos que, también, ilustra el hecho de que los genes «cooperan», en sus efectos, sobre el comportamiento de la máquina de supervivencia comunal. El gen para arrojar la larva es inútil a menos que vaya acompañado por el gen que abre la celdilla, y viceversa. Sin embargo, los experimentos genéticos demuestran, con igual claridad, que ambos genes son, en principio, separables en su viaje a través de las generaciones. En cuanto concierne a su útil trabajo, se puede pensar en ellos como una única unidad cooperadora, pero en cuanto a genes que se reproducen, son dos agentes libres e independientes.

En bien de nuestra hipótesis será necesario especular sobre los genes «para» que hagan todo tipo de cosas improbables. Si me refiero, por ejemplo, a un gen hipotético «para salvar a compañeros de ahogarse» y tal concepto parece increíble, recuérdese la historia de las abejas higiénicas. Recuérdese que no estamos hablando sobre el gen como el único antecedente de todas las complejas contracciones musculares, integraciones sensoriales y aun decisiones conscientes que se encuentran involucradas al salvar a alguien de ahogarse. Nada expresamos sobre el problema de si el aprendizaje, la experiencia o las influencias del medio ambiente entran en el desarrollo del comportamiento. Sólo debemos conceder que es posible para un solo gen —siendo iguales todos los demás factores y muchos otros genes esenciales, así como la presencia de factores del medio ambiente— hacer que un cuerpo tenga una mayor disposición a salvar a alguien de ahogarse de la que tendría su alelo. La diferencia entre los dos genes puede resultar, en el fondo, una pequeña diferencia en una simple variable cuantitativa. Los detalles del proceso de desarrollo embriónico, por muy interesantes que sean, son irrelevantes en cuanto a las consideraciones sobre la evolución. Konrad Lorenz ha dejado muy bien establecido este punto.

Los genes son maestros de la programación, y programan para sus vidas. Son juzgados de acuerdo con el éxito de sus programas al afrontar todos. los riesgos que la vida lanza a sus máquinas de supervivencia, y el juez es el juez implacable del tribunal de la supervivencia. Más adelante veremos medios por los cuales la supervivencia de los genes puede ser fomentada por lo que parece ser un comportamiento altruista. Pero el obvio primer lugar entre las prioridades de una máquina de supervivencia, y del cerebro que toma las decisiones en su beneficio, es la supervivencia y la reproducción del individuo. Todos los genes de la «colonia» estarían de acuerdo sobre estas prioridades. Los animales, por lo tanto, llegan a extremos elaborados para encontrar y cazar sus alimentos; para evitar ser cazados y comidos; para evitar las enfermedades y los accidentes; para protegerse de las condiciones climáticas desfavorables; para encontrar miembros del sexo opuesto y persuadirlos de convertirse en su pareja; y para otorgar a sus hijos ventajas

similares a aquellas que gozan ellos mismos. No daré ejemplos —si se desea alguno, obsérvese cuidadosamente al primer animal salvaje que se tenga ocasión de contemplar. Pero sí deseo mencionar un tipo especial de comportamiento, ya que necesitaremos referirnos a él de nuevo cuando hablemos de altruismo y egoísmo. Me refiero al comportamiento que se puede calificar, en sentido general, como comunicación.

Puede decirse que una máquina de supervivencia se ha comunicado con otra cuando influye en su comportamiento o en el estado de su sistema nervioso. No es ésta una definición que me guste tener que defender durante mucho tiempo, pero es bastante buena para nuestros propósitos actuales. Por influencia quiero decir influencia causal directa. Los ejemplos de comunicación son numerosos: los cantos de los pájaros, de las ranas y de los grillos; el agitar de la cola y el erizar de pelos en los perros; la «risa» de los chimpancés; los gestos y el lenguaje humanos. Un gran número de acciones de las máquinas de supervivencia promueven, de manera indirecta, el bienestar de los genes al influir el comportamiento de otras máquinas de supervivencia. Los animales hacen grandes esfuerzos para lograr que esta comunicación sea efectiva. Los cantos de los pájaros han encantado y desconcertado a sucesivas generaciones de hombres. Ya me he referido al más elaborado y misterioso canto de la ballena jorobada, con su prodigioso alcance, sus frecuencias que abarcan la totalidad del alcance del oído del hombre, y que va desde los subsónicos ruidos sordos hasta los chillidos ultrasónicos. Los cortones o grillos cebolleros amplifican su canto hasta alcanzar un volumen estentóreo al cantar en un hueco que ellos mismos cavan cuidadosamente en forma de un cuerno de doble exponencial, o megáfono. Las abejas danzan en la oscuridad con el fin de dar a otra» abejas información exacta sobre la dirección y distancia en que se encuentra la comida, hazaña de comunicación que sólo encuentra paralelo en el lenguaje humano.

La historia tradicional narrada por los etólogos es que las señales de comunicación se desarrollan en mutuo beneficio del que envía y del que recibe el mensaje. Por ejemplo, los polluelos influyen el comportamiento de su madre al piar en un tono alto y penetrante cuando se encuentran perdidos o sienten frío. Ello normalmente produce el efecto inmediato de lograr que la madre acuda y conduzca sus polluelos a la nidada. Se puede decir que este comportamiento se ha desarrollado en beneficio mutuo en el sentido de que la selección natural ha favorecido a los polluelos que pían cuando se encuentran perdidos y también a las madres que responden de manera adecuada a la piada.

Si lo deseamos (no es, realmente, necesario) podemos considerar que las señales tales como las de las llamadas de las ovejas poseen un significado, o son portadoras de información: en este caso, «Me encuentro perdido». La llamada de alarma emitida por pájaros pequeños, que mencioné en el capítulo primero, puede decirse que transmite información: «Hay un halcón». Los animales que reciben dicha información y actúan de acuerdo a ella resultan beneficiados. Por lo tanto, la información puede decirse que es cierta. Pero, los animales ¿comunican alguna vez falsas informaciones? ¿Dicen mentiras?

La noción de que un animal transmite una mentira está sujeta a error. De manera que debo prevenir tal situación. Recuerdo haber escuchado una conferencia dada por Beatrice y Allen Gardner sobre su famoso chimpancé «parlante» Washoe (emplea el Lenguaje de Signos Norteamericano, y su logro es de gran interés potencial para los estudiosos del lenguaje). Había algunos filósofos presentes en la sala, y en el debate sostenido después de la conferencia se mostraron muy inquietos respecto al problema de si Washoe podía decir una mentira. Tuve la impresión de que los Gardner pensaban que había aspectos más importantes que tratar, y yo estaba de acuerdo con ellos. En el presente libro empleo términos como «engaño» y «mentira» en un sentido mucho más directo que aquellos filósofos. Ellos estaban interesados en la intención consciente de practicar el engaño. Si un pájaro utilizara la señal «Hay un halcón» cuando no hubiera ninguno y con ello lograra asustar y ahuyentar a sus compañeros con el fin de quedar solo para comerse todo el alimento, podríamos decir que dicho pájaro expresó una mentira. No querríamos decir con ello que, deliberadamente, tuvo la intención consciente de engañar. Todo lo que queda implícito es que el mentiroso obtuvo su comida a expensas de los demás pájaros, y la razón por la cual estos últimos se desbandaron fue debida a su reacción ante el grito del mentiroso, de una manera apropiada ante la presencia de un halcón.

Muchos insectos comestibles, como las mariposas del capítulo anterior, obtienen protección imitando la apariencia externa de otros insectos desagradables o provistos de un aguijón. Nosotros mismos nos engañamos a menudo, confundiendo a un tipo de mosca revoloteadora a rayas amarillas y negras con una avispa. Ciertas abejas que imitan a las moscas son aún más perfectas en su impostura. Los predadores también mienten. El alacrán marino espera, pacientemente, en el fondo del mar, fusionándose casi con el trasfondo. La única parte conspicua es un pedazo de carne, de apariencia de gusano, al extremo de una «caña de pescar» que se proyecta desde la parte más alta de su cabeza. Cuando se acerque una presa en forma de pez pequeño, el alacrán marino hará danzar su carnada en forma de gusano frente al pececillo con el fin de atraerlo hasta la región donde se encuentra oculta su propia boca. Abrirá, repentinamente, sus mandíbulas y el pececillo será succionado y devorado. El alacrán marino mentira, explotando la tendencia del pececillo a acercarse a los objetos que tengan la apariencia y se retuerzan como gusanos. Dirá: «Aquí hay un gusano», y cualquier pez pequeño que «crea» la mentira será rápidamente comido.

