Ciencias 65 enero marzo 2002
Paisajes embriológicos y genes
Pedro Miramontes
Departamento de Matemáticas
Facultad de Ciencias
Universidad Nacional Autónoma de México
Juan Ruiz de Alarcón, el gran dramaturgo del Siglo de Oro español, nació en la ciudad de Taxco, ahora y entonces uno de los centros mineros más ricos de México. De los socavones de esta ciudad, que se encuentra enclavada en la Sierra Madre del Sur, en el actual estado de Guerrero, se extrajo durante toda la época colonial mucha de la plata que llenó las arcas de la Corona española. Después de graduarse como abogado en ta Universidad de México, emigró a España en 1628, donde fue nombrado miembro del Consejo de Indias, el organismo encargado del gobierno y administración de las colonias españolas de ultramar. En ese mismo año, una flota de barcos holandeses comandada por Piet Heyn interceptó, en las inmediaciones de 1a bahía del puerto de Matanzas, Cuba, a 22 buques de una flota española proveniente del puerto de Veracruz que llevaba un cargamento de cuatro millones de ducados de plata, y que se disponía a emprender el viaje de regreso a Cádiz después de abastecerse en La Habana.
Los ibéricos bajo el mando de don Juan de Benavides, se rindieron sin
disparar un tiro y entregaron íntegro a los de Heyn el tesoro que llevaban.
Éste fue uno de los episodios más dolorosos en la historia tanto
de la Corona española como del Consejo de Indias. Los consejeros fueron
duramente reconvenidos por el quebranto y don Juan de Benavides fue capturado,
llevado a España, juzgado por cobardía y decapitado en la plaza
pública en Sevilla. En contraste, Piet Heyn fue recompensado por el gobierno
holandés al designarlo Teniente Almirante de los Países Bajos,
nombramiento que agregó a su puesto de Director General de la Compañía
Holandesa de las indias Orientales cuya sede, la ciudad de Delft, se benefició
de la victoria de Heyn y experimentó un gran desarrollo económico
por la derrama de dinero proveniente de la explotación holandesa de las
riquezas de Oriente y, en gran medida, por la plata de Taxco.
En la plenitud de su esplendor económico, Delft vio nacer en 1632 a
unos metros de distancia y con unos días de diferencia a dos personajes
que la marcarían indeleblemente: el gran maestro Jan Vermeer, cuya obra
modificó para siempre nuestra visión del mundo, y Antonie van
Leeuwenhoek.
La vida nos maravilla con sus relaciones y conexiones inesperadas. Es cierto
que no tiene relaciones de causalidad directas, pero sin duda existen patrones
recurrentes. Es probable que Ruiz de Alarcón y Leeuwenhoek nunca hayan
sido conscientes de la existencia del otro. Pero lo, que si es cierto es que
el flujo de dinero entre México y Holanda, a través de los involuntarios
intermediarios españoles, permitió que en Holanda se diesen las
condiciones materiales para el florecimiento de la ciencia y las artes. Júzguenlo
ustedes con base en 1a cantidad de personalidades notables que vivieron durante
el siglo XVII en los Países Bajos.
Se sabe que Leeuwenhoek se dedicó en su juventud al comercio y la manufactura
de ropa, y eventualmente fue nombrado chambelán de los juzgados de la
ciudad. Esto le dio la seguridad económica necesaria para dedicar todo
su tiempo y atención a la talla y pulimento de lentes, actividad que
a la postre fue la base de su fama, pues a é1 se le atribuye la invención
del microscopio.
Con esta poderosa herramienta, que extiende el sentido de la vista de los seres
humanos hacia el mundo de lo hasta ese entonces invisiblemente pequeño
Leeuwenhoek se dedicó a recopilar y observar muestras de los más
variados orígenes: miró el agua de lluvia, la de los charcos y
pozos, y contempló asimismo toda clase de muestras animales y vegetales,
lo que lo llevó a descubrir la existencia de todo un universo de pequeños
seres vivos que llamó "animálculos".
Una vez desatada la curiosidad, no hay rienda que la sujete ni freno que la
detenga. Leeuwenhoek padecía del mal común a Pandora y Eva: su
afán lo condujo a estudiar al microscopio cientos de sustancias y, dramáticamente,
a tratar de descubrir la composición del esperma tanto del hombre como
de los animales domésticos. Su hallazgo fue sobrecogedor: el líquido
seminal bullía por la abundantísima presencia de otros "pequeños
animalitos", según lo refiere Maria Pinto Correia: "Todos
tienen el mismo tamaño y la misma forma, mueven sus colas de modo que
no queda duda de que están nadando y, en consecuencia, son, verdaderos
animales. Mientras uno de ellos se dirige a la derecha, otro lo hace a la izquierda;
uno se dirige hacia arriba y uno más hacia abajo. Algunos empiezan a
moverse en cierta dirección y después, con un golpe de cola, se
regresan por donde venían".