Algunas máquinas de supervivencia explotan el deseo sexual de otras. Las orquídeas en forma de abejas inducen a las abejas a copular con sus flores debido a su enorme parecido con las abejas hembras. Lo que la orquídea gana con este engaño es la polinización, ya que una abeja que sea engañada por la apariencia de los orquídeas transportará, de paso, el polen de una a otra. Las luciérnagas (que, en realidad, son escarabajos) atraen a sus compañeros lanzando pequeños relámpagos de luces a ellos destinados. Cada especie posee su intermitente patrón de luces que impide la confusión entre las especies y la consiguiente y perjudicial hibridación. Al igual que los marineros buscan los tipos de señales de determinados faros, así las luciérnagas buscan las señales codificadas de sus propias especies. Las hembras del género Photuris han «descubierto» que pueden atraer a los machos del género Photinus si imitan el código de luces empleado por una hembra Photinus. Ellas así lo hacen, y cuando un macho Photinus es engañado y se aproxima, es sumariamente devorado por la hembra Photuris. Las sirenas y Lorelei surgen en nuestras mentes como analogías, pero los habitantes de Cornualles preferirán pensar en que los naufragios de tiempos antiguos eran provocados por hombres que empleaban linternas para atraer los barcos contra las rocas y luego saquear los cargamentos que arrojaban los buques naufragados.

Siempre que se desarrolla un sistema de comunicación, existe el peligro constante de que alguien explote el sistema para sus propios fines. Hemos sido criados bajo la perspectiva de la evolución que considera «el bien de las especies» y, naturalmente, pensamos que los mentirosos y los engañadores pertenecen a especies diferentes: predadores, víctimas, parásitos, etc. Sin embargo, debemos esperar que surjan mentiras y engaños y explotación egoísta de la comunicación, siempre que difieran los intereses de los genes de individuos diferentes. Ello incluirá a individuos de la misma especie. Como veremos, debemos esperar que los niños engañen a sus padres, los maridos a sus esposas y los hermanos mientan a sus hermanos.

Aun la creencia de que las señales de comunicación animal se desarrollaron originalmente para fomentar el beneficio mutuo y luego, más adelante, fueron explotadas por partes malévolas, es demasiado simple. Bien puede ser que toda comunicación animal contenga un elemento de engaño desde el principio, ya que toda interacción animal involucra, por lo menos, algún conflicto de intereses. El siguiente capítulo nos presenta un vigoroso concepto relacionado con los conflictos de intereses analizados desde un punto de vista evolutivo.



5. AGRESIÓN: LA ESTABILIDAD Y LA MÁQUINA EGOÍSTA

El presente capítulo abordará, en su mayor parte, el tópico con tanta frecuencia mal entendido de la agresión. Continuaremos tratando al individuo como a una máquina egoísta, programada para realizar cualquier cosa que sea mejor para sus genes considerados en su conjunto. Éste es el lenguaje de la conveniencia. Al finalizar el capítulo retornaremos al lenguaje de los genes individuales.

Para una máquina de supervivencia, otra máquina de supervivencia (que no sea su propio hijo u otro pariente cercano) constituye una parte de su entorno, al igual que una roca, un río o un bocado de alimento. Es algo que obstruye el camino o que puede ser utilizado. Difiere de una roca o un río en un aspecto importante: tiene tendencia a devolver el golpe. Ello se debe a que también es una máquina que guarda sus genes inmortales en administración para el futuro, y al igual que la primera máquina de supervivencia no se detendrá ante nada para preservarlos. La selección natural favorece a los genes que controlan a sus máquinas de supervivencia de tal manera que hacen el mejor uso posible de su entorno. Ello incluye el hacer el» mejor uso de otras máquinas de supervivencia, ya sea de la misma especie o de especies diferentes.

En algunos casos las máquinas de supervivencia parecen casi no interferir en las vidas de unas y otras. Por ejemplo, los topos y los mirlos no se comen entre sí, no forman parejas o compiten por el espacio vital. Aun así, no debemos considerarlos como aislados totalmente. Pueden competir por algo, quizá por los gusanos de tierra. Ello no significa que alguna vez se vea a un topo y a un mirlo tirando de los extremos opuestos de un gusano; en realidad, es probable que un mirlo ni siquiera pose sus ojos sobre un topo en toda su vida. Pero si se eliminara a la población de topos, el efecto sobre los mirlos sería dramático, aun cuando no me atrevo a predecir sus detalles, ni por cuáles rutas indirectas y tortuosas podría ejercerse dicha influencia.

Las máquinas de supervivencia de diferentes especies se influyen unas a otras en una variedad de formas. Pueden ser predadores o victimas, parásitos o huéspedes competidores por algún recurso escaso. Pueden ser explotados de maneras especiales, como por ejemplo cuando las abejas son utilizadas, como portadoras del polen, por las flores.

Las máquinas de supervivencia pertenecientes a las mismas especies tienden a intervenir más directamente en la vida de las demás. Ello se debe a diversas razones. Una de ellas es que la mitad de la población de la propia especie son compañeros potenciales, así como también padres potenciales y trabajadores explotables para sus hijos. Otra razón es que los miembros de la misma especie, al ser muy similares entre sí, siendo máquinas para preservar genes en el mismo tipo de lugar, con la misma forma de vida, son, especialmente, competidores directos de todos los recursos necesarios para la vida. Para un mirlo, un topo puede ser un competidor, pero no es ni remotamente tan importante como otro mirlo. Los topos y los mirlos pueden competir por los gusanos, pero los mirlos entre sí compiten por los gusanos y todo lo demás. Si son miembros del mismo sexo, pueden también competir por sus parejas sexuales. Por razones que veremos más adelante, normalmente los machos son los que compiten entre sí por las hembras. Ello significa que un macho puede beneficiar a sus propios genes si efectúa algo dañino a otro macho con el cual se encuentra compitiendo.

La política lógica para una máquina de supervivencia podría ser, en apariencia, asesinar a sus rivales y luego, de manera preferente, comérselos. Aun cuando el asesinato y el canibalismo ocurren en la naturaleza, no son tan comunes como una interpretación ingenua de la teoría relativa al egoísmo de los genes podría predecir. En realidad, Konrad Lorenz, en su libro Sobre la agresión, subraya el carácter restringido y caballeroso de la lucha animal. Para él el hecho notable de las luchas entre animales es que son torneos formales reñidos según reglas precisas, como las que rigen en el boxeo o en la esgrima. Los animales pelean con los puños enguantados y con los floretes despuntados. Las amenazas y la fanfarronada reemplazan a la intensidad mortal. Los gestos de rendición son reconocidos por los vencedores, quienes se abstienen de asestar el golpe o el mordisco mortal que nuestra ingenua teoría podría esperar.

Esta interpretación de la agresión animal, de cualidades restringidas y formales, puede ser discutida. En especial, es ciertamente un error condenar al pobre Homo sapiens como perteneciente a la única especie que mata a sus propios congéneres, como el único heredero de la marca de Caín, y otros cargos similares melodramáticos. El hecho de que un naturalista acentúe la violencia o la moderación en las agresiones animales depende, en cierta medida, de las especies de animales que él suele observar, y en parte, de las ideas preconcebidas que tenga sobre la evolución —Lorenz, después de todo, es partidario de la teoría del «bien de las especies». Aun si ha sido exagerado, el punto de vista de las luchas entre animales con los puños enguantados parece implicar, por lo menos, algo de verdad. Superficialmente aparenta ser un tipo de altruismo. La teoría del gen egoísta debe afrontar la difícil tarea de dar una explicación. ¿A que se debe que los animales no intenten matar a los miembros rivales en todas las oportunidades posibles?

La respuesta general a este problema es que existen costos, así como beneficios, derivados de una belicosidad declarada, para no considerar sólo los costos obvios en tiempo y energía. Por ejemplo, supongamos que tanto B como C son mis rivales, y, por casualidad, me encuentro con B. Podría parecer un acto prudente de mi parte, en mi calidad de individuo egoísta, tratar de matar a B. Pero, pensemos un momento. También C es mi rival, y C es también el rival de B. Al matar a B le estoy haciendo, potencialmente, un favor a C ya que elimino a uno de sus rivales. Quizá sería mejor dejar a B con vida, pues entonces él podría competir o luchar con C beneficiándome a mí indirectamente. La moraleja que se desprende de este simple e hipotético ejemplo es que no existe un mérito obvio en tratar de matar, de forma indiscriminada, a los rivales. En un amplio y complejo sistema de rivalidades, eliminar a un rival de la escena no representa, necesariamente, un beneficio: es posible que otros rivales se beneficien con su muerte más que uno mismo. Éste es el tipo de dura lección que han tenido que aprender los funcionarios encargados del control de las plagas. Se presenta una plaga agrícola seria, se descubre una buena forma de exterminarla y alegremente se actúa en concordancia, sólo para descubrir que otra plaga se beneficia con la exterminación más que el agricultor, quien termina peor que antes.

Por otra parte, podría parecer una buena idea matar o al menos luchar contra ciertos rivales de una manera preferente. Si B es un elefante marino que posee un gran harén de hembras, y yo soy otro elefante marino que puedo apoderarme de su harén matándolo, podría sentirme tentado a intentarlo. Pero existen costos y riesgos aun en la belicosidad selectiva. Obra en ventaja de B el hecho de luchar a la defensiva, tratando de resguardar su valiosa propiedad. Si yo inicio una lucha, tengo tantas posibilidades de terminar muerto como las tiene él. Quizá más aun. Él posee un recurso valioso, y por ello deseo luchar contra él. Pero ¿por que posee dicho recurso? Quizá lo ganó en un combate. Probablemente haya derrotado a otros retadores antes de luchar conmigo. Probablemente sea un buen luchador. Aun si gano la pelea y obtengo el harén, tal vez quede tan magullado que no pueda gozar de los beneficios. También la lucha requiere tiempo y energía. Quizá sea mejor conservarlas por el momento. Si me concentro en alimentarme y procuro quedar al margen de los problemas durante algún tiempo, creceré y me pondré más fuerte. Lucharé contra él por el harén al fin, pero puedo tener una mejor oportunidad de ganar más tarde si espero, en vez de precipitarme ahora.