Al igual que los juegos de luces y la armonía en la composición
plasmados por Vermeer nos enseñaron a mirar luces y sombras que siempre
han existido pero que nadie había registrado, al iluminar el misterio
de lo extraordinariamente pequeño el ingenio de Leeuwenhoek cambiaría
para siempre nuestra visión de: mundo y, a semejanza de Vermeer, el microscopista
de Delft nos mostró cosas que todo el tiempo habían estado ahí
pero que no éramos capaces de percibir.
El descubrimiento de los espermatozoides tuvo la consecuencia inmediata de fortalecer cierta teoría, imperante entre los naturalistas de la época, sobre la constitución de los embriones, la herencia biológica y el desarrollo animal. Paradójicamente, al tiempo de reafirmarla, también la cambiaría de raíz, porque la teoría de la Prefórmación que así se llamaba era una antes del microscopio y fue otra, notablemente distinta, después.
Cambio y permanencia
Los seres vivos cambian y se transforman a lo largo de la historia, pero las
variaciones ocurren de manera significativamente distinta según la escala
temporal. En 1a escala de tiempo geológico surgen y se extinguen las
especies y es en el inventario de 1a totalidad de los seres vivos donde se ven
las variaciones. Sin embargo, en la escala de la duración de la vida
de un animal o planta, son los individuos en sí mismos los que se transforman:
su historia es una sucesión de cambios incesantes, de etapas que van
desde la relativa sencillez de un huevo fertilizado hasta la imponente complejidad
de un adulto maduro, listo para reproducirse. Este tránsito se llama
"desarrollo".
La vida, entonces, evoluciona y se desarrolla y, aunque permanece, está
cambiando constantemente. En el desarrollo es patente la dialéctica de
la naturaleza: un organismo cambia a lo largo de su proceso embriogénico
pero el proceso en sí es el mismo. El cambio y la transformación
son y han sido constantes a lo largo del tiempo histórico y, no obstante,
generación tras generación un huevo fecundado se divide, crece,
se diferencia y da lugar a un nuevo adulto siguiendo exactamente las mismas
pautas que la generación anterior y que todas las precedentes y, al fin
y al cabo, de lo igual se engendra lo igual siguiendo exactamente las mismas
pautas.
Muchos estudiosos han creído encontrar en esta constancia la prueba
de que detrás del proceso existe un plan, como si estuviera gobernado
por algún tipo de designio trascendente y obedeciera a un telos o causa
final. Por ello, la biología del desarrollo es tierra fértil para
las interpretaciones teleológicas. Sin embargo, es posible identificar
el conjunto de procesos auto organizadores como un plan, sin necesidad de recurrir
a explicaciones finalistas o de aceptar la existencia de alguna voluntad específica,
natural o no, que lo dirija.
La rama de las ciencias de la vida que estudia el desarrollo es rica en problemas
no resueltos; para decirlo sin eufemismos, es un campo donde se ignora más
de lo que se sabe. Esa riqueza incómoda se debe, al menos en parte, al
casi absoluto dominio de la llamada teoría sintética de la evolución
o neodarwinismo en biología. En ella, la selección natural es
el único motor de la evolución y cualquier cambio evolutivo debe
manifestarse gracias y a través de los genes, ya sea de sus proporciones
en una población o de sus cambios o mutaciones. El programa neodarwinista
se convirtió durante el siglo XX en la doctrina oficial de la biología
y toda teoría o fenómeno debe desde entonces ser explicada a la
luz de sus premisas.
No obstante, sesenta años después, el neodarwinismo no sólo no ha resuelto los problemas de la biología evolutiva vamos, ni siquiera ha podido dar una explicación convincente sobre el origen de las especies, título del libro de Darwin, sino que inhibió el avance de otras ramas al cancelar la búsqueda de soluciones en otros términos e imponer la explicación a priori de que todo, en biología, es subsidiario del cambio evolutivo por selección natural. Este marco conceptual se convirtió en un verdadera camisa de fuerza para la biología del desarrollo.
Los ovarios de Eva o los testículos
de Adán
Los términos "desarrollo", "embriogénesis"
y "ontogenia" son sinónimos que designan al proceso
en el cual los cambios en la vida de un organismo pueden identificarse por la
emergencia de nuevas cualidades características, funcionales o estructurales,
que permiten reconocer estadios bien diferenciados.
Aunque a veces es útil imaginar que el desarrollo se compone de subprocesos
fundamentales morfogénesis, diferenciación y crecimiento, el término
"subproceso" es notablemente incorrecto, pues el desarrollo
es la totalidad de los cambios, y concebirlo en fracciones separadas es sólo
un recurso de simplificación para tratar de comprenderlo.
Las teorías embriogénicas han oscilado a lo largo de la historia
esencialmente entre dos concepciones antagónicas. En ocasiones una ha
prevalecido sobre la otra, ya sea porque cuenta con alguna evidencia experimental
o, las más de las veces, porque los vaivenes filosóficos, políticos
o religiosos de la sociedad la han favorecido al hallar en ella algún
tipo de apoyo para sus propias tesis.
En Acerca de la generación de los animales, Aristóteles discute el problema del desarrollo biológico. Describe también las diferencias entre lo femenino y lo masculino, los distintos estilos de la cópula animal, la naturaleza y origen del semen y la forma y tamaño de penes y testículos. Luego, al discurrir acerca de cómo puede ocurrir la embriogénesis, el Estagirita identifica el problema fundamental: de qué manera surgen las características complejas y bien diferenciadas de un organismo a partir de elementos simples e indiferenciados. Aristóteles es el primero en identificar dos concepciones antitéticas por las cuales, desde entonces, los estudiosos del proceso han ido tomando partido:
1.las estructuras que dan lugar a un organismo adulto se encuentran ya plenamente formadas en pequeña escala y el desarrollo consiste únicamente en el crecimiento de éstas, o bien,
2.las estructuras y formas aparecen durante el proceso y no existen antes del inicio del mismo. Hoy día, a la primera propuesta se le llama de .la preformación; a la segunda, de la epigénesis.
El iberorromano Lucio Anneo Séneca según Armando Aranda enuncia
en el primer siglo la primera formulación clara e inequívoca del
pensamiento preformacionista: "En la simiente están encerradas
todas las partes del cuerpo humano que serán formadas. El infante que
está en el vientre materno tiene ya las raíces de la barba y el
cabello que portará algún día. Del mismo modo, en esa pequeña
masa están todos los lineamientos del cuerpo y todo aquello que la posteridad
descubrirá en él".
En la Edad Media no hubo avances notables respecto al estudio de la embriogénesis;
las preocupaciones estaban, como en toda la filosofía medieval, más
enfocadas hacia Dios que hacia el ser humano. Existen trabajos de Agustín
de Hipona y de Tertuliano de Cartago acerca de cuándo e1 Espíritu
Santo desciende sobre el embrión y le confiere el alma. Por supuesto,
las conclusiones de los padres de la iglesia no tienen manera de ser comprobadas
y carecen de toda base fenomenológica o empírica. Sin embargo
se debe señalar un escrito muy interesante, escrito en el siglo XII por
Hildegarda de Bingen. Mientras que para Agustín el embrión recibe
el alma entre el tercer y cuarto mes de gestación, para Hildegarda el
soplo divino alcanza al feto instantes antes del alumbramiento.
Como en tantos otros asuntos, con el humanismo renace el interés por
esta cuestión, y ya en su ocaso, sin estar particularmente interesado
en embriología, en 1624 el teólogo francés Nicolas de Malebranche
publica De la recherche de la verité ou l'on traité de la nature
de l'esprit de l'homme et de l'usage qu'il doît en faire pour éviter
l'erreur dans les sciences, donde sostiene que: "En la yema de un huevo
sin incubar descubrimos un pollo plenamente formado. En los huevos de las ranas,
vemos ranas; en el germen de otros animales, también podríamos
verlos si tuviésemos la experiencia y habilidad para descubrirlos. Podemos
suponer que los cuerpos de todos los hombres y animales que nacerán hasta
el fin de los tiempos han sido producto de la creación original; en otras
palabras, que las primeras hembras fueron creadas con todos los individuos subsecuentes
de su propia especie en su interior"
Según este argumento, los ovarios de Eva habrían contenido huevos
con seres humanos perfectamente formados en miniatura, entre ellos pequeñas
mujeres con huevos que contendrían mujeres aún más pequeñas
y así desde el principio de la humanidad y, hacia el futuro, por los
siglos de los siglos. Esta es, en esencia, la teoría embriogenética
de la preformación.
Leeuwenhoek había sido el primero en ver y dibujar los espermatozoides.
Pero muy poco después, tres naturalistas el francés François
de Plantade y los holandeses Nicolas Hartsoek y Jan Swammerdam que también
habían observado el líquido seminal al microscopio, le habían
hecho llegar sus representaciones gráficas de los animálculos.