Este soliloquio subjetivo es sólo una manera de señalar que una decisión para emprender o no una batalla debería ir precedida, idealmente, por un cálculo complejo, si bien inconsciente, de los «costos-beneficios». Los beneficios potenciales no aparecen todos a favor de la lucha, aunque indudablemente algunos sí lo están. De manera similar, durante la pelea, cada decisión táctica sobre si es aconsejable seguir la escalada e intensificarla o enfriarla implica costos y beneficios que debieran ser, en principio, analizados. Los etólogos han apreciado este problema desde hace mucho tiempo, pero de una forma imprecisa, lo que ha inducido a J. Maynard Smith, no considerado normalmente como un etólogo, a expresar la idea enérgica y claramente. En colaboración con G. R. Price y G. A. Parker, emplea la rama de las matemáticas conocida como técnica de la ley de probabilidades. Sus refinadas ideas pueden ser expresadas en palabras corrientes sin utilizar símbolos matemáticos, si bien es cierto que ello afecta, en parte, al rigor.

El concepto esencial que introduce Maynard Smith se refiere a la estrategia evolutivamente estable, idea que él reconstruye a partir de W. D. Hamilton y R. H. MacArthur. Una «estrategia» es una política de comportamiento preprogramada. Un ejemplo de estrategia sería: «Atacar al adversario; si huye, perseguirlo; si contraataca, huir.» *Es importante tener en cuenta que no nos estamos refiriendo. a una estrategia conscientemente ideada por el individuo. Es necesario recordar que estamos representando al animal como una máquina de supervivencia robot provista de una computadora preprogramada que controla los músculos. Representar la estrategia como un juego de simples instrucciones en nuestro idioma es sólo una forma conveniente para que nosotros podamos considerarla. Por algún mecanismo no especificado, el animal se comporta como si estuviese siguiendo dichas instrucciones.

Una estrategia evolutivamente estable o EEE es definida como una estrategia que, si la mayoría de la población la adopta, no puede ser mejorada por una estrategia alternativa. Es una idea sutil e importante. Otra manera de expresarlo sería decir que la mejor estrategia a seguir por un individuo depende de lo que la mayoría de la población esté haciendo. Ya que el resto dc la población consiste en individuos, cada uno de los cuales trata de potenciar al máximo su propio éxito, la única estrategia que persista será la que, una vez evolucionada, no pueda ser mejorada por ningún individuo que difiera de ella. A un cambio ambiental considerable puede seguir un breve período de inestabilidad evolutiva, quizá se produzca una fluctuación entre la población. Pero una vez que se logra una EEE, ésta permanecerá; la selección penalizará cualquier desviación respecto de ella.

Con el fin de aplicar ésta idea a la agresión, consideremos uno de los casos hipotéticos más simples de Maynard Smith. Supongamos que existen dos tipos de estrategia de lucha en una población de especies determinadas, llamadas halcones y palomas. (Los nombres se refieren a su uso convencional por parte de los seres humanos y no guardan relación con los hábitos de los pájaros de los cuales se han derivado los nombres; las palomas son, en realidad, pájaros bastante agresivos.) Todo individuo de nuestra población hipotética está clasificado ya sea como halcón o como paloma. Los halcones lucharán siempre tan dura y desenfrenadamente como les sea posible, replegándose sólo cuando se encuentren gravemente heridos. Las palomas se limitarán a amenazar de una forma digna y convencional, sin dañar jamás a nadie. Si un halcón ataca a una paloma, ésta se alejará rápidamente y así no resultará dañada. Si un halcón ataca a otro halcón, continuarán la lucha hasta que uno de ellos resulte muerto o gravemente herido. Si una paloma se enfrenta a otra paloma nadie saldrá lesionado; se limitarán a asumir una postura, una frente a la otra, durante un largo tiempo hasta que una de ellas se canse o decida no molestarse más y, por lo tanto, ceda. Por el momento, asumiremos que no hay forma de que un individuo pueda saber, por adelantado, si un rival determinado es un halcón o una paloma. Sólo lo descubre al iniciarse la lucha, y no guarda memoria de pasadas luchas con otros individuos por las cuales guiarse.

Ahora, como una convención puramente arbitraria, asignaremos «puntos» a los contendientes. Digamos 50 puntos por ganar o por perder — 100 puntos por resultar gravemente herido, y — 10 por perder el tiempo en una larga disputa. Puede considerarse que dichos puntos son directamente convertibles en la moneda de supervivencia de los genes. Un individuo cuya puntuación sea alta, que tenga un alto promedio de «pago»; es un individuo que deja tras de sí muchos genes en el acervo génico. Dentro de amplios límites, los valores numéricos no cuentan para el análisis, pero nos ayudan a pensar acerca del problema.

El aspecto importante es que no estamos interesados en si los halcones derrotarán a las palomas cuando peleen con ellas. Ya sabemos la respuesta: los halcones siempre ganarán. Lo que nos interesa saber es si los halcones o las palomas constituyen una estrategia evolutivamente estable. Si una • de ellas es una EEE y la otra no lo es, hemos de esperar que la que es una EEE evolucionará. Teóricamente es posible que haya dos EEE. Ello sería cierto si, cualquiera que fuese la estrategia mayoritaria de la población, ya sea la del halcón o la de la paloma, la mejor estrategia para un individuo fuera atenerse a ella. En este caso, la población tendería a seguir cualquiera de los dos estados estables que se produjese primero. Sin embargo, como ahora veremos, ninguna de estas dos estrategias, halcón o paloma, podrían ser evolutivamente estables por sí solas |r, por lo tanto, no deberíamos esperar que ninguna de ellas evolucionará. Para demostrarlo debemos calcular el promedio de los resultados finales.

Supongamos que tenemos una población consistente enteramente en palomas. Siempre que se pelean, nadie resulta herido. Los enfrentamientos consisten en torneos rituales y prolongados, duelos llamativos quizá, que no finalizan hasta que un rival cede. El ganador obtiene entonces 50 puntos por conseguir una ventaja en la disputa, pero paga una sanción de — 10 por perder el tiempo en una larga contienda de miradas fijas, de manera que consigue 40 puntos en total. El perdedor también sufre una penalización de — 10 puntos por perder el tiempo. Como promedio, cualquier paloma individual puede ganar la mitad de sus disputas y perder otras tantas. Por lo tanto, su resultado final por contienda es el promedio de + 40 y — 10, lo que equivale a +15. Considerando lo anteriormente expuesto, cada paloma individual en una población de palomas parece desempeñarse bastante bien.

Pero supongamos ahora que en la población surge un halcón mutante. Ya que él es el único halcón que se encuentra por los alrededores, todas sus luchas serán contra una paloma. Los halcones siempre vencen a . las palomas, de tal manera que él obtiene + 50 por cada pelea y es éste su resultado final. Goza de una enorme ventaja sobre las palomas cuyo promedio de puntos logrado sólo alcanza a + 15. Como resultado de ello, los genes de los halcones se esparcirán rápidamente a través de la población. Producto de esta nueva situación, cada halcón ya no puede contar con que cada rival que tenga enfrente será una paloma. Para tomar un ejemplo extremo: si los genes de los halcones se esparcieran tan prósperamente que toda la población estuviese formada por halcones, todas las peleas serían entre halcones. Las cosas serían ahora muy diferentes. Cuando un halcón se enfrenta a otro, uno de ellos resulta seriamente herido y obtiene una puntuación de — 100, mientras que el ganador logra + 50 puntos. Cada halcón, en una población de halcones, puede esperar ganar la mitad de sus batallas. Su promedio de puntos por pelea se encontraría, por lo tanto entre +50 y — 100, lo que da un resultado de — 25. Consideremos ahora una sola paloma en una población de halcones. Seguramente perderá todas sus peleas, pero, por otra parte, nunca resultará dañada. Su promedio de puntos obtenidos será de 0 en una población de halcones, mientras que el promedio logrado por un halcón en una población de halcones es de — 25. Los genes de las palomas, por consiguiente, tenderán a esparcirse a través de la población.

De la forma en que he narrado la historia parece ser que se provocará una continua oscilación en la población. Los genes de los halcones impondrán su influjo creciente; luego y como consecuencia de la mayoría de halcones, las palomas obtendrán ventaja y aumentarán su número hasta que, una vez más, los genes de los halcones comiencen a prosperar, y así sucesivamente. Sin embargo, no tiene por que provocarse una oscilación como la descrita. Existe una relación estable entre halcones y palomas. Para el sistema especial de puntos arbitrarios que estamos empleando, la relación estable, si se deduce, sería de —5/12— palomas a —7/12— halcones. Cuando se alcanza esta relación estable, el resultado promedio de los halcones es exactamente igual al resultado promedio de las palomas. Por ende, la selección no favorece a uno más que a otro. Si el número de halcones en una población empezara a elevarse de tal manera que la relación dejara de ser de —7/12—, las palomas empezarían

a lograr una ventaja adicional, y la relación volvería a situarse en su estado estable. Así como encontraremos que la relación estable en el sexo es de 50:50, de igual manera la relación estable entre halcones y palomas, en este hipotético caso, es de 7:5. En cada caso, si hay oscilaciones en torno al punto estable éstas no son, necesariamente, considerables.