Los dibujos contenían una revelación maravillosa que había
escapado a la mirada del pulidor de lentes de Delft en el interior de la cabeza
de los espermatozoides podía verse, sin duda alguna, un pequeño
ser humano en miniatura pero perfectamente bien formado. De este modo, al cabo
de casi veinte siglos, la teoría de la preformación había
sido contundentemente confirmada por la observación directa.
Hartsoek es un ejemplo típico de mala fortuna: el dibújo que
envió a Leeuwenhoek causó excitación y revuelo intelectual
en su época, pero hoy se emplea para ridiculizarlo y para desprestigiar
tanto a la teoría de la preformación como a toda una generación
de excelentes naturalistas. Para su desdicha personal, Hartsoek tuvo el atrevimiento,
y en él llevó su castigo, de contradecir públicamente a
un intocable: Sir Isaac Newton. Por esa razón sus aportaciones al campo
de la física, notablemente en la óptica, son desconocidas. Por
su parte, Jan Swammerdam pasó a la historia por su Historia General de
los Insectos en donde muestra que al abrir un capullo, la larva en su interior
ya contiene todos los órganos que caracterizan a una mariposa adulta.
A1 final de su vida, Swammerdam fue abrazando ideas religiósas cada
vez más radicales y terminó por intentar conciliar algunos problemas
propios de los dogmas cristianos con la teoría de la preformación:
"En la naturaleza no existe la generación sino únicamente
la propagación, el crecimiento de las partes. Entonces es que se entiende
el pecado original, pues desde el principio todos los hombres estuvieron contenidos
en los órganos de Adán y Eva. Cuando su reserva de huevos se haya
agotado, la humanidad dejará de existir".
Tanto Hartsoek y Swammerdam como de Plantade son hombres de su tiempo y sus
opiniones reflejan el sentimiento e ideas de la sociedad en la que vivieron.
Por ello, no debemos caer en la tentación de ridiculizarlos. Charles
Darwin, uno de los más finos naturalistas del siglo XIX, fue también
un preformacionista. Que este dato nos sirva para frenar cualquier intento de
burla. Darwin, por supuesto, ya no defendía la existencia de "homúnculos"
(del latín homunculus, hombrecito. Los holandeses usan el equivalente
en nerlandés maneken) dentro de los espermatozoides. Su teoría
proponía la existencia de partículas (gémulas) portadoras
de "partecítas" de cada órgano que, de alguna
manera, pasarían a los gametos y se desarrollarían en el embrión.
En los cursos de biología, se suele dejar de lado esta faceta de Darwin;
no únicamente porque nunca tuvo algún sustento experimental (no
podía tenerlo), sino porque constituía una vuelta a las ideas
lamarckianas de la herencia de caracteres adquiridos, pero ésa es otra
historia.
¿En qué sentido el descubrimiento de los espermatozoides reafirma
la teoría de la prefórmación al mismo tiempo que la cambia
radicalmente? Los preformacionistas anteriores a Leeuwenhoek pensaban que las
personitas se encontraban en el huevo y, por lo tanto, que la humanidad entera
estuvo alguna vez en los ovarios de Eva. Ésta era una teoría que
le concedía a la mujer un papel esencial; las hembras eran portadoras
en potencia de todas las generaciones futuras: matar a una mujer era cometer
crimen múltiple, casi infinito. El semen, en contraparte, desempeñaba
sólo un papel de agente estimulante o abono fertilizador del huevo. Con
el "descubrimiento" de los microscopistas mencionados, de que
todos los seres humanos se han alojado, desde siempre, en los espermatozoides,
la teoría dio un giro radical y se reforzó la concepción,
ya popular entre los griegos, de que las mujeres son únicamente recipientes
pasivos del embrión, depositarias nutricias del feto, y de que, los portadores
de 1a humanidad entera son los hombres. Los naturalistas dejan de ser "evistas"
y se convierten en "adanistas": la humanidad entera nunca estuvo
en los ovarios de Eva sino en los testículos de Adán.
Ahora, en los albores del siglo XXI sabemos con certeza que los espermatozoides
no contienen en su interior a una personita, a un homúnculo, sin embargo,
debemos preguntarnos ¿Cómo es posible que personas serias, eruditas
y excelentes naturalistas lo hubieran visto? Éste es un ejemplo (el de
los canales de Marte sería otro) que nos debe prevenir contra el uso
indiscriminado de la información sensorial como evidencia científica
dura. Tanto los astrónomos observacionales como los microscopistas viven
en una sociedad que posee un cuerpo de ideas dominantes que constituyen el "saber
colectivo" y que normalmente no se cuestiona. Los preformacionistas
encontraron homúnculos porque estaban buscando homúnculos, porque
sus instrumentos de trabajo eran imperfectos y porque tenían una pasión
desbordante por llegar a grandes descubrimientos científicos.