Superficialmente, parece como si nos estuviésemos refiriendo un poco a la selección de grupo, pero en realidad no se trata de nada por el estilo. Parece selección de grupo porque nos permite pensar en una población poseedora de un equilibrio estable, al cual tiende a retornar cuando éste es perturbado. Pero la EEE es un concepto bastante más sutil que la selección de grupo. No tiene relación alguna con el hecho de que algunos grupos tengan más éxito que otros. Ello puede quedar muy bien explicado si empleamos el arbitrario sistema de puntos de nuestro hipotético ejemplo. Un individuo obtiene como promedio un resultado final de 6 1/4— en una población estable consistente en 7/12 de halcones y — 5/12— de palomas. Este resultado es válido tanto si el individuo es un halcón como si es una paloma.

Bien, 6 1/4 es un promedio bastante más bajo que el resultado final obtenido por una paloma en una población de palomas (15). Solamente si todos estuviesen de acuerdo en ser una paloma, todos los individuos resultarían beneficiados. Por medio de una simple selección de grupo, tendríamos que cualquier grupo en el cual todos los individuos estuviesen mutuamente de acuerdo para ser palomas tendría mucho más éxito que un grupo rival situado en relación a la EEE. (En realidad, una concentración integrada sólo por palomas, no constituiría el grupo con mayores posibilidades de éxito. Un grupo consistente en 1/6— de halcones y 5/6— de palomas obtendrá un resultado promedio por contienda de 16 2/3. Ésta sería la formación con mayor posibilidad de éxito, pero considerando nuestros actuales objetivos, podemos ignorarla. Una concentración más simple, constituida por palomas exclusivamente, con su promedio final, por individuo, de 15, presenta un resultado individual bastante mejor que el dado por la EEE.) Así, la teoría de la selección de grupo pronosticaría una tendencia hacia la evolución que favorecería a una concentración de palomas exclusivamente, ya que un grupo que contuviese una proporción

de 7/12 de halcones resultaría menos próspero. Pero el problema que plantean estas concentraciones, aun aquellas que resultan, a largo plazo, en beneficio de todos, es que son propensas a que se cometan abusos en su seno. Es un hecho cierto que es más beneficioso para todos los miembros el pertenecer a un grupo de palomas que a un grupo de EEE. Por desgracia, en los grupos de palomas la intromisión de un solo halcón supone un éxito tan rotundo que nada puede impedir la evolución de los halcones. La concentración está, por lo tanto, destinada a ser disuelta por la traición desde dentro. Una EEE es estable, no porque sea especialmente buena para los individuos que en ella participan, sino simplemente porque es inmune a este tipo de traición.

Es posible que los seres humanos participen en pactos o conspiraciones que resulten en beneficio de cada uno de los individuos implicados, aun cuando ellos no sean estables en el sentido de la EEE. Ello es posible sólo por el hecho de que cada individuo emplea su previsión consciente y es capaz de comprender que favorece a sus propios intereses, a largo plazo, si obedece las reglas del pacto. Aun en los pactos formulados por seres humanos existe el peligro constante de que los individuos, al estar en condiciones de ganar mucho en un plazo breve, caigan en la abrumadora tentación de romperlo. Quizá el mejor ejemplo lo constituya la fijación de precios. Si se uniforman los precios de la gasolina a un determinado valor artificialmente alto, ello beneficiará, a largo plazo, a todos los dueños de garajes. La regulación de precios basada en estimaciones conscientes, considerando los mejores intereses a largo plazo, puede ser válida durante largos períodos. Una que otra vez, no obstante, un individuo cede a la tentación de reducir sus precios.

Inmediatamente, sus vecinos siguen el ejemplo y una ola de reducción de precios se extiende sobre el país. Desgraciadamente para el resto de nosotros, la previsión consciente de los dueños de garajes se reafirma y formulan un nuevo pacto de fijación de precios. De tal manera, aun en el hombre, especie que posee el don de la previsión consciente, los pactos o conjuras basados en intereses a largo plazo oscilan, constantemente, al borde del colapso debido a la traición que se produce en su seno. En los animales salvajes, controlados por los genes en lucha, es todavía más difícil determinar formas en que podrían evolucionar estrategias de conspiración o en beneficio de los grupos. Esperemos encontrar estrategias evolutivas estables por todas partes.

En nuestro ejemplo hipotético formulamos la simple conjetura de que todo individuo era o paloma o halcón. Finalizamos estableciendo una relación evolutivamente estable entre halcones y palomas. En la práctica, ello significa que existe una proporción estable entre los genes de los halcones y los genes de las palomas en el acervo génico. El término técnico genético para definir este estado es polimorfismo estable. En cuanto a las matemáticas concierne, un equivalente exacto de la EEE puede lograrse sin polimorfismo de la siguiente manera: si cada individuo es capaz de comportarse ya sea como un halcón o una paloma en cada contienda particular, puede lograrse una EEE en la cual todos los individuos tienen las mismas posibilidades de

comportarse como un halcón, es decir 7/12 según nuestro ejemplo particular. En la práctica ello significaría que cada individuo participa en cada enfrentamiento habiendo tomado una decisión al azar sobre si comportarse en esa ocasión como un halcón o como una paloma; al azar, pero con una propensión de 7:5 en favor del halcón. Es muy importante que las decisiones, aun inclinadas hacia el comportamiento propio de un halcón, se tomarían al azar en el sentido de que un rival no tiene manera de averiguar cómo se comportará su adversario en una contienda dada. No sirve, por ejemplo, interpretar el papel del halcón durante siete luchas seguidas, luego el de la paloma durante las cinco luchas siguientes, y así sucesivamente en su comportamiento. Si un individuo adoptara tan simple secuencia, su rival pronto se daría cuenta de ella y sacaría ventaja de su conocimiento. La forma de obtener ventaja de un estratega que adopta una secuencia simple es representar el papel del halcón sólo cuando se sabe que él va a interpretar el papel de la paloma.

La historia de los halcones y las palomas es, por supuesto, ingenuamente sencilla. Es un «modelo», algo que realmente no sucede en la naturaleza, pero que nos ayuda a comprender lo que sí sucede en ella. Los modelos pueden ser muy simples, como el que acabamos de presentar, y aun así ser útiles para entender un punto o captar una idea. Los modelos simples pueden ser elaborados y gradualmente tornarse más complejos. Si todo marcha bien, a medida que se vuelven más complejos se asemejan más al mundo real. Una manera por la cual podemos empezar a desarrollar el modelo de los halcones y las palomas es mediante la introducción de algunas estrategias más. Los halcones y las palomas no son las únicas posibilidades. Una estrategia más compleja presentada por Maynard Smith y Price es denominada El vengador.

Un vengador interpreta el papel de la paloma en el inicio de cada pelea. Ello quiere decir, que no monta un ataque salvaje y total como lo haría un halcón, sino que lleva a cabo un combate convencional, amenazador. Si su adversario lo ataca, retrocede sin embargo. En otras palabras, un vengador se comporta como un halcón cuando es atacado por un halcón y como una paloma cuando se enfrenta a una paloma. Cuando encuentra a otro vengador hace el papel de una paloma. Un vengador es un estratega condicional. Su comportamiento depende del comportamiento de su adversario.

Otro estratega condicional es denominado pendenciero. Un pendenciero va de un sitio a otro comportándose como un halcón hasta que alguien le devuelve los golpes. Reacciona huyendo de inmediato. Otro estratega condicional es el vengador-sonda. Un vengador-sonda es básicamente igual que un vengador, pero, ocasionalmente, intenta una breve escalada experimental en la contienda. Persiste en su comportamiento de halcón si su adversario no responde al ataque. Si, por otra parte, su adversario presenta batalla, regresa a su táctica de amenaza convencional al igual que una paloma. Si es atacado se desquita al igual que un vengador corriente.

Si las cinco estrategias que he mencionado se deja que actúen libremente en una simulación en una computadora, sólo una de ellas, la del vengador, surge como evolutivamente estable. El vengador-sonda es casi estable. La paloma no lo es debido a que una población de palomas podría ser invadida por halcones y pendencieros. El halcón no es estable porque una población de halcones podría ser invadida por palomas y pendencieros. Los pendencieros tampoco lo son, ya que una población de pendencieros podría ser invadida por halcones. Una población de vengadores no sería invadida por ninguna otra estrategia, ya que no hay otra que dé un mejor resultado que la de los mismos vengadores. No obstante, las palomas obtienen un resultado igualmente bueno en una población de vengadores. Ello significa que, siendo los demás factores iguales, el número de las palomas se puede incrementar lentamente. Ahora bien, si el número de las palomas se elevase hasta alcanza una cifra significativa, los vengadores-sonda (e, incidentalmente, los halcones y los pendencieros) empezarían a lograr una ventaja, ya que logran un resultado mejor que los vengadores cuando luchan contra las palomas. Los mismos vengadores-sonda, a diferencia de los halcones y los pendencieros, constituyen casi una EEE, en el sentido de que, en una población de vengadores-sonda, sólo una estrategia diferente de la suya, formada por los vengadores, obtiene un mejor resultado, pero sólo levemente superior. Podemos suponer, por lo tanto, que una mezcla de vengadores y vengadores-sonda podría tender a predominar, quizá con cierta oscilación en el tamaño de una pequeña minoría de palomas. Una vez más, no tenemos por que pensar en términos de un polimorfismo en el cual cada individuo interprete siempre una u otra estrategia. Cada individuo podría representar una mezcla compleja entre un vengador, un vengador-sonda y una paloma.

Dicha conclusión teórica no se encuentra muy alejada de lo que realmente sucede en la mayoría de los animales salvajes. Hemos explicado, en cierto sentido, el aspecto relativo a los «puños enguantados» en la agresión animal. Los detalles dependen, por supuesto, del exacto número de puntos asignados al ganador, al que resulta lastimado, al que pierde el tiempo, etc. En los elefantes marinos, el premio por obtener una victoria puede estar cercano a obtener derechos casi monopolistas sobre un numeroso harén de hembras. El resultado final por el triunfo debe estar, en consecuencia, calificado bastante alto. No es de extrañar que las luchas sean crueles y las probabilidades de que los combatientes resulten lesionados, muy altas. El costo de perder el tiempo debiera, presumiblemente, ser considerado pequeño en comparación con el costo de resultar herido y del beneficio al obtener la victoria. El costo de perder el tiempo para un pájaro pequeño en un clima frío, por otra parte, puede ser gigantesco. Un gran paro, cuando se encuentra alimentando a sus polluelos necesita atrapar una presa cada treinta segundos por término medio. Cada segundo de luz diurna es precioso. Aun el período relativamente corto que se emplea en una lucha de un halcón contra otro halcón podría ser, quizá, considerado como de una importancia mayor que el riesgo de resultar herido que tiene ese pájaro. Sabemos demasiado poco en la actualidad, desgraciadamente, para asignar cifras realistas a los costos y beneficios de las diversas consecuencias que resultan de los diversos actos en la naturaleza. Debemos ser cuidadosos y no extraer conclusiones que resulten, simplemente, de nuestra arbitraria elección de puntuaciones. Las conclusiones generales importantes son: las estrategias evolutivamente estables tenderán a evolucionar; una EEE no significa lo mismo que la estrategia óptima que pueda lograr la concentración de un grupo; por último, el sentido común puede ser engañoso.

Otro tipo de juego bélico que Maynard Smith ha considerado, es la «guerra de desgaste». Puede suponerse que ésta surge en especies que nunca se enzarzan en combates serios, quizás en especies muy bien protegidas, en las cuales son muy improbables las heridas. En estas especies todas las disputas se solucionan asumiendo posturas convencionales. Una contienda siempre finaliza cuando un rival u otro cede. Con el fin de ganar, todo lo que se debe hacer es permanecer firme en su posición y mirar airadamente al adversario hasta que éste, al fin, se aleje. Obviamente, ningún animal puede permitirse el gastar un tiempo infinito amenazando; hay otras cosas importantes que hacer en otro lugar. El recurso por el cual él está compitiendo es valioso, pero no infinitamente valioso. Sólo vale un determinado tiempo y, al igual que en una sala de remate, cada individuo está dispuesto a gastar una determinada cantidad. El tiempo es la moneda en está subasta en la que sólo participan dos licitadores.

Supongamos que todos los individuos calculan, por anticipado, exactamente cuánto tiempo piensan que vale un determinado tipo de recurso, digamos una hembra. Un individuo mutante que esté dispuesto a permanecer un poco más, ganará siempre. De tal manera que la estrategia de mantener un límite fijo de puja es inestable. Aun si el valor del recurso puede ser estimado de manera bastante precisa, y todos los individuos ofrecen exactamente el valor correcto, la estrategia es inestable. Si dos individuos licitan de acuerdo a está estrategia de una oferta máxima, cederán exactamente en el mismo instante y ninguno obtendrá el recurso. Sería entonces más conveniente para un individuo ceder al comienzo y no perder el tiempo en las contiendas. La diferencia importante entre una guerra de desgaste y una subasta verdadera es, después de todo, que en una guerra de desgaste ambos competidores pagan el precio, pero sólo uno de ellos obtiene la mercancía. En una población de licitadores dispuestos a pagar el máximo, por lo tanto, una estrategia de renunciar al principio de la contienda sería ventajosa y se esparciría a través de la población. Como consecuencia de ello, algún beneficio empezaría a acumularse para aquellos individuos que no cedieran inmediatamente, sino que esperasen unos cuantos segundos antes de renunciar. Esta estrategia daría buenos resultados cuando se empleara contra aquellos que se retiraran inmediatamente y que, en ese momento, predominarían en la población. La selección favorecería, entonces, una ampliación progresiva del tiempo límite antes de ceder hasta que, una vez más, se acercara al máximo permitido por el verdadero valor económico del recurso en disputa.

Una vez más, nos hemos dejado llevar por las palabras para presentar un cuadro de oscilación en una población. Una vez más, el análisis matemático nos demuestra que ello no es necesario. Existe una estrategia evolutivamente estable, que puede ser expresada como una fórmula matemática, pero en palabras sólo puede ser expresada así: cada individuo persevera durante un tiempo impredecible. Es decir, imposible de predecir en una ocasión particular, pero promediando el verdadero valor del recurso. Por ejemplo, supongamos que el recurso vale realmente cinco minutos de exhibición. En la EEE, cualquier individuo particular puede continuar durante más de cinco minutos o puede limitarse a menos de cinco minutos, o incluso puede elegir exactamente dicho período de tiempo. Lo importante es que su adversario no tiene medios de saber durante cuánto tiempo está dispuesto a persistir en este caso concreto.

Obviamente, en este tipo de guerra de desgaste es de vital importancia que los individuos no den indicio alguno de cuando van a ceder. Cualquiera que traicione, aunque sea por mover los bigotes, que está empezando a pensar en darse por vencido se encontrará, instantáneamente, en desventaja. Si, por ejemplo, el hecho de mover los bigotes fuese un signo fiable de que la retirada se producirá en el plazo de un minuto, habría una estrategia muy simple para obtener la victoria: «Si tu adversario mueve sus bigotes espera un minuto sin tomar en consideración tus propios planes en cuanto a cuando debes ceder. Si tu adversario aún no lo ha hecho y tú te encuentras a un minuto del plazo que te has fijado, cede inmediatamente y no pierdas más tiempo. Nunca muevas tus bigotes.» De esta manera, la selección natural penalizaría rápidamente el hecho de mover los bigotes y todos los signos análogos que traicionasen el futuro comportamiento. El rostro impávido o impasible evolucionaría.

¿Por que el rostro impasible, en vez de mentiras declaradas? Una vez más, porque mentir no es estable. Supongamos que la mayoría de los individuos erizasen sus pelos sólo cuando tuviesen la firme intención de continuar durante un largo período la guerra de desgaste. La obvia contratreta evolucionaría: los individuos cederían inmediatamente cuando un oponente erizara sus pelos. Ahora bien, los mentirosos podrían empezar a evolucionar. Los individuos que realmente no tuviesen intenciones de continuar durante mucho tiempo erizarían sus pelos en todas las ocasiones y cosecharían los beneficios de una victoria rápida y fácil. De esta manera los genes de los mentirosos se esparcirían. Cuando los mentirosos constituyeran la mayoría, la selección favorecería a los individuos que desenmascarasen al farsante. Por lo tanto, los mentirosos decrecerían en número nuevamente. En la guerra de desgaste, el hecho de mentir no es más evolutivamente estable que el decir la verdad. El rostro inmutable es evolutivamente estable. La rendición, cuando finalmente suceda, será repentina e imprevista.

Hasta ahora sólo hemos considerado lo que Maynard Smith denominó contiendas «simétricas». Ello significa que hemos supuesto que los contrincantes son idénticos en todos los aspectos excepto en su estrategia de lucha. Hemos supuesto que los halcones y las palomas son igualmente fuertes, se encuentran igualmente equipados en cuanto a armas y armaduras y que ambos obtendrían un premio igual al ganar. Esta es una hipótesis conveniente al hacer un modelo, pero no es muy realista. Parkery Maynard Smith avanzaron y consideraron contiendas asimétricas. Por ejemplo, si los individuos varían en tamaño y habilidad de lucha y cada individuo es capaz de estimar el tamaño de un rival en comparación con el propio, ¡afectará ello a la estrategia evolutivamente estable que entonces surja? Ciertamente sí.

Parece haber tres fuentes principales de asimetría. La primera la acabamos de enunciar: los individuos pueden diferir en su tamaño o en su equipo de combate. Segundo, los individuos pueden diferir en cuanto puedan obtener como ganancia de la lucha. Por ejemplo, un macho viejo, al que no le queda mucho tiempo de vida, puede tener menos que perder si resulta herido que un joven macho con el peso de su vida reproductiva por delante.