El fenómeno de encontrar lo que se busca, aunque no exista, está
lejos de haber desaparecido. De alguna manera nos negamos a aprender de la historia
con lo que nos condenamos a repetir, una vez tras otra, los mismos errores.
Hoy día, una multitud de biólogos evolucionistas buscan y encuentran
explicaciones adaptativas francamente fantasiosas y que no resisten ningún
análisis serio. Y todo ello debido a la pasión de intentar dar
con explicaciones racionales y al uso indiscriminado de un instrumento de trabajo
imperfecto: la teoría de evolución por selección natural.
Pero en el mundo hay matices: no todo es blanco o negro. Hubo también personalidades que proponían una versión más "suave" de la preformación. Entre los preformacionistas "ovistas", Marcello Malpighi, biólogo y físico italiano del siglo XVII quien estudió la embriogénesis de los pollos, concluyó que en el huevo no estaban completas todas las estructuras del organismo maduro sino que algunas de ellas surgían en el camino a medida que el embrión se desarrollaba.
La antítesis
El perfeccionamiento de los microscopios y de las técnicas de laboratorio
condujeron a la refutación plena y total de la teoría de la preformación
en su variante más primitiva. El preformacionismo no podía explicar
las malformaciones, los partos múltiples, los hermanos siameses o las
cruzas híbridas entre diferentes especies. Todavía hubo intentos
de rescatarlo, notablemente por parte del abogado y naturalista suizo Charles
Bonnet en el siglo XVIII Él argumentaba, entre otras cosas, que las malformaciones
se debían a perturbaciones físicas, como presión o movimientos
violentos sobre el delicado material que constituye el huevo. Sin embargo, la
batalla estaba perdida; cuenta Lewis Wolpert que alguien hizo ver a Bonnet que
de ser cierto el preformacionismo, el conejo primigenio debió haber tenido,
al menos, 1,010,000 embriones en su interior. No había modo de responder
a esto.
E1 medio científico empezó a volver su mirada a la otra posibilidad
bosquejada por Aristóteles: la teoría epigenética del desarrollo.
Quizá el embriólogo más influyente en esta dirección
fue el alemán Kaspar Friedrich Wolf Hasta entonces, los preformacionistas
habían basado sus hipótesis en la observación de huevos
de ave, o de reptiles, pues aunque en 1672 Reinier de Graaf, otro holandés
más, descubrió los folículos de los ovarios (llamados
folículos de De Graaf) y erróneamente pensó que éstos
eran los óvulos (son en realidad tos saquitos donde; éstos se
encuentran), el verdadero descubrimiento de los óvulos de mamífero
se consiguió hasta el siglo XIX en 1830 para ser exactos, y correspondió
tanto al mencionado Wolff como al estonioprusiano Karl Ernst Ritter von Baer
el mérito de verlos por vez primera.
Se debe considerar a Wolff como el primer epigenetista, quien dio el golpe
de gracia a1 preformacionismo primitivo. Sus argumentos, tanto teóricos
como experimentales, eran muy poderosos: "aceptemos que no podemos ver
las estructuras preformadas en el huevo debido a la imperfección de nuestros
instrumentos de observación. Sin embargo, deberá llegar el momento
en que por su crecimiento natural sean visibles y entonces deberíamos
poder verlas completas con todos sus órganos presentes". Pero
una cosa es demoler una teoría científica y otra, muy distinta,
construir una nueva. Los argumentos que sirven para refutar la preformación
son inútiles para construir el epigenetismo. Después de todo la
teoría de la preformación es muy intuitiva y natural y no carece
de lógica, pues si no hay estructuras preformadas, si el huevo es uniforme
y homogéneo, ¿de dónde entonces salen los órganos
y sus formas y funciones características?, ¿de dónde surge
la complejidad creciente que va caracterizando a un individuo conforme se desarrolla?
Los primeros epigenetistas tuvieron que postular la existencia de un plan o diseño que guiara el proceso de desarrollo. A esa guía hipotética Wolff le llama vis essentialis y el conde de Buffon habla de una force pénétrante pero, independientemente del nombre, el marco teórico acusa un regreso a la entelequia aristotélica. A esta fase del epigenetismo se le llama vitalista. Aunque en nuestros días casi ningún científico fuera de los países anglosajones acepta una explicación de este género (un ejemplo de lo contrario se puede encontrar en el libro de Michael Behe), no podemos culpar a Wolff o a Bufón, pues 1a aparición espontánea de estructuras complejas en donde, antes sólo existía una gelatina uniforme desafía la intuición y exige una comprensión de procesos inaccesibles para aquellos naturalistas.
El imperio de los genes
Es un hecho inusitado en la historia de la ciencia que en el mismo número
de una revista hayan aparecido tres artículos independientes los unos
de los otros que daban a conocer al mundo el mismo descubrimiento. Efectivamente,
en 1900, Hugo de Vries, Carls Correns y Erich von Tschermak publicaron por separado
en Berichte der deutschen botanisehen Gesellschaft (Reportes de la Sociedad
Botánica Alemana) el redescubrimiento de las leyes de Mendel. El alba
del siglo XX anunciaba así el nacimiento de la genética.
Previamente, al final del siglo anterior, August Weismann había propuesto
la separación entre los elementos (el germoplasma) que portarían
la información hereditaria de una generación a otra y el cuerpo
físico en sí de los organismos (el soma). Por carecer de
la información molecular precisa con la que contamos ahora, Weisman recurrió
a menudo a justificaciones místicas. Sin embargo, 1a idea de la separación
entre elementos portadores de la información y el organismo producto
de esta información se acepta ampliamente en la actualidad. En lugar
de germoplasma ahora se habla de ADN, genotipo o genes.
El término gen vino algunos años después, en 1909, y fue
propuesto por Wilhelm Johansen. La noción contemporánea de gen
es muy diferente a lo que Johansen tenía en mente. De hecho, según
Evelyn Fox Keller, él mismo reconoció que no se le ocurría
demasiado: "Un gen no es sino una palabrita muy útil, que se
combina fácilmente con otras de modo que nos resulta útil para
expresar lo que son los elementos o factores unitarios en los gametos".
Los genes eran en ese momento una idea, un concepto sin sustento físico.
En 1953 el mundo conoció los frutos de la investigación espectacular
de Rosalind Franklin, Francis Crick y James Watson (los dos últimos recibirían
después el premio Nobel por el descubrimiento; Rosalind murió
prematuramente). Ellos dieron a conocer la estructura del ADN y, consecuentemente,
le dieron una base material al concepto de gen y de esta manera, voluntaria
o involuntariamente, sacaron de su tumba a la teoría de la preformación.
Desde luego, ya no estamos hablando de la existencia de homúnculos en
los ovarios o testes; el preformacionismo moderno o neopreformacionismo es ahora
mucho más sofisticado. Los homúnculos se sustituyen por "instrucciones
de los genes". Dicho de otra manera, el ADN del huevo y de los espermatozoides
ya contiene la forma adulta del organismo, tal como lo decía Séneca,
pero dicha estructura no existe físicamente en la forma de un homúnculo
sino como información cifrada en los genes. El neopreformacionismo es
el neodarwinismo de la biología del desarrollo en el sentido de que todo
lo que somos y hacemos, nosotros, las plantas y los animales, está de
alguna manera escrito en los genes.
Como he insistido, las teorías científicas no son ajenas a su
entorno social y ésta no es la excepción. El preformacionismo
moderno en su variante más radical es una expresión de determinismo
genético que es a su vez el reflejo en la biología de lo que en
economía política son las teorías más radicales
del neoliberalismo actual. Aunque esto podría ser el punto de partida
para una discusión apasionante, mejor volvemos al mundo de la biología.
El neopreformacionismo es una corriente de pensamiento muy popular en la actualidad.
Posiblemente es, incluso, mayoritaria. Sin embargo, sus premisas son débiles.
Se habla de "información genética", de "instrucciones
de los genes" y del "código genético",
como si los genes poseyeran una capacidad volitiva de dirigir el plan maestro
(blueprint) de los organismos. En la realidad, el gen (el ADN) está compuesto
por las moléculas más inertes del organismo desde el punto de
vista químico y son completamente incapaces de hacer algo por sí
mismas, aún menos dar instrucciones para la realización de algo.
Una de las metáforas más extendidas y falsas a la vez, es la de
la capacidad de reproducción o duplicación del ADN. Si se deja
en un tubo de ensayo alguna cantidad dada de ADN se pueden esperar siglos y
ésta nunca se replicará. Para que el ADN, o los genes en su caso,
se replique, hace falta una maquinaria enzimática sumamente compleja.
Decir que el ADN tiene la capacidad de autorreplicarse es como decir que, el
papel bond tiene la misma habilidad, pues si lo mete uno en una máquina
Xerox, efectivamente, sale una copia. La moraleja de este ejemplo sugerido por
Richard Lewontin es que los genes (el papel bond) son incapaces de hacer cualquier
cosa fuera del entorno de un organismo sumamente complejo (la máquina
Xerox). Y si no pueden siquiera autorreproducirse, ¿cómo podrán
realmente dirigir el proceso de reproducción y embriogénesis de
todo un organismo?