Tercero, es una extraña consecuencia de la teoría el que una mera asimetría arbitraria j aparentemente irrelevante pueda dar origen a una EEE, ya que puede ser utilizada para arreglar rápidamente las contiendas. Pongamos un ejemplo: se dará a menudo el caso de que un contendiente llegue primero al lugar de la contienda que el otro. Denominémoslos «residente» e «intruso» respectivamente. En bien del razonamiento, asumo que no existe una ventaja general implícita en el hecho de ser un residente o un intruso. Como podremos apreciar, existen razones prácticas de por que esta hipótesis puede no ser valedera, pero ello no afecta a nuestro argumento. Lo importante es que si no hubiese razones generales para suponer que los residentes poseen ventajas sobre los intrusos, una EEE que dependiese de la asimetría misma tendría posibilidades de evolucionar. Una analogía simple sería la de los seres humanos que solucionan una' disputa rápidamente y sin violencia, lanzando al aire una moneda.

La estrategia condicional: «5 eres un residente, ataca; si eres un intruso, retírate» podría ser una EEE. Desde el momento que se asume que la asimetría podría ser arbitraria, la estrategia contraria: «Si eres residente, retírate y si eres intruso, ataca», podría también ser estable. La estrategia que se adopte en una población determinada dependerá de cuál de las dos alcance una mayoría primero. Una vez que una mayoría de individuos adopta una de estas dos estrategias condicionales, los que se desvíen de ella serán penalizados. Por lo tanto y por definición, es una EEE.

Presentemos un ejemplo: supongamos que todos los individuos representen «el residente gana, el intruso huye». Ello significaría que ganarían la mitad de sus batallas y perderían el resto. Nunca resultarían heridos y nunca perderían el tiempo, ya que todas las disputas quedarían inmediatamente zanjadas por una convención arbitraria. Consideremos ahora a un nuevo mutante rebelde. Supongamos que él juega la estrategia del halcón, siempre atacando y nunca retirándose. Ganará cuando su adversario sea un intruso. Cuando su adversario sea un residente, correrá un grave riesgo de resultar herido. Como promedio obtendrá un resultado menor que los individuos que aceptan las reglas arbitrarias de la EEE. Un rebelde que intente el sistema inverso, «si eres residente huye y si eres intruso ataca», tendrá una actuación aún peor. No sólo resultará dañado con frecuencia, sino que, además, rara vez ganará una contienda. Supongamos, a pesar de ello, que por algunos acontecimientos casuales, aquellos individuos que aplican esta convención inversa logran convertirse en la mayoría. En este caso, su estrategia ílegará a ser la norma establecida y las desviaciones de ella serán penalizadas. Es de imaginar que si observásemos una población durante muchas generaciones, veríamos una serie de saltos ocasionales de una forma estable a otra.

Sin embargo, en la vida real, las asimetrías verdaderamente arbitrarias tal vez no existan. Por ejemplo, los residentes tenderán a tener una ventaja práctica sobre los intrusos. Tendrán un mejor conocimiento del terreno. Un intruso quizá tenga más posibilidades de estar sin resuello, ya que es él quien se trasladó al campo de batalla, mientras que el residente ya se encontraba allí cuando él llegó. Existe una razón más abstracta por la cual, de los dos estados estables, el definido como «el residente gana, el intruso se retira» es más probable que se dé en la naturaleza. Ello se debe a que la estrategia inversa, «el intruso gana, el residente se retira», implica una tendencia inherente a la autodestrucción —es lo que Maynard Smith llamaría una estrategia paradójica. En cualquier población en la que prevaleciera esta paradójica EEE, los individuos lucharían permanentemente para nunca ser sorprendidos como residentes: siempre intentarían ser los intrusos en cualquier encuentro. Sólo lo lograrían por un movimiento incesante y, por otra parte, sin sentido. Aparte los costos en tiempo y energía que ello implicaría, esta tendencia evolutiva tendería, como consecuencia de su aplicación, a que la categoría de «residente» cesara de existir. En una población en que reinara el otro estado estable, «el residente gana, el intruso se retira», la selección natural favorecería a los individuos que luchasen por ser residentes. Para cada individuo, ello significaría aferrarse a un determinado pedazo de tierra, abandonarlo lo menos posible y aparecer para «defenderlo». Como hoy es bien sabido, tal comportamiento se observa comúnmente en la naturaleza y se le denomina «defensa territorial».

La demostración más evidente que conozco de esta forma de comportamiento asimétrico fue aportada por el gran etólogo Niko Tinbergen en un experimento de ingeniosa simplicidad característica. Tenía un estanque para peces que contenía dos peces espinosos machos. Ambos machos habían construido nidos en los extremos opuestos del tanque y cada uno de ellos »defendía» el territorio que rodeaba su propio nido. Tinbergen puso cada uno de los dos machos en grandes tubos de vidrio, sostuvo los dos tubos cerca uno de otro y observó que los dos machos intentaban atacarse a través del vidrio. Ahora viene el resultado interesante. Cuando acercó los dos tubos a las proximidades del nido del pez A, el macho A asumió una posición de ataque y el macho B intentó retirarse. Pero cuando situó ambos tubos dentro del territorio de B, los papeles se cambiaron. Moviendo simplemente los tubos de un extremo del tanque al otro, Tinbergen fue capaz de determinar qué macho debía atacar y cuál retroceder. Ambos machos, evidentemente, representaban la simple estrategia convencional de: «si eres residente, ataca; si eres intruso, retírate».

Los biólogos a menudo se preguntan cuáles son las «ventajas» del comportamiento territorial. Se han planteado numerosas hipótesis, algunas de las cuáles serán mencionadas más adelante en el presente libro. Podemos apreciar, desde ya, que la sola interrogante puede ser superflua. La «defensa» territorial puede ser, simplemente, una EEE que surge debido a la asimetría en cuanto al tiempo de llegada que a menudo caracteriza las relaciones entre dos individuos y un pedazo de tierra.

Es de presumir que el tipo más importante de asimetría no arbitraria radique en el tamaño y en la habilidad de lucha. El gran tamaño no constituye siempre y de manera inevitable, la cualidad primordial para ganar las contiendas, pero probablemente sea un requisito importante. Si el contendiente de mayor tamaño gana siempre y si cada individuo sabe con entera seguridad si es más grande o más pequeño que su adversario, sólo una estrategia tendrá sentido: «Si tu adversario te supera en tamaño, huye; provoca peleas con gente más pequeña que tú». Las cosas se complican más si la importancia atribuida al tamaño es menos cierta. Si el tamaño grande confiere sólo una pequeña ventaja, la estrategia que he mencionado es aun estable. Pero si el riesgo de resultar lesionado es serio, puede haber una segunda «estrategia paradójica». A saber: «Busca peleas con individuos que te superen en tamaño y huye de aquellos que sean más pequeños que tú». Su sentido paradójico es obvio. Parece ser del todo contrario al sentido común. La razón por la cual puede ser estable es la siguiente: en una población compuesta en su totalidad por estrategas paradójicos, nadie resulta nunca lastimado. Ello se debe a que en cada enfrentamiento uno de los participantes, el más grande, siempre huye. Un mutante de tamaño mediano que empleara la estrategia «razonable» de escoger adversarios más pequeños se vería envuelto en una grave lucha escalonada con la mitad de la población que encontrara. La razón de ello es la siguiente: si se enfrenta a alguien más pequeño que él, lo atacará; el individuo más pequeño responderá al ataque de manera feroz, ya que está empleando una estrategia paradójica; aun cuando el estratega razonable tiene más posibilidades de ganar que el paradójico, corre, no obstante, el riesgo sustancial de perder o de resultar seriamente herido. Desde el momento en que la mitad de la población actúa en sentido paradójico, un estratega razonable tiene mayores probabilidades de resultar herido que cualquier estratega paradójico.

Aun cuando una estrategia paradójica puede ser estable, probablemente su interés sea sólo académico. Los combatientes paradójicos tendrán un resultado promedio más elevado únicamente en el caso de que sobrepasen, en gran medida, el número de los razonables. En primer lugar, es difícil imaginar cómo este estado podría surgir alguna vez. Aun si así fuese, la relación entre los razonables y los paradójicos en una población, necesitaría tan sólo desviarse en una pequeña medida hacia el lado de los razonables para alcanzar la «zona de atracción» de la otra EEE, es decir la de los razonables. La zona de atracción es la relación proporcional de la población en la cual, en el presente caso, los estrategas razonables poseen una ventaja: una vez que la población alcanza dicha zona, será absorbida, inevitablemente, hacia el punto estable razonable. Sería emocionante descubrir, en la naturaleza, una EEE paradójica, pero dudo de que realmente podamos esperar encontrarla (Me adelante demasiado al hacer esta última observación. Después de haber escrito esta última frase, el profesor Maynard Smith llamó mi atención hacia la siguiente descripción del comportamiento de la araña gregaria Oecobius civitas, hecha por J. W. Burgess: «Si una araña es perturbada y obligada a abandonar su refugio, se mueve rápidamente por la roca y si no encuentra una grieta en la cual esconderse, suele buscar refugio en el escondrijo de otra araña de la misma especie. Si la otra araña se encuentra en su residencia cuando entra la intrusa, no la ataca sino que sale rápidamente y busca un nuevo refugio para ella. Por lo tanto, una vez que la primera araña es molestada, el proceso de desplazamientos consecutivos de una telaraña a otra puede prolongarse durante varios segundos, y a menudo provoca que la mayoría de las arañas que forman el conjunto se cambien de sus propios refugios a otros extraños» [Las arañas gregarias, Scientific American, marzo, 1976], Este comportamiento es paradójico en el sentido apuntado anteriormente.)