En la década de los cuarentas del siglo XX George Beadle y Edward Tatum
enunciaron el principio de "un gen, una enzima". La extrapolación
mental es inmediata: "un gen, una enzima, un rasgo fenotípico".
Aunque se ha demostrado que este camino de causalidad lineal es falso, la gente
sigue pensando y razonando de esa manera. Se oye a menudo mencionar el gen del
alcoholismo, el de la homosexualidad, el de la obesidad, y los más temerarios
hablan incluso de los genes de la inteligencia.
El papel de los genes en el desarrollo es, sin duda, importante. Sin embargo, su relevancia se pierde conforme se avanza en la escala jerárquica que lleva de moléculas a organismos. No es verdad que un gen "produzca" una enzima, puesto que las proteínas pueden conformarse por subunidades provenientes de genes muy diversos y adquirir su forma funcional únicamente con la ayuda de otras proteínas. Es decir, en lugar de "un gen, una enzima", tenemos "redes de genes, redes de enzimas" con propiedades dinámicas que estamos aún muy lejos de entender. Los genes no tienen un único y determinado papel funcional: si a todo esto agregamos que una enzima, definitivamente, no determina un rasgo fenotípico, entonces nos encontramos con que la relación entre genes y fenotipo es una madeja inextrincable de redes dinámicas de interacción. La realidad es más compleja que la simplificación neopreformacionista. Tanto neopreformacionismo como neodarwinismo confunden la evolución y el desarrollo con el cambio en la abundancia de los genes a lo largo de las generaciones. Si no salimos del pensamiento de la reducción génica, no podremos nunca entender la razón por la cual las células diferenciadas son tan distintas aun cuando tienen e1 mismo conjunto de genes, o porqué bajo el mismo genoma podemos tener morfologías tan distintas como la de 1a larva, la oruga y la mariposa.
La morfogénesis
Aunque se está muy lejos de comprender cabalmente el proceso global del
desarrollo biológico, hay avances notables que implican una interacción
simbiótica muy interesante de biólogos, físicos y matemáticos.
En un proceso de embriogénesis típico, después de una
horas de haber sido fecundado, el huevo se habrá dividido en dos, en
cuatro, en ocho, etcétera, hasta llegar a formar una esfera hueca, cuyo
cascarón tiene el grosor de una célula y contiene aproximadamente
un millar de éstas. En un instante dado, esa esfera, la blástula,
comienza a perder su forma y, por un proceso llamado gastrulación, parte
de la esfera se interna en sí misma (se invagina) y, mientras prosiguen
las divisiones celulares, el plegado de paredes celulares continúa de
manera que, en muy poco tiempo, ya se puede reconocer un embrión. También
en un estadio temprano, las células dejan de ser todas semejantes y comienzan
a especializarse para dar lugar a futuros tejidos específicos del organismo.
Esa es la diferenciación celular.
Aquí podemos identificar algunos momentos cruciales: primero, la pérdida
de la simetría esférica y, segundo, la pérdida de la homogeneidad
de las células. ¿Qué ocasiona estas rupturas de simetría?
Se ha postulado la posible existencia de algunas sustancias llamadas morfógenos,
cuyas concentraciones no homogéneas provocarían los cambios geométricos
y funcionales del embrión. Pero postular la existencia de un campo morfogenético
únicamente lleva el problema del desarrollo de un ámbito a otro
sin resolverlo, pues ahora se plantea: ¿cómo es posible que exista
una sustancia que sin intervención externa tenga una concentración
heterogénea?
En 1958, un biofísico soviético, Boris Pávlovich Belusov,
trataba de reproducir in vitro el Ciclo de Krebbs. Como no tenía recursos
monetarios para efectuar las reacciones que se llevan a cabo en dicho ciclo,
Belusov tuvo la idea genial de llevar a cabo las mismas reacciones pero sustituyendo
los reactivos orgánicos con homólogos inorgánicos que tuvieran
propiedades fisicoquímicas semejantes. Para su asombro y para el de todos
los que han mirado esta reacción las sustancias que en un inicio se encuentran
perfectamente bien mezcladas en una solución acuosa, exhiben oscilaciones
temporales periódicas y también muestran estructuras en forma
de espiral después de un breve lapso transitorio. Belusov no pudo publicar
el reporte de su trabajo pues nadie le creyó. La duda de los editores
de las revistas era la misma que mencionamos arriba: ¿cómo es
posible obtener patrones espaciales heterogéneos a partir de una solución
acuosa homogénea? El trabajo de Belusov cayó momentáneamente
en el olvido, pero más tarde, en la década de los setenta, fue
retomado por Anatoly Zhabotinsky y ahora se le conoce con el nombre de reacción
de Belusov-Zhabotinsky y es el ejemplo paradigmático de la posibilidad
de emergencia de estructuras, a partir de medios homogéneos.