¿Qué pasaría si los individuos conservaran algunos recuerdos de pasadas luchas? Ello depende de si la memoria es específica o general. Los grillos poseen una memoria general de lo que sucedió en luchas pasadas. Un grillo que recientemente haya ganado un considerable número de peleas se torna más partidario de ellas. Un grillo que ha sufrido una reciente serie de derrotas se torna más pacífico. El comportamiento del primero se asemeja más al del halcón, y el del segundo, más al de la paloma. Ello quedó claramente demostrado por R. D. Alexander. Utilizó un modelo de grillo para derrotar a los verdaderos grillos. Después de sufrir dicho tratamiento, los verdaderos grillos quedaban más expuestos a perder las batallas contra otros grillos reales. Se puede pensar que cada grillo pone al día, constantemente, su propia estimación en cuanto a su habilidad de lucha, relativa a la de un individuo promedio de su población. Si los animales, tales como los grillos, que trabajan con una memoria general de pasadas luchas se mantienen juntos en un grupo cerrado durante algún tiempo, es probable que se desarrolle un tipo de jerarquía dominante. Un observador puede clasificar a los individuos en orden. Los individuos que se encuentran en un orden más bajo tienden a ceder ante aquellos que se encuentran en un orden superior. No es necesario suponer que los individuos se reconozcan unos a otros. Lo que sucede es que los individuos que están acostumbrados a ganar tienden a tener aún más posibilidades de ganar, mientras que aquellos individuos que están acostumbrados a perder se tornan cada vez más propicios a perder. Aun si el individuo empezó por ganar o perder totalmente al azar, tenderá a clasificarse en un orden jerárquico. Ello tiene, en fin, el efecto de que el número de luchas serias que se provoquen en el grupo disminuya gradualmente.

Debo emplear la frase «tipo de jerarquía dominante», pues mucha gente emplea el término jerarquía dominante para aquellos casos en que el reconocimiento individual va involucrado. En estos casos el recuerdo de las luchas pasadas es más bien específico que general. Los grillos no se reconocen unos a otros como individuos, inversamente a lo que sucede con las gallinas y los monos. Si se trata de un mono, otro mono que lo haya derrotado en el pasado, es probable que lo derrote nuevamente en el futuro. La mejor estrategia a adoptar para un individuo es ser relativamente pasivo hacia un individuo que lo ha derrotado previamente. Si unas cuantas gallinas que nunca se habían visto unas a otras se ponen juntas, normalmente se producen bastantes peleas. Luego de transcurrido algún tiempo, éstas cesan. Aunque no por la misma razón que lo que sucede con los grillos. En el caso de las gallinas, se debe a que cada individuo «aprende su lugar» en relación a los demás individuos. Hecho que es, sea dicho de paso, beneficioso para el grupo considerado en su conjunto. Como un indicador de esta última aseveración, se ha notado que en los grupos establecidos de gallinas, donde las peleas feroces son infrecuentes, la producción de huevos es más alta que en los grupos de gallinas cuyos miembros son cambiados continuamente y donde, por lo tanto, las luchas ocurren con mayor frecuencia.

Los biólogos habían, a menudo, de la ventaja biológica o «función» de las jerarquías dominantes que estarían destinadas a reducir la agresión abierta en el grupo. Sin embargo, ésta es una manera errónea de expresarlo. Una jerarquía dominante per se no puede decirse que tenga una «función» en el sentido evolutivo, ya que es una propiedad de un grupo, no de un individuo. Los patrones de comportamiento individual que se manifiestan a sí mismos en la forma de jerarquías dominantes cuando son considerados a nivel de grupo, podrá decirse que posean funciones. Es mejor, no obstante, abandonar totalmente la palabra «función», y pensar en términos de EEE en las contiendas asimétricas cuando existe reconocimiento individual y memoria.

Hemos estado aludiendo a contiendas entre miembros de la misma especie. ¿Qué sucede con las contiendas entre miembros de especies distintas? Como vimos anteriormente, los miembros de especies diferentes son competidores menos directos que los miembros de la misma especie. Por esta misma razón debemos esperar un menor número de disputas entre ellos por los recursos, y nuestras expectativas se ven confirmadas. Por ejemplo, los petirrojos defienden su territorio contra otros petirrojos, pero no contra los grandes paros. Se podría dibujar un mapa de los territorios, señalando los lugares donde se encuentran los diferentes petirrojos individuales en un bosque, y se podría superponer un mapa que señalase los territorios de los grandes paros. Ambos territorios se traslapan de una forma totalmente indiscriminada. Bieri podría tratarse de mapas de diferentes planetas.

Pero existen otras formas en que los intereses de los individuos de distintas especies afrontan muy agudos conflictos. Por ejemplo, un león desea comer el cuerpo de un antílope, pero el antílope tiene diferentes planes respecto a su cuerpo. Ello no se considera, normalmente, como una contienda por un recurso, pero, desde un punto de vista lógico, es difícil comprender por que no se puede considerar así. El recurso en cuestión es la carne. Los genes del león «quieren» la carne como alimento para su máquina de supervivencia. Los genes del antílope quieren la carne como músculos trabajadores y órganos para su máquina de supervivencia. Estos dos usos que se le puede dar a la carne son mutuamente incompatibles; por lo tanto, hay conflicto de intereses.

Los miembros de la propia especie también están hechos de carne. ¿A que se debe que el canibalismo se dé sólo raras veces? Como vimos en el caso de las gaviotas de cabeza negra, los adultos comen en ocasiones a los jóvenes de su propia especie. Sin embargo, nunca se puede observar a carnívoros adultos persiguiendo activamente a otros adultos de su propia especie con miras a comérselos. ¿Por que ello no sucede? Estamos, aún, tan acostumbrados a pensar en términos del «bien de las especies» al considerar la evolución, que a menudo nos olvidamos de formular preguntas perfectamente razonables tales como: ¿Por que los leones no cazan a otros leones? «Otra pregunta de un tipo que rara vez se hace es la siguiente»: ¿Por que los antílopes huyen de los leones en vez de responder al ataque?

La razón por la cual los leones no cazan leones es que de tal comportamiento no resultaría una buena EEE. Una estrategia de tipo caníbal sería inestable por la misma razón que la estrategia del halcón lo era en nuestro anterior ejemplo. Existe un gran peligro de represalia, hecho que tiene menores posibilidades de suceder en contiendas entre miembros de diferentes especies, y a ello se debe que muchos animales de presa huyan en vez de responder al ataque. Su origen, probablemente, se deba a que en la acción recíproca de dos animales de diferentes especies existe una asimetría inherente mayor que entre los miembros de una misma especie. Siempre que se dé una marcada asimetría en una contienda, las EEE tienden a ser estrategias condicionales dependientes de dicha asimetría. Tipos de estrategias análogas a: «si eres más pequeño, huye; si eres más grande, ataca» tienen muchas posibilidades de evolucionar en contiendas entre miembros de especies diferentes, ya que son tantas las asimetrías que se pueden presentar entre las diversas especies. Los leones y los antílopes han alcanzado un tipo de estabilidad por divergencia evolutiva, lo que ha contribuido a acentuar, cada vez más, la asimetría original de la contienda. Tanto los leones como los antílopes se han vuelto altamente eficientes en el arte de cazar y huir, respectivamente. Un antílope mutante que adoptara una estrategia de «detente y lucha» contra los leones, tendría menos éxito que los antílopes rivales que desaparecen en el horizonte.

Tengo el presentimiento de que podrá llegar el momento en que consideremos la invención del concepto de la estrategia evolutivamente estable como uno de los avances más importantes en la teoría evolutiva desde Darwin. Es aplicable siempre que encontremos un conflicto de intereses, y ello quiere decir casi en todas partes. Los estudiosos del comportamiento animal han adquirido el hábito de hablar de algo denominado «organización social». Demasiado a menudo la organización social de una especie es tratada como una entidad por derecho propio, con su propia «ventaja» biológica. Un ejemplo que ya he presentado es el de la «jerarquía dominante». Pienso que es posible discernir las hipótesis ocultas de los partidarios de la selección de grupos, tras un número considerable de declaraciones hechas por los biólogos respecto a la organización social. El concepto de Maynard Smith sobre la EEE nos permitirá, por primera vez, apreciar claramente como un grupo de entidades independientes y egoístas puede parecerse a un todo organizado. Pienso que esta aseveración será valedera no sólo para las organizaciones sociales dentro de las especies, sino también para los «ecosistemas» y «comunidades» de diversas especies. Espero que, a largo plazo, el concepto de las estrategias evolutivamente estables revolucione la ciencia de la ecología.