Se supo entonces que, de la nada, pueden emerger estructuras espaciales discernibles
y bien diferenciadas. ¿De la nada? Bueno, no exactamente. En la misma
década, Ilya Prigogine recibió el premio Nobel de Química
por mostrar que los sistemas complejos pueden transitar de estados desordenados
a estados ordenados sin violar la segunda ley de la termodinámica, y
la condición para hacerlo es que los sistemas puedan intercambiar masa,
energía e información con su entorno. Esto dio fundamento, de
una buena vez, a la posibilidad teórica de la epigénesis. Es decir,
este hecho mostró que es perfectamente posible que una estructura uniforme
y homogénea dé lugar a patrones espaciales bien diferenciados.
Ya en 1933 el embriólogo inglés Conrad Hal Waddington había
demostrado que ciertos mensajeros químicos eran responsables de la diferenciación
de, tejidos en embriones de aves y mamíferos. Si existe un conjunto de
sustancias químicas (los morfógenos) cuya distribución
espacial heterogénea "dispara" las señales necesarias
para que las células se diferencien, y si en los organismos todas las
sustancias son producto de los genes, entonces, ¿son los genes los responsables
del proceso de desarrollo embrionario?
Dicho de otra manera: ¿está en los genes el plan rector de diseño
postulado por los epigenetistas vitalistas? La respuesta es negativa; de otra
manera, lo único que habría sucedido en tres siglos de estudios
embriológicos sería el cambio de un vitalismo místico por
un vitalismo materialista.
En el trabajo científico siempre se ha tenido en gran estima la capacidad
de síntesis; desde que Descartes une la geometría y el álgebra
para dar lugar a la geometría analítica hasta el esfuerzo por
conciliar la genética mendeliana y la selección natural darwiniana
en la teoría neodarwinista, hay grandes hitos en la historia de la ciencia
que son esfuerzos sintetizadores.
En embriología, la síntesis consistió en presentar una
visión unificadora de la acción de los genes, la termodinámica
de sistemas fuera del equilibrio y la teoría de los sistemas dinámicos
no lineales. El mérito inicial el correspondiente a los fundadores es
a juicio mío tanto de Waddington como del matemático francés
René Thom (ganador de la medalla Fields, el equivalente al Nobel en matemáticas).
Su propuesta es una de las construcciones teóricas más lindas
en la historia de la biología. Voy a intentar describirla y pido a los
lectores un esfuerzo de imaginación y abstracción.
Thom y Waddington conciben al proceso embriológico como un sistema dinámico
en el más puro sentido de las matemáticas; en él, un punto
en un espacio abstracto de configuraciones representa el estado del embrión.
El movimiento de ese punto corresponde al desarrollo embrionario y la trayectoria
que sigue es la historia del desarrollo.
El punto no se puede mover en dirección arbitraria, su libertad de movimiento
está restringida por un paisaje epigenético; imaginemos que el
punto es una pelota que únicamente puede rodar siguiendo los accidentes
y contornos del paisaje físico (como en la figura). Una vez que una trayectoria
entra en una sima del paisaje epigenético, ya no lo puede abandonar y
se dice que ha caído en una cuenca de atracción. Las variables
de estado que describen la posición del punto están determinadas
por los genes del individuo, mientras que el paisaje por el que debe de rodar
son las restricciones tanto ambientales como fisicoquímicas del proceso
ontogenético. Los genes son importantes, son los parámetros que
definen el sistema, pero la dinámica sigue un camino natural únicamente
restringido por el debido respeto a las leyes de la física y la química.
De esta manera, la embriogénesis no es el resultado de la vis essentialis depositada, tal vez, en los genes. No se precisa de force penetrante alguna. Sin embargo, sí se puede hablar de un plan de desarrollo: el de la interacción o la lucha como prefiere decir Thom del genoma con su medio ambiente. Sí existe un plan, mas para comprenderlo no precisamos del viejo telos, basta el conflicto, lo único verdaderamente eterno en el Universo, para echarlo a andar.
Colofón
Las ideas de Waddington nunca permearon el medio de los embriólogos.
Al tener un pie en la embriología y otro en la genética, nunca
estuvo adherido a las corrientes dominantes de esas disciplinas. Afortunadamente,
en años recientes sus ideas han ido renaciendo, y aunque nadie ha dicho
aún la última palabra en la biología del desarrollo, el
programa waddingtoniano de un epigenetismo estructuralista ha ido ganando adeptos
y tiene un futuro promisorio.
Bibliografía
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