Podemos aplicarlo, también, a un asunto que quedó pendiente en el capítulo III, y que surgió de la analogía de los remeros en un bote (en representación de los genes en un cuerpo) que precisaba de un buen espíritu de equipo. Los genes son seleccionados, no por ser «buenos» al encontrarse aislados, sino como buenos en oposición a los antecedentes que poseen los demás genes en el acervo génico. Un buen gen debe ser compatible y complementario respecto de los otros genes con los cuales habrá de compartir una larga sucesión de cuerpos. Un gen para dientes trituradores de plantas es un buen gen en el acervo génico de las especies herbívoras, pero un mal gen en el de las especies carnívoras.

Es posible imaginar una combinación compatible de genes en la que éstos hayan sido seleccionados juntos como una unidad. En el caso del mimetismo de las mariposas, ejemplo que dimos en el capítulo III, esto parece ser exactamente lo sucedido. Pero el poder del concepto de la EEE radica en que nos permite apreciar como el mismo tipo de resultado podría haberse obtenido por la selección solamente al nivel de gen independiente. Los genes no tienen por que estar unidos en el mismo cromosoma.

En realidad, la analogía de los remeros no es suficiente para explicar esta idea. Lo más que nos podemos aproximar a ello es de la siguiente manera: supongamos que es importante en una tripulación realmente eficaz, que los remeros coordinen sus actividades por medio del lenguaje. Llevemos más allá nuestra suposición y pensemos que en la agrupación de remeros a disposición del entrenador, algunos hablan exclusivamente inglés y otros sólo alemán. Los ingleses no son mejores ni peores remeros que los alemanes. Debido a la importancia de la comunicación, una tripulación mixta tenderá a ganar menos carreras que una formada exclusivamente por ingleses o una integrada sólo por alemanes.

El entrenador no se da cuenta de ello. Se limita a barajar a sus hombres, para clasificar mejor a los individuos que ocupan los botes ganadores y poner una puntuación menor a los de los botes perdedores. Ahora bien, si sucede que la agrupación de remeros de la cual dispone esta dominada por ingleses, los alemanes que se mezclen en la tripulación probablemente sean la causa de que pierdan la carrera, ya que la comunicación se ve afectada. A la inversa, si en 4a agrupación predominan los remeros alemanes, un inglés tenderá a ser la causa de que el bote en que se encuentre, pierda. La mejor tripulación que surja de todo el conjunto corresponderá a uno de los dos estados estables: integrada sólo por ingleses o exclusivamente por alemanes, pero no mixta. Parecería, superficialmente, que el entrenador estuviese seleccionando grupos de idioma común como unidades. No es eso lo que está haciendo. Está seleccionando a remeros individuales por su aparente habilidad en ganar carreras. Sucede que la tendencia de un individuo a ganar carreras depende de los otros individuos que se encuentran presentes en el conjunto de candidatos. Los candidatos que se encuentran en minoría son automáticamente penalizados, no porque sean malos remeros sino simplemente porque forman una minoría entre los candidatos. De manera similar, el hecho de que los genes sean seleccionados por compatibilidad mutua no significa, necesariamente, que debamos pensar en grupos de genes que han sido seleccionados como unidades, como en el caso de las mariposas. La selección al nivel inferior de gen único puede dar la impresión de una selección a algún nivel más alto.

En el ejemplo que acabamos de exponer, la selección favorece la simple avenencia. Lo que es más interesante, los genes pueden ser seleccionados porque se complementan unos a otros. En términos de la analogía, supongamos que una tripulación idealmente equilibrada consiste en cuatro diestros y cuatro zurdos. Supongamos también que el entrenador, desconocedor de este hecho, selecciona a ciegas, simplemente por el «mérito». Entonces, si el grupo, de candidatos está dominado por los diestros, cualquier individuo zurdo tenderá a estar en ventaja: es probable que sea la causa de que cualquier bote en que se encuentre tienda a ganar y, por lo tanto, aparecerá como un buen remero. Inversamente, en un grupo dominado por los zurdos, un remero que emplee su mano derecha tendrá ventaja. Está situación es similar a la del halcón que obtiene un buen resultado en una población de palomas y la de una paloma que se desempeña bien en una población de halcones. La diferencia radica en que en el último caso estábamos hablando de interacciones entre cuerpos individuales —máquinas egoístas, mientras que ahora estamos refiriéndonos, por analogía, a las interacciones entre los genes dentro de los cuerpos.

La selección, a ciegas, por parte del entrenador de los «buenos» remeros llevará, al fin, a una tripulación ideal formada por cuatro zurdos y cuatro diestros. Parecerá como si él hubiese seleccionado al conjunto como una unidad completa y equilibrada. Pienso que es más estricto considerar que ha seleccionado a un nivel inferior, el nivel de los candidatos individuales e independientes. El estado evolutivo estable («estrategia» es un término que puede inducir a error en este contexto) de cuatro zurdos y cuatro diestros surgirá, simplemente, como una consecuencia de la selección, a bajo nivel, sobre la base del mérito aparente.

El acervo génico es el medio ambiente, considerado a largo plazo, del gen. Los genes «buenos» son seleccionados a ciegas como aquellos que sobreviven en el acervo génico. Está no es una teoría; ni siquiera es un hecho observado: es una tautología. El problema interesante es saber que hace a un gen bueno. Como una primera aproximación al tema dije que lo que hacía que un gen fuese bueno es la habilidad para construir eficientes máquinas de supervivencia, es decir, cuerpos. Debemos ahora corregir tal aseveración. El acervo génico se tornará un conjunto evolutivamente estable de genes, es decir, un acervo que no puede ser invadido por nuevos genes. La mayoría de los nuevos genes que surjan, ya sea por mutación o reagrupación o inmigración, serán rápidamente penalizados por la selección natural. Ocasionalmente, un nuevo gen tiene éxito al invadir el conjunto: logra extenderse en el acervo génico. Hay un período de inestabilidad transitoria que culmina con un nuevo conjunto evolutivamente estable. Ha ocurrido una pequeña evolución. Por analogía con las estrategias de agresión, una población podría tener más de un punto estable alternativo y podría, ocasionalmente, variar de uno a otro. La evolución progresiva podría considerarse no ya como una ascensión constante sino más bien como una serie de pasos discontinuos desde una planicie estable a otra planicie estable. Podría dar la impresión de que ' la población, en su conjunto, se estuviera comportando como una única unidad autorreguladora. Pero está ilusión es provocada por la selección en su etapa de nivel individual. Los genes son seleccionados de acuerdo a sus «méritos». Pero el mérito es juzgado sobre la base de los logros obtenidos frente al conjunto evolutivamente estable de genes que forman el acervo génico existente.

Maynard Smith, al concentrar su atención en las interacciones agresivas entre los individuos completos, pudo aclarar muy bien las cosas. Es fácil pensar en relaciones estables de cuerpos de halcones y cuerpos de palomas, debido a que los cuerpos son elementos grandes que podemos ver. Pero tales interacciones entre genes situados en cuerpos diferentes constituyen tan sólo la apariencia del problema. La amplia mayoría de interacciones significativas entre los genes en el conjunto evolutivamente estable el acervo génico tienen lugar dentro de los cuerpos individuales. Estas interacciones son difíciles de ver, ya que suceden dentro de las células, especialmente en las células de los embriones en desarrollo. Los cuerpos bien integrados existen porque son el producto de un conjunto evolutivamente estable de genes egoístas.

Pero debo retornar al nivel de las interacciones entre animales, que es el tema principal del presente libro. Con el fin de comprender la agresión fue conveniente tratar a los animales individuales como máquinas independientes y egoístas. Este modelo deja de ser valedero cuando los individuos implicados son parientes cercanos —hermanos y hermanas, primos, padres e hijos—. Ello se debe a que los parientes comparten una proporción sustancial de sus genes. Cada gen egoísta, por lo tanto, tiene sus lealtades divididas entre distintos cuerpos; tema que abordaremos en el próximo capítulo.



6. GEN Y PARENTESCO

¿Qué es el gen egoísta? No es sólo una simple porción física de ADN. Al igual que en el caldo primario, es todas las réplicas de una porción particular de ADN, distribuidas por todo el mundo. Si nos permitimos la licencia de hablar de los genes como si tuviesen propósitos conscientes, asegurándonos siempre de que será factible traducir nuestro impreciso lenguaje a términos respetables si así lo deseamos, podemos formular la pregunta: ¿qué está tratando de hacer un gen egoísta? Está tratando de hacerse más numeroso en el acervo génico. Lo logra, básicamente, ayudando a programar los cuerpos en que se encuentra para sobrevivir y reproducirse. Ahora estamos subrayando que el gen es una agencia distribuidora que existe en muchos individuos distintos al mismo tiempo. El punto clave del presente capítulo es que el gen sería capaz de ayudar a las réplicas de sí mismo que están situadas en otros cuerpos. Si así fuese, podría parecer como un acto de altruismo individual, pero sería originado por el egoísmo del gen